—Todo listo —le sonreí a Margarita, quien estaba terminando de colocarse el velo. Margarita, visiblemente nerviosa, daba pequeños ajustes a su vestido mientras revisaba cada detalle en el espejo.
—Es hora... —le dije, mi voz suavizada por la emoción. Margarita levantó la vista y me sonrió, pero se podía ver la mezcla de nerviosismo y emoción en sus ojos.
—Estoy tan nerviosa —dijo, mientras un suspiro escapaba de sus labios. La abracé con cuidado, asegurándome de que estuviera tranquila.
—Todo saldrá perfecto, lo prometo—le respondí con una sonrisa reconfortante. Ella soltó una pequeña risa, aunque su mirada seguía reflejando la ansiedad de lo que estaba a punto de suceder.
—¿Ya le dijiste? —le pregunté, sin poder evitar la curiosidad. Ella negó con la cabeza, y antes de que pudiera responder, el sonido de unos pasos apresurados interrumpió nuestra conversación.
—¿Por qué tardan tanto?—se quejó Darol, entrando al cuarto con la bebita en brazos. La pequeña estaba envuelta en un enorme vestido blanco esponjoso, casi como una princesa. Su carita curiosa estaba al borde de un pequeño bostezo, pero aún así mantenía la serenidad de un día perfecto.
—Ya vamos —dije sonriendo, y nos dirigimos hacia la salida. Yo misma llevaba un vestido que me llegaba hasta el muslo, ajustado al cuerpo y con un escote en forma de corazón que le daba un toque elegante pero juvenil. En la falda, había pequeñas flores bordadas de colores rosado, celeste y blanco que se movían suavemente con el viento.
Mi cabello caía en ondas sueltas sobre mis hombros, y la corona de reina sobre mi cabeza brillaba suavemente bajo la luz del sol que se colaba por la ventana. Margarita, por su parte, estaba radiante con su vestido blanco que caía en cascada, con detalles dorados en el cinturón y el pecho.
El diseño del vestido, que no tenía mangas, era lujoso y elegante, pero lo que realmente lo hacía especial era la corona que mi tío le había dado, la cual parecía destacar aún más su belleza y majestuosidad.
—Vamos—dijo ella, y le sonreí con más calma.
—Todo saldrá bien—le aseguré una vez más, entrelazando mis brazos con los suyos
Juntas caminamos hasta la puerta, donde Darol nos esperaba con la pequeña en brazos, observándonos con una sonrisa llena de cariño.
La bebé seguía tranquila, su cabello dorado comenzaba a crecer con más fuerza, y sus ojos, que antes eran un combinado de naranjas y grises, se habían transformado en una mezcla fascinante de naranja y azul.
Salimos del cuarto, y el largo pasillo hacia el salón de la boda parecía interminable. Mientras caminábamos, sentía cómo el tiempo se estiraba, cada paso era una pequeña eternidad. Al llegar a la puerta del salón, dejé a Margarita en su lugar, justo en el umbral, y me adentré con Darol al interior, ya que yo sería quien oficiaría la ceremonia.
La sala estaba llena de personas que habían viajado desde reinos cercanos y lejanos para presenciar esta unión tan esperada entre el antiguo rey del clan vampírico y la última Morg del mundo.
Había una mezcla de razas entre los asistentes, seres humanos que estaban enlazadas a lobos o vampiros, criaturas mágicas, cambiaformas, incluso algunas hadas, y otras especies que estaban aquí para mostrar su respeto por la unión y sin dudarlo por la curiosidad.
También estaba la Reina Alpha, que, como había prometido, había viajado personalmente hasta aquí para ser testigo de este evento.
Mi mirada se poso en ella que usaba un vestido rojo sangre que tenía una abertura en su pierna, los tacones de aguja resaltaban por los diamantes. Su piel morena, sus ojos color chocolate y su cabello negro que a veces brillaba por los reflejos del sol. Sobre su cabeza, la corona que pasaba de generación tras generación en su palacio.
Estaba sola, según había escuchado, aún no había encontrado a su mate.
Le sonreí en forma de saludo y ella hizo una pequeña reverencia en su lugar hacia mí en señal de respeto. Los lobos de su guardia la imitaron.
La decoración del salón era majestuosa. Las paredes, adornadas con cortinas de terciopelo y seda, daban un aire de misterio y elegancia. En el techo, enormes candelabros de cristal colgaban, iluminando la sala con una luz suave y cálida, creando un ambiente romántico. Los bancos, todos de madera oscura, estaban perfectamente alineados, y cada uno llevaba un pequeño ramo de flores que perfumaban el aire. En el altar, flores blancas y doradas formaban un camino que conducía al altar central, donde mi tío esperaba con una sonrisa de orgullo.
Me acerqué a él, que estaba al final del extenso pasillo, y no pude evitar notar la emoción que reflejaba en su rostro. A pesar de que era un hombre de gran poder y sabiduría, esa noche parecía un niño esperando su regalo. Con su antigua corona de príncipe puesta, miraba el altar con una sonrisa boba. Cuando me vio, hizo una reverencia profunda, como el verdadero caballero que era, y yo respondí con la misma cortesía sonriendo de forma cómplice.
Nos colocamos a su lado, y de inmediato, hice una seña para que la música comenzara. La melodía flotó en el aire, suave y solemne, marcando el comienzo de la ceremonia. Las puertas del salón se abrieron por completo, dejando entrar a la novia.
Margarita apareció en el umbral, su rostro iluminado por la luz que se filtraba desde las puertas abiertas. Los ojos de todos los presentes se fijaron en ella, y no pude evitar sentir una mezcla de emoción y admiración.
Ella estaba radiante, caminando hacia nosotros con paso firme, pero sin dejar de sonreír como una niña que acaba de recibir el regalo más hermoso. Su vestido brillaba con la luz de los candelabros, mientras que su corona parecía aún más deslumbrante bajo esa luz suave.
Me acerqué a ella, y ella me entregó su brazo, con una sonrisa que no podía ocultar. No pude evitar notar que llevaba una ligera curva en su vientre, algo que había descubierto tres días antes, pero que aún no le había dicho a mi tío. Esa era la gran sorpresa de la noche, y antes de que Darol interrumpiera nuestra conversación en el cuarto, le había preguntado si se lo iba a contar.
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Editado: 15.07.2026