-Esto debe ser broma -se quejó Fabricio, su voz llena de frustración y confusión, mientras sus ojos me observaban buscando alguna respuesta. -No puedo ser rey...- continuó, como si el simple hecho de que me hubiera comprometido con él lo desbordara. Yo lo miraba en silencio, un nudo en el estómago, intentando entender qué estaba pasando por su mente.
Me senté en la silla giratoria, sintiéndome distante de todo, como si estuviera viendo la escena desde fuera de mi propio cuerpo. Mis pensamientos eran un caos, pero lo que más me dolía no era la idea de su rechazo, sino la sensación de que todo lo que habíamos compartido, todo lo que creía que éramos, ya no estaba claro.
Lo miré fijamente y, con un tono calmado, casi neutro, le respondí:
-Lo eres, solo que ahora tendrás una corona, y así...- mi voz salió sin esfuerzo, con una indiferencia que no reflejaba lo que sentía realmente en mi interior. Mi corazón estaba luchando por latir de una manera normal, pero cada palabra que salía de mi boca parecía vacía.
Fabricio se quedó en silencio, como si mis palabras no lograran penetrar su mente. Luego suspiró, como si estuviera lidiando con algo más grande que él mismo. Me miró como si no supiera cómo reaccionar, y por un momento me sentí perdida en sus ojos.
Era como si mi amor por él hubiera sido una ilusión, una fantasía que en este preciso momento se desmoronaba.
-No puedo -dijo finalmente, con una calma que me desconcertó aún más. Lo miré con confusión, sin entender qué estaba pasando.
Aquí estábamos, en el castillo, dos semanas después de que nos comprometiéramos, y él ya no parecía seguro de lo que quería. Mi tío me había dicho que, cuando nos casáramos, Fabricio sería coronado como rey del clan vampírico, pero ahora todo eso parecía no tener sentido.
-¿Por qué? -dije, dejando escapar el cansancio que sentía en mi voz. La tristeza se mezclaba con la frustración y la rabia. -¿Por qué es una raza inferior a la tuya y no merece un rey como tú? -añadí, burlándome sin querer, pero no pude evitar que la irritación se colara en mis palabras. Lo había escuchado pensar eso muchas veces, incluso lo había notado en sus actitudes. Eso me sacaba de quicio.
Fabricio me miró sorprendido, como si nunca hubiera imaginado que pensara de esa manera. Y, en ese momento, la rabia se transformó en algo más doloroso. La sensación de ser rechazada por el ser que amaba comenzó a apoderarse de mí. Mi corazón latía rápido, pero no por amor, sino por un profundo desconsuelo.
-Yo no... -empezó a decir, pero no lo dejé terminar. Me levanté de la silla con rapidez y lo miré fijamente, mis ojos llenos de dolor. No quería escuchar más excusas, no quería ver más dudas. No cuando lo que sentía por él era tan intenso, tan real, que ni siquiera podía expresarlo con palabras.
-No es eso, Fabricio -respondí, mi tono ahora mucho más serio, como si estuviera enfrentando una batalla que no quería librar. -Eso es lo que en realidad piensas, ¿verdad? -mi voz se quebró un poco, pero me obligué a seguir. -No puedo hacerte cambiar de opinión respecto a los vampiros, pero es hora de que reconsideres la boda. -dije con dureza, sacando el anillo de compromiso que me había dado, el que representaba una promesa que parecía desmoronarse ante mis ojos. Lo dejé sobre el escritorio sin decir una palabra más.
La acción fue como un golpe seco, un punto final en algo que ya no podía seguir. El anillo, esa joya que había sido el símbolo de un futuro compartido, ahora me parecía una burla. Una burla a todo lo que había creído que éramos. Una burla a la relación que habíamos construido con tanto esfuerzo.
-Aún estás a tiempo de no unir tu vida con un ser inferior a ti... -dije con ironía, las palabras saliendo de mi boca como un veneno que necesitaba expulsar, aunque en el fondo sabía que esa no era la verdad. Mi corazón sangraba, y las lágrimas comenzaron a escapar de mis ojos, una tras otra, sin poder detenerlas. Pero no quería que él las viera, no quería mostrarle que me dolía. Me limpié la lágrima con rapidez, como si eso pudiera borrar lo que sentía por dentro.
Miré el anillo sobre el escritorio, sintiendo que ese gesto era la última señal de lo que había sido nuestra relación. Sonreí, aunque fue una sonrisa triste, nostálgica. Pensé en todo lo que habíamos vivido, en los momentos felices, en las promesas que compartimos. Pero, ¿dónde estaban ahora esas promesas?, ¿Y todo lo que habíamos construido?
-Yo no tengo nada que pensar, pero parece que tú sí -concluí con amargura, mi voz resonando en la habitación. No quise quedarme más tiempo allí, viendo cómo todo se derrumbaba.
Me alejé de él, sintiendo cómo el vacío comenzaba a crecer dentro de mí. Sin esperar una respuesta, me transporte al jardín, el lugar que siempre me había brindado consuelo.
Me quité los tacones, dejándolos caer al suelo con fuerza, sin importarme el ruido. No quería quedarme en ese castillo, no quería ver a nadie, ni siquiera a él. Solo quería escapar, aunque no sabía a dónde ir. Corrí por el jardín con una sensación de vacío que me golpeaba el pecho, pero sabía que había un lugar al que siempre podía huir: el laberinto.
Corrí entre los altos arbustos podados, entre las paredes verdes que conocía de memoria, entre las que me refugiaría hasta que mi mente dejara de dar vueltas. Cada paso que daba era un intento de escapar de mi propio dolor. El laberinto era mi refugio, un lugar donde podía perderme, donde las preguntas y las dudas ya no importaban.
Finalmente, llegué al centro del laberinto, a la fuente cristalina que había sido mi lugar de paz durante tanto tiempo. Los pececillos nadaban tranquilamente en el agua, ajenos a la tormenta que se desbordaba dentro de mí. Me dejé caer al suelo, sin fuerzas, sin ganas de retener las lágrimas. Dejé que mi dolor fluyera, que mis lágrimas se derramaran libremente. No había forma de detenerlas, ni de calmar el nudo en mi pecho. No quería pensar, no quería hablar. Solo quería estar ahí, sola, hasta que pudiera entender lo que acababa de suceder.
#872 en Fantasía
#3970 en Novela romántica
amor mates lobos vampiros, realeza olvido recuerdos reencuentro
Editado: 15.07.2026