—¡¡Felicidades!! —gritó Kate, totalmente emocionada por la noticia. Me abrazó con fuerza, casi dejándome sin aire, mientras una sonrisa enorme se formaba en su rostro. Yo solo reía feliz, disfrutando del momento, mientras ella me miraba como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
Mi mente aún estaba intentando procesar lo que había sucedido. Mi corazón latía a mil por hora, y en mi pecho sentía esa mezcla de emoción y nervios. Fabricio me había pedido matrimonio. ¡Fabricio! Mi compañero, mi amigo, el hombre que había estado a mi lado en los momentos más dulces y difíciles. Un torbellino de pensamientos y sentimientos se agolpaban en mi cabeza, pero todo se reducía a una sola palabra: felicidad.
Kate, sin embargo, no perdía tiempo. Su emoción era tan contagiosa que sentí cómo mi propio entusiasmo crecía más con cada palabra que salía de su boca.
—¿Cuándo te lo pidió? —me preguntó, casi saltando de emoción. Tenía los ojos brillando de curiosidad, como si hubiera escuchado algo increíble.
—Hace unas horas —respondí, librándome de su agarre, pero mi sonrisa seguía pegada a mi rostro. No podía dejar de pensar en ese momento, en su mirada llena de sinceridad, en el brillo de sus ojos cuando me hizo la pregunta. Todo había sido tan espontáneo, tan perfecto, que todavía me costaba creer que realmente había sucedido.
La expresión de Kate pasó de incredulidad a asombro total.
—¡No puedo creerlo!, ¡Mi mejor amiga se va a casar con el dolor de culo! —festejaba ella, dando saltos de un lado a otro como niña pequeña en el recreo. —Yo tengo que ser la madrina de tus hijos —dijo, ya imaginándose el futuro como tía y festejando con la misma energía que un niño de kínder. Asentí sin dejar de sonreír, sabiendo que sería una gran madrina. Sabía que con Kate a mi lado, la vida iba a ser aún más colorida, más llena de risas y momentos inolvidables.
—¡¡TIA PAULINA SE CASARÁ CON TÍO FABRICIO!! —gritaba también Lucía, quien había llegado desde el otro lado de la casa con una cara de sorpresa y entusiasmo. —¡ESO ESTÁ DE PUTA MADRE! —añadió, levantando las manos en el aire, como si estuviera celebrando un logro propio.
Kate la miró con los ojos desorbitados, claramente sorprendida por su vocabulario, y yo no pude evitar estallar en carcajadas. La pequeña Lucía tenía una manera única de hacer las cosas, y su sinceridad tan directa solo añadía más humor al momento.
—¿¡DÓNDE ESCUCHASTE ESO!? —se alteró Kate, mirando a Lucía con una mezcla de asombro y molestia. La pequeña respondió con la típica inocencia que solo un niño puede tener.
—Papá —dijo ella, como si fuera lo más natural del mundo. Yo reí más, disfrutando de la reacción de Kate, que parecía a punto de estallar.
—¡¡Marcusssss!! —gritó alterada Kate, y salió disparada hacia la cocina, donde él y Fabricio estaban trayendo palomitas para ver películas.
No pude evitar pensar que, por un momento, todo parecía tan surrealista, como una mezcla de comedia y caos que solo nosotros podíamos crear. No me sorprendió ni un poco que Kate estuviera tan decidida a enfrentar a Marcus. Con ella, cada emoción era un espectáculo, y en esos momentos me sentía tan afortunada de tenerla a mi lado.
—NO, AMOR, YO NO FUI —escuché gritar a Marcus, y luego salió corriendo fuera de la cocina, casi como un fugitivo en plena huida. Una sartén voló desde la cocina hacia él, y Marcus la evitó con agilidad, como si fuera un profesional del esquive. Pero Kate no pensaba rendirse tan fácil.
—¡TE DIJE NO DIJERAS ESAS COSAS FRENTE A ELLA, IMBÉCIL! —gritaba Kate, lanzándole otra sartén con una precisión impresionante. Marcus salió corriendo por toda la casa, sin importarle el caos que estaba dejando atrás. Kate lo siguió, una sartén en cada mano, lanzando maldiciones por todo el camino.
—¡NO HULLAS, COBARDE! —se quejó, mientras perseguía a Marcus, con la furia de una leona defendiendo a sus cachorros. El sonido de sus pasos resonaba por toda la casa, y yo no podía dejar de reír. Sabía que Marcus no lograría escapar por mucho tiempo. Todo parecía una escena sacada de una película de comedia, pero con la intensidad emocional que solo ellos sabían ponerle.
—¡CORRE PAPI, CORRE! —gritó Lucía, con un brillo travieso en los ojos, como si fuera la animadora de un juego en el que el objetivo era ver a su papá correr por su vida. Yo no podía dejar de reír, y las risas de Fabricio resonaban también por toda la casa, disfrutando del espectáculo.
El caos y el jolgorio en nuestra casa solo aumentaron, pero dentro de todo ese frenesí, me sentí tan tranquila y feliz. Todo estaba bien. Estaba rodeada de las personas que amaba, mi vida se sentía completa, y aún con todos los locos eventos que ocurrían, tenía la certeza de que todo sería increíble.
—Creo que ya me quedé sin papi —dijo Lucía, con un tono preocupado y su ceño ligeramente fruncido, mirando hacia la puerta por donde Marcus había desaparecido.
La preocupación en su rostro me hizo reír aún más, y traté de contenerme para no soltar otra carcajada.
—Concuerdo, pequeña —dije, mientras trataba de contener las risas. Sabía que todo lo que pasaba en ese momento quedaría grabado en nuestra memoria como un recuerdo muy divertido.
El caos de la casa era absoluto, y a pesar de todo, me sentía más feliz que nunca. El amor, la amistad, las carcajadas y los momentos inesperados eran lo que realmente le daba sabor a la vida. Estaba en el lugar correcto, con las personas adecuadas, y mi futuro con Fabricio nunca había parecido tan prometedor.
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Editado: 15.07.2026