Reina ( I I libro )

Capitulo 52 - Paulina

Ya había pasado más de un mes desde que ocurrió todo aquello. El tiempo parecía haberse deslizado entre mis dedos mientras me ocupaba de todo lo que había sucedido: mi tío y Margarita se iban a casar mañana, y el ambiente en el castillo estaba lleno de nervios y emoción. Estaba en pleno proceso de preparación, asegurándome de que cada detalle fuera perfecto para la boda, y me sentía enormemente feliz por ellos.

Después de la batalla que casi nos destruye a todos, las cosas empezaron a calmarse. Mi vida, aunque llena de cambios, ahora tenía una nueva normalidad. La sensación de que todo había pasado tan rápido me rondaba la mente mientras me adentraba en los pasillos del castillo, donde las flores y los adornos brillaban bajo la luz dorada del atardecer. Aunque el día de la boda estaba cerca, los recuerdos de lo que habíamos vivido, tanto el dolor como el amor, aún me acompañaban.

Fabricio me había marcado. A pesar del caos de la pelea, después de todo, entramos en celo (algo que habíamos olvidado por lo enredados que estábamos en todo el lío). Y, como siempre, fue inevitable que nos marcáramos y nos buscáramos.

Estaba tan contenta de haberme reconciliado con él, de sentir su cercanía una vez más. Había pasado tanto tiempo desde aquel primer encuentro tumultuoso que había sido difícil volver a encontrar la paz, pero al fin, todo parecía encajar.

—Todo listo—dije, mirando el salón decorado, sonriendo ante la magnitud de los brillos que adornaban todo el lugar. A medida que observaba el trabajo que había realizado, sentí una satisfacción profunda.

Era el mismo salón donde me coronaron hace seis meses.

¡Seis meses!, No podía creer lo rápido que había pasado el tiempo. Si me detenía a pensar en ello, parecía que la coronación había sucedido hace solo unos días. El tiempo se me había escapado entre los dedos mientras me adaptaba a mi nuevo rol, pero había aprendido mucho en este tiempo.

Había sido reina por seis meses, pero la experiencia no había sido tan difícil como pensé al principio. Lo que comenzó como una carga ahora se sentía como una responsabilidad que había asumido con orgullo.

El sonido de un grito interrumpió mi pensamiento.

—¡El joven darol rompió fuente!—gritó alguien alterado, lo que hizo que una sonrisa se dibujara en mi rostro de inmediato.

Corrí hacia la fuente de la alarma, el aroma familiar de Darol me guiaba. No podía dejar que pasara por esto sin ayuda. Sabía que al ser hijo de una estrella (y hombre), el parto de Darol sería algo realmente extraño. Me sentí agradecida de ser la tía, madrina y partera, además de reina de él. Eso me daba la responsabilidad de ayudarle en un momento tan crucial.

Durante el último mes, había investigado todo lo que pude sobre partos de hombres, consultando portales y libros, hasta que encontré un texto en Grecia que me ofreció la respuesta. El libro hablaba de un hechizo antiguo que se realizaba en estos casos, un hechizo que debía hacer que el bebé naciera de manera segura. Era algo inusual, ya que pocas razas tenían la capacidad de concebir hijos siendo ambos machos. Por suerte, después de tanto esfuerzo, había encontrado una solución.

Primero corrí a mi cuarto, recogí todo lo que necesitaba y me aseguré de que todo estuviera listo. Tomé el bolso con el libro y las pociones necesarias, luego corrí con apuro usando mi velocidad vampírica al lugar donde Darol se encontraba.

Lo encontré apoyado en un sofá, tocando su enorme barriga de seis meses. La situación era urgente, su dolor era insoportable. Me acerqué rápidamente a él, consciente de que si no actuaba pronto, las consecuencias podrían ser graves. Ayudé a Darol a moverse hasta el otro lado del sofá y lo acosté en él. No podía permitirme perder ni un segundo. El tiempo era crucial, y si algo salía mal, podría ser fatal para él o el bebé.

—Respira—le dije mientras sacaba las mantas y las pociones que había preparado. Él respiraba entrecortado, con el sudor recorriéndole el rostro, luchando por no desmayarse.

De repente, la puerta se abrió y su pareja entró, alarmado.

—¡Amor!—gritó, corriendo hacia él y tomando su mano. Fue entonces cuando Darol, en medio de su dolor, gritó:

—¡Vas a morir, hijo de puta!—le retorció la mano con fuerza, y aunque la situación era grave, no pude evitar sonreír ante la furia de Darol. La escena me hacía sentir que, de alguna forma, todo estaba volviendo a la normalidad, a pesar de lo extraño que fuera todo.

Rápidamente preparé la pócima que necesitaba para realizar el hechizo. Sabía que no había tiempo que perder. Si no conseguía que el hechizo funcionara, no podría hacer nada más que recurrir a una cesárea, y no estaba segura de poder hacerlo bien en esas condiciones.

—Tienes que tomarla—dije, acercando el frasco con la pócima a sus labios. Él, agotado y con la respiración irregular, la tomó de manera apresurada. Fue entonces cuando una luz brillante comenzó a emanar de su panza, y supe que estaba funcionando.

—¡Funcionó!—exclamé con alivio, tomando el libro y recitando el hechizo en griego antiguo. Lo repetí una y otra vez mientras la luz se intensificaba, iluminando todo a nuestro alrededor.

El hechizo estaba funcionando, y la luz comenzó a desprenderse lentamente de la panza de Darol. El dolor de él era evidente, pero la emoción en sus ojos no podía ocultarse. Lo que estábamos viviendo era un milagro, una manifestación de algo mágico e inexplicable.

La panza de Darol se despegó por completo de su cuerpo, y un llanto lleno de vida resonó por todo el cuarto.

Me acerqué a la esfera de luz flotante, envolví el bebé con una manta, y cuando la luz se disipó, pude ver a la pequeña niña en mis brazos. Estaba llorando a todo pulmón, pero su belleza era innegable: cabellitos dorados, piel más blanca que la nieve. Sonreí al ver que todo había salido bien.

—Es niña—les dije, mirando con cariño al pequeño ser en mis brazos. Me acerqué a Darol y le entregué a su hija.




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