—No es justo—, me quejé, mirando mi pudín hecho trizas en el suelo. La sensación de frustración me llenó rápidamente, pero no podía dejar de mirar a Fabricio, quien, con su mirada burlona y una risa ligera que parecía burlarse de mi pena, solo conseguía empeorar la situación. Se había divertido a costa de mi postre, el único pequeño placer que había tenido en la mañana, y ahora el desastre en el suelo era todo lo que quedaba de él.
—Me debes un pudín—, protesté, la voz llena de una mezcla de fastidio y un toque de diversión que no podía evitar. Aunque estaba enojada, la manera en que se reía, tan despreocupada y genuina, siempre lograba hacer que mi corazón latiera con algo que no sabía si era cariño o algo más.
Fabricio se acercó lentamente, su sonrisa traviesa nunca desvaneciéndose. La forma en que se movía era tan natural, tan él, que hizo que mi estómago se revolviera un poco. Sabía lo que iba a hacer antes de que lo hiciera. No importaba cuántas veces lo repitiera, siempre me sorprendía.
En un impulso, me besó los labios. Un beso rápido, pero lleno de esa chispa que siempre encendía algo dentro de mí.
—Te amo—, susurró de repente, con una sinceridad que me atravesó como una flecha. La calidez de sus palabras me hizo dudar por un segundo, preguntándome si estaba soñando. Mi mente se detuvo por un instante, incapaz de procesar de inmediato lo que acababa de decir.
Sonreí, aunque con una confusión que ni yo misma entendía bien. ¿Cómo era posible que unas simples palabras pudieran tener tanto poder sobre mí? La calidez que emanaban sus palabras me invadió por completo, acelerando mi corazón de una manera que no había anticipado. En sus ojos, vi algo tan profundo y puro que me hizo sentir segura y aterrada al mismo tiempo.
Habían pasado ya ocho meses desde la boda de Margarita, pero el tiempo parecía haber volado. Había tantos cambios, tantas adaptaciones. Margarita y Oliver tenían trillizos. Dos niños y una niña, pequeños reflejos de ella, pero con la actitud tan marcada de mi tío. Y Hashi... Aunque aún pequeña, su crecimiento era tan acelerado, tan extraño, que ver cómo se desarrollaba me dejaba sin palabras. No era una niña normal, era un ser que desafiaba todas las expectativas, y esa diferencia la hacía aún más fascinante.
Mi padre y Erika estaban disfrutando de su quinta luna de miel. Viajes interminables, destinos exóticos, mientras que yo y Fabricio nos quedábamos aquí, a cargo de la manada, con todas las responsabilidades y desafíos que eso traía. Fue un cambio drástico, pero nos lo habíamos tomado con seriedad. El puesto de Alpha que me habían otorgado era una carga pesada, pero también un honor. Y Fabricio, como Luno, estaba tan orgulloso como yo. Aunque a veces se sentía como si todo estuviera fuera de nuestro control, cada paso que dábamos juntos nos unía más.
Una mañana tranquila, como tantas otras, todo cambió en un segundo. Fabricio se acercó a mí con esa mirada que no pude descifrar de inmediato. Estaba nervioso, pero también parecía decidido, como si hubiera estado esperando el momento adecuado para hacer algo tan trascendental. Mis pensamientos comenzaron a correr a mil por hora, preguntándome qué iba a hacer. ¿Qué era lo que quería decirme?
—Sé que no es la manera, pero… ¿te quieres casar conmigo?—, dijo, con una voz cargada de emoción y algo que me hizo sentir que el aire desaparecía por un momento.
Mi mente se detuvo por completo, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. ¿Era una broma? ¿Un truco? No podía ser real. Miré a su rostro, buscando alguna pista, pero vi solo seriedad. De repente, un estuche pequeño apareció en sus manos, y mis ojos se abrieron de par en par, sin poder creérmelo.
El estuche se abrió lentamente, y lo que vi me dejó sin aliento. Un anillo. Era una pieza increíble, de oro, con una perla de Akoya que parecía reflejar toda la calma del océano, y una delicada media luna a cada lado. Los cristales Light Azore brillaban de una manera tan sutil que me parecía irreal. El aro también era perfecto, con detalles tan finos que ni siquiera podía creer que estuviera viendo algo tan hermoso. ¿Era para mí?
Fabricio se arrodilló lentamente, con una reverencia que parecía sacada de un cuento de hadas. El corazón me latió con tanta fuerza que sentí que mi pecho iba a estallar.
—No es broma—, dijo, con la voz temblando ligeramente, mientras extendía el anillo hacia mí. —¿Te quieres casar conmigo?—
El mundo a mi alrededor se desvaneció por un momento. Solo existíamos él y yo, y la emoción que me invadió me dejó sin palabras. Mi mente, en blanco, trataba de comprender la magnitud de lo que estaba sucediendo. Todo lo que habíamos vivido, todo lo que habíamos superado, nos había llevado hasta aquí. Y en ese momento, entendí que lo único que importaba era él, yo, y lo que íbamos a construir juntos.
Asentí sin poder evitar que las lágrimas empezaran a caer por mis mejillas. No podía dejar de sonreír, ni de sentir ese calor en mi pecho que solo él sabía provocarme. Fabricio sonrió, esa sonrisa que había aprendido a reconocer como suya, y me levantó, tomando mi cintura con fuerza, girándome en el aire. La risa, llena de pura felicidad, resonó en nuestros oídos mientras el mundo parecía desaparecer alrededor de nosotros.
Con una ternura infinita, él me miró, sus ojos llenos de amor, y colocó el anillo en mi dedo.
—Te amo más que a mi vida, amor—, susurró, su voz quebrada por la emoción.
Me sentí tan plena, tan completa. Sentí como si todo encajara, como si finalmente todo tuviera sentido. Respondí, entre lágrimas y una sonrisa radiante:
—Te amo mucho más—, susurré, mientras lo besaba con todo el amor que había acumulado en mi corazón.
Aquel beso, con la promesa de un futuro juntos, selló todo lo que habíamos vivido y todo lo que nos esperaba. Sabía que nuestra vida no sería perfecta, que tendríamos retos y obstáculos, pero también sabía que, con él a mi lado, todo sería posible.
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Editado: 15.07.2026