—Sabía que te encontraría aquí —dijo él, su voz suave pero cargada de una tensión palpable. No lo miré, aún centrada en el agua cristalina de la fuente, como si esa agua pudiese calmar la tormenta interna que sentía. Ya había anochecido, pero la oscuridad no me molestaba. Estaba acostumbrada al laberinto de mis propios pensamientos, y esa noche no iba a ser la excepción.
—Aunque me perdí cien veces para llegar hasta aquí —comentó él, con un tono que pretendía ser divertido, pero yo no podía permitirme una sonrisa.
No lo miré. No quería mirar su rostro, porque sabía que, si lo hacía, lo vería a él, vulnerable, inseguro, y eso me dolía más de lo que podía soportar en ese momento.
Aun así, lo escuché suspirar, sintiendo el peso de su alma en ese sonido. Se acercó a mí, como siempre lo hacía cuando sentía que algo lo atormentaba, pero esta vez había algo en su caminar que me decía que no sería igual a otras veces. Se sentó a mi lado, y aunque me hacía como si no lo notara, sentí su presencia como un eco en mi pecho. Sabía que quería hablar, pero no sabía si estaba lista para escuchar lo que tenía que decir.
—Yo... lo siento... Te juro que no quería darte a entender eso —dijo, su voz quebrada, casi como si cada palabra le costara un esfuerzo titánico.
No respondí. Seguí con lo mío, haciéndome la indiferente, cuando en realidad todo lo que quería era correr hacia él, abrazarlo, decirle que todo estaría bien, pero no podía.
No lo podía hacer. No aún. Mis emociones estaban demasiado desbordadas, y su inseguridad me estaba ahogando.
—Tengo miedo de no ser un buen rey para los vampiros, así como no soy buen luno para la manada. Solo te traería más problemas —dijo con la voz temblorosa, como si cada palabra le costara más que la anterior.
Lo miré de reojo, viendo la angustia reflejada en sus ojos. Su rostro estaba tenso, sus manos apretando su regazo como si pudieran sostener todo el peso de su mundo. Sentí un nudo en la garganta al ver el dolor en su mirada. No era el hombre arrogante y confiado con el que me había acostumbrado a cruzar tantas veces. Era un niño, uno que temía no ser suficiente para las personas que más amaba.
—Tengo miedo de que te hartes de mi ineptitud y me dejes. Que busques a alguien mejor para los dos —dijo, sus palabras destilando una honestidad brutal.
Su sinceridad me golpeó como un mazo. Era como si me estuviera desnudando su alma. Cuando lo miré, no vi al líder del clan vampírico que todos querían que fuera, ni al luno de la manada que todos respetaban, ni al hombre que no temía perder el control. Vi a un ser vulnerable, asustado de perder lo que más amaba, temeroso de no ser capaz de ser el hombre que pensaba que yo necesitaba.
—Jamás fue porque no estuviera seguro de lo que quiero, tampoco por el título o la corona... Eso no me importa —dijo, levantando la mirada y chocando sus ojos con los míos, buscando respuestas, buscando algo en mi mirada que le diera paz—. Es por ti, por mi miedo a perderte... —concluyó con una voz tan suave que apenas la escuché.
El silencio llenó el espacio entre nosotros, pesado y denso, mientras mis pensamientos se entrelazaban con los suyos. No sabía que se sentía de esta manera.
¿Cómo podía no haberme dado cuenta antes?
¿Cómo no había visto el miedo que lo consumía por dentro?
Sabía que él no se veía capaz de llevar las riendas de la manada, ni de ser el rey que su título le exigía. Pero en ese momento, entendí que lo que realmente le aterraba no era ser rey, sino perderme a mí.
Lo miré con el corazón retorcido. En sus ojos vi el mismo dolor que sentía yo, el mismo miedo a lo desconocido, el mismo temor a no ser suficiente. Pero lo que él no entendía era que yo no necesitaba que fuera perfecto. No necesitaba que fuera el mejor rey, ni el líder más fuerte. Solo necesitaba que estuviera a mi lado, que me amara tal como era, con todas mis imperfecciones.
Mi mano, casi por instinto, se alzó hacia su mejilla. No sabía si era por compasión o por amor, pero sentí la necesidad de reconfortarlo, de decirle que todo estaría bien, aunque yo también estuviera perdida en mis propios sentimientos.
—No te dejaría, aunque seas el rey más inútil de toda la historia —le dije, en un tono juguetón, pero en el fondo de mis palabras había un amor tan profundo que ni yo misma podía comprenderlo del todo.
Él sonrió, esa sonrisa que siempre lograba calmarme, aunque por dentro estuviera hecha un mar de dudas. Ladeó la cabeza hacia mi mano, como si ese pequeño gesto de cariño fuera todo lo que necesitaba para sentirse más seguro.
—Te amo tal y como eres. Si nos casamos, tendrías que tener la corona y el título oficial de rey del clan vampírico, siendo yo la reina de este... —dije, con una sonrisa tranquila, intentando aligerar el peso que ambos sentíamos.
Él cerró los ojos, como si mis palabras lo tranquilizaran, aunque sabía que aún había mucho que procesar dentro de él.
—¿No me dejarás? —preguntó, sin abrir los ojos, con un tono de vulnerabilidad que me desgarró el corazón.
—Ni en un millón de años luz —respondí con firmeza. No tenía dudas. No lo dejaría. No importaba cuántos miedos y sombras acecharan su corazón, no importaba cuántas veces se sintiera insuficiente. Yo lo amaba, y eso era lo único que necesitábamos para seguir adelante.
Él asintió lentamente, y sus ojos encontraron los míos. La emoción entre nosotros era palpable, tan fuerte que podía sentirla en el aire que respirábamos.
—Te amo —susurró, con la voz ronca, y sentí cada palabra en lo más profundo de mi ser.
Me acerqué a él, mis labios buscando los suyos con una urgencia que no podía explicar. El beso que compartimos fue todo lo que no habíamos podido decir en palabras. Cada gesto, cada caricia, era una promesa silenciosa de que no importaba lo que el futuro nos deparara, siempre estaríamos el uno para el otro.
Cuando nos separaron por la falta de aire, nuestras frentes se unieron. Las respiraciones entrelazadas, la conexión tan profunda que no necesitábamos hablar para entendernos.
#872 en Fantasía
#3970 en Novela romántica
amor mates lobos vampiros, realeza olvido recuerdos reencuentro
Editado: 15.07.2026