Reinado de Dragones

Capítulo 14

Kenji

Habíamos perdido a muchos aliados desde que Ryu y yo éramos pequeños. Ambos perdimos a nuestros padres el mismo día, y aunque creí haber aprendido a convivir con el dolor… jamás me había sentido cómo me sentía ahora.

Keir cargaba el cuerpo inerte de Odine. Eira dormía sobre la espalda de Ryu, sostenida con cuidado, con rastros de lágrimas aún marcando su rostro. Y yo… yo solo podía mirar a Kardelen, rota en un silencio que me desgarraba.

No podía moverme. No sabía cómo alcanzarla, cómo decir algo que no sonara vacío. ¿Cómo se consuela a alguien que acaba de ver morir a su hermana? ¿Cómo se toca a alguien que está tan quebrada que parece que podría deshacerse con el más leve roce?

Cada uno de sus sollozos era un puñal que se hundía en mí. Y con cada lágrima que dejaba caer, el dragón dentro de mí rugía con más fuerza, exigiendo arrasar con todo lo que había causado ese dolor. Porque sí, podría destruir el mundo entero por una sola lágrima suya.

No entendía del todo lo que me pasaba. Solo sabía que quería abrazarla, protegerla, esconderla en mi pecho hasta que el dolor se apagara. Quería ser su refugio. Y sin embargo, no podía hacer nada. Solo mirarla y desear, con una fuerza que me quemaba por dentro, ser el consuelo que ella necesitaba.

—Kenji —oí que Keir me llamaba. Su voz era baja, casi un susurro entre el viento. Me hizo un gesto con la cabeza.

Suspiré, armándome de valor.

Me acerqué a Kardelen, que aún temblaba. Me quité la capa y con la mayor delicadeza que pude reunir, la coloqué sobre sus hombros. Luego, con la yema de mis dedos, rocé suavemente su brazo, buscando su atención… aunque fuera por un instante.

—Kardelen… —murmuré su nombre como si fuera un secreto sagrado, tan dulce como era pronunciarlo— Debo cubrir tus ojos. No puedo permitir que veas dónde se encuentra nuestro reino.

No dijo nada. Solo asintió en silencio y detuvo el paso. Con movimientos lentos, saqué un pañuelo de mi bolsillo y me acerqué a su rostro. Al vendar sus ojos, mis manos rozaron su piel, tan cálida, tan frágil en ese momento, que me hizo contener la respiración.

El aroma a lavanda de su cabello me envolvió por completo. Me llenó los pulmones, me aturdió los pensamientos. Hubiera querido quedarme así para siempre, cerca de ella, siendo útil aunque fuera en algo mínimo. Quise memorizar ese instante, la textura de su cabello, la suavidad de su respiración contenida, la confianza silenciosa que me ofrecía.

Pero no dije nada más. No me atreví.

Después de vendarle los ojos a Kardelen, caminé a su lado, guiandola en silencio. Sentía su temblor bajo la capa, su fragilidad palpable, y aunque no podía verla, el latido acelerado de su corazón era un grito mudo que atravesaba mi pecho. Cada paso que dábamos hacia el reino era un recordatorio cruel de lo que habíamos perdido.

El camino parecía interminable, pero al cruzar el laberinto y entrar al reino, le quité el vendaje a Kardelen. Los dragones que nos observaban al pasar se inclinaban, no solo ante Ryu como rey, sino también ante el cuerpo sin vida de Odine. Para nosotros, los dragones, rendir respeto a los muertos era una tradición sagrada, un acto de honor que dolía en cada fibra de mi ser.

Al llegar al castillo, un caballero fue enviado a buscar a la reina y a las dos brujas que aún no sabían lo que había sucedido. Ryu llevó a Eira a una habitación del palacio para que descansara, mientras los demás nos dirigimos a la sala del trono a esperar su llegada. Aún podía ver de reojo a Kardelen, sollozando en silencio, y mi pecho se apretaba con una mezcla de dolor y rabia que quemaba más que cualquier fuego. Verla así, tan frágil y rota, me carcomía por dentro.

Tal vez la reina tenía razón, aunque nos conocimos hace poco, los dragones sentimos con una intensidad que no conoce tiempo ni razón. No puedo mentirme; mi corazón la eligió en silencio, sin permiso ni retorno. Ahora, verla sufrir es como una herida abierta que se desangra en mi alma, un fuego oscuro que crece y consume todo a su paso. Mi dragón interior ruge con una furia primitiva, deseando no solo incendiar el reino, sino reducirlo a cenizas, arrasarlo hasta borrar cada sombra de este mundo que se atreve a causarle dolor a la única mujer que ha logrado tocar lo más profundo de mí.

La gran puerta de la sala del trono se abrió con un estruendo solemne. Aideen y Xylia corrieron hacia Keir, que todavía sostenía el cuerpo sin vida de Odine. Ambas brujas rompieron en llanto, dejando salir la pena de quienes han perdido a una hermana.

—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó la reina, su rostro surcado por la sorpresa y una tristeza que parecía pesar en el aire.

—Las estaban buscando… —respondí, apretando los dientes con fuerza— El padre de Xylia intentó detenerlos, pero… no pudo.

—¿Mi padre? ¿Dónde está mi padre? —exclamó la albina, la desesperación desbordando en su voz.

—Se lo llevaron, junto a los gemelos —dijo Ryu, su tono frío y cortante cortó el silencio cuando entró en la sala del trono.

Un escalofrío recorrió mi espalda. El peligro que se cernía sobre nosotros se volvía más real, más tangible. Y yo solo deseaba poder hacer algo más que esperar, más que sufrir en silencio.

Estaba preocupado por Ryu. Como su mejor amigo y mano derecha, conocía cada una de sus miradas, pero la que tenía frente a mí jamás la había visto. Eso era lo que me preocupaba de verdad. Veía cómo la mirada de mi amigo se oscurecía y se llenaba de odio; sus ojos, rojos como zafiros, se transformaron en orbes tan oscuros como la misma sangre que él parecía desear derramar en venganza.

—Le daremos un funeral digno —dijo la reina, mirando a Aideen.

Vi cómo la mirada de Ryu se suavizó por un instante, pero pronto se tornó en un gesto preocupado que dirigió hacia mis espaldas.




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