Astrid, mi bella niña, ya tenía 16 años y hoy estaba a punto de transformarse. No pude evitar pensar lo rápido que había pasado el tiempo. Parecía que fue ayer cuando la tenía en mis brazos, tan pequeña y frágil, y ahora estaba a punto de dar un paso tan importante. Era difícil de creer. El tiempo había volado y, con él, muchas cosas habían cambiado.
Los trillizos, ¡esos sí que son un verdadero desafío! Cada uno con su carácter único, pero definitivamente, Marilin era la más difícil. Esa chica... Diosa, siempre buscando maneras de meterse en problemas.
Tenían diesiciete años y, aunque a veces podían ser un dolor de cabeza, había algo increíblemente especial en ellos. Habían obtenido el poder de los Morg, algo que solo unos pocos podrían comprender. A veces, me sorprendía cómo se adaptaban a todo lo que eso implicaba.
También estaba Marcy, su hermana pequeña, que con solo siete años ya era una vampiresa con una inteligencia y un carisma sorprendentes.
Luego estaba Hashi, esa preciosa niña de casi diesiocho años, que a pesar de su carácter fuerte, siempre lograba robarme una sonrisa. Ella estaba saliendo con María, la hija de Sora y Arhis. Las dos se veían tan enamoradas que no podía evitar pensar que probablemente serían mates para siempre. Era algo hermoso de ver.
Lucía, por otro lado, era casi idéntica a Kate cuando tenía su edad.
Estaba saliendo con Marvin según tenía entendido, y lo que me sorprendió fue lo felices que se veían. Todo parecía indicar que tenían un futuro brillante juntos. Mientras tanto, Martín, el hijo de Erika, estaba algo atraído por mi segundo hijo, Emmer, quien ya tenía cinco años.
Lo curioso era que, aunque Emmer y Martín eran primos de sangre, parecía que había una conexión especial entre ellos. Yo, como madre, no podía evitar sentir que tal vez era algo extraño, pero si las Diosas Luna y Sangre lo querían así, ¿quién era yo para oponerme?
—Estoy lista, mamá —dijo Astrid, saliendo del clóset con su hermoso vestido bicolor. La parte del pecho era de un tono crema suave, y desde la cintura hasta el suelo, el vestido se convertía en un hermoso color mamón que resaltaba su figura de una manera impresionante. Me quedé completamente sin palabras al verla.
Mis ojos se cristalizaron al verla, y el nudo en mi garganta se hizo más fuerte. Me acerqué a ella con cautela, como si fuera a romperse, y la besé en la frente.
—Estás hermosa, bebé —le dije, y ella sonrió tímidamente, con esos ojos que siempre me habían mirado con tanta inocencia.
—Gracias, mami —respondió, abrazándome con fuerza. Un abrazo que me hizo sentir todo el amor y la protección que siempre había querido brindarle. De repente, algo en ella cambió, y su voz se tornó más vulnerable. —Tengo miedo —confesó, escondiendo su rostro en mi pecho.
La acaricié suavemente en la cabeza, con el cuidado de no dañar su delicado peinado.
—Estaremos contigo, mi niña. No tengas miedo —le dije, mientras la besaba nuevamente en la frente. Me separé ligeramente de ella y la miré con amor. —Ahora, tu regalo...
Me aparté por completo y saqué la cadena de mármol que había estado guardando por tantos años. Astrid la miró, sorprendida y fascinada al mismo tiempo.
—Hace casi veintiún años, tu padre me dio esta cadena el día en que me entregó la que llevo puesta. —le dije, mostrándole la cadena que colgaba de mi cuello—. Me dijo que era para nuestro primer hijo. El día de nuestra boda, fue el día cuando le di la noticia de que te esperaba, junto con la prueba de embarazo. Era un momento tan especial, uno que siempre atesoraré.
Ella comenzó a reír mientras recordaba la historia, pero me notaba la emoción en sus ojos.
—Estoy tan feliz, mi niña. Tú, tu hermano, y tu padre son lo más valioso que tengo en este mundo. Mi vida cambió por completo desde que llegaste —le dije, mientras le colocaba la cadena con delicadeza alrededor de su cuello.
—Es hermosa —comentó, mirándola con asombro. Me abrazó con fuerza. —Siempre estaremos para ti, tu padre y yo. No importa si tienes mil años, siempre serás nuestra bebé. Esa que ya era amada incluso antes de saber que vendrías a este mundo...
Ella rió, y mi corazón se hizo un nudo.
—Ahora vamos, antes de que tu padre se altere y termine rompiendo la puerta —le dije entre risas. Astrid asintió con una sonrisa nerviosa. Sabía que su padre estaba igual de emocionado y nervioso que ella. Salimos de la habitación, no podía dejar de sentir lo rápido que había pasado el tiempo.
Todo parecía ser tan reciente, pero al mismo tiempo, tan lejano.
Ahora tenía un hermanito más pequeño, Douglas, que ya tiene catorce años. Erika quedó embarazada después de su quinta luna de miel, y ese pequeño mocoso, como siempre lo llamaba, crecía más rápido de lo que hubiera esperado. Mis tres amores, Fabricio, Emmer y Douglas, estaban esperándonos al pie de las escaleras. Junto a ellos, estaban mi padre y Erika, sonriendo con orgullo.
—Están hermosas —dijo Fabricio, acercándose a las dos. Me besó brevemente en los labios y luego fue a abrazar a Astrid con tanta fuerza que ella soltó una risa nerviosa.
—Deja de crecer, princesa —se quejó, mientras la abrazaba con tanto cariño que me hizo recordar el primer abrazo que le di a Astrid cuando nació.
—Eso es imposible, papá —respondió Astrid, riendo. Fabricio hizo un puchero, como siempre, y la besó en la frente con ternura.
—¡Astrid ya está vieja! —dijo Emmer, riendo a carcajadas.
Ya era todo un galán, con su traje negro impecable, el moño color crema y esas gafas de sol que usaba sin ningún sentido, como si fuera a salir a un sol abrasador.
—Oh, pequeño mocoso, ya verás —respondí, agachándose para hacerle cosquillas. La risa que surgió de ambos llenó la casa de una calidez indescriptible. Fabricio se pegó a mí, abrazándome por la espalda de una manera que solo él sabía hacer.
—No quiero que sigan creciendo —se quejó, mientras me miraba con una expresión nostálgica. Yo sonreí, compartiendo el mismo sentimiento. También me sentía como si todo estuviera sucediendo demasiado rápido.
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Editado: 15.07.2026