Ryu
Desde que habíamos regresado al palacio, todo se había teñido de una tristeza densa y silenciosa. Tras dejar a Eira en mi habitación, con el rostro pálido, me tocó a mí enfrentar el peso de las palabras. Fui yo quien tuvo que explicar a la reina, a Xylia y a Aideen lo que había sucedido. Cada palabra me pesaba en la lengua, como si narrara una pesadilla de la que todavía no despertaba.
En medio de aquella conversación tensa y confusa, Kardelen se desmayó sin previo aviso. Kenji se precipitó hacia ella, preso de una preocupación tan sincera que incluso Kier, que hasta entonces había mantenido su desconfianza hacia la muchacha, se mostró un poco alarmado. Tuve que aclararle todo a Kier: cómo la habíamos conocido, y cómo, pese a todo, Kenji parecía reflejar en sus ojos algo más que simple gratitud por ella.
Sentí cómo todo se desbordaba. Como si la situación, las emociones, las decisiones, se me escurries en entre los dedos, por más que intentara sostenerlas.
Mientras Kenji y Kier permanecían en la enfermería, vigilando a Kardelen con una atención que no sabía si nacía de la desconfianza o de algo más profundo, la reina intentaba consolar a las demás brujas. El palacio entero parecía respirar con dificultad, como si la desolación hubiera calado en sus muros.
Y yo…
Yo estaba sentado en el frío suelo de piedra, frente a la puerta cerrada de mi habitación, con las manos temblorosas apoyadas en las rodillas y la mirada fija en la madera, como si en ella pudiera encontrar una respuesta.
No había salvado a Odine. No había podido proteger a quienes había jurado cuidar. Había permitido que todo esto nos consumiera. Había dejado que Eira sufriera, que sus ojos se llenaran de ese dolor indescriptible, que su corazón se quebrara ante mis ojos sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.
Sentí el peso del fracaso ahogarme.
Me sentía…
Tan débil.
Tan inútil.
Tan insuficiente.
La garganta me ardía, pero no fui capaz de llorar. Solo podía quedarme ahí, inmóvil, mientras cada pensamiento me apuñalaba con más fuerza que cualquier espada.
Me odié.
Me odié por ser el príncipe que no había estado a la altura. Por no haber sabido leer el peligro. Por no haber llegado a tiempo. Por no haber sido capaz de sostener a Eira, de ofrecerle el refugio que ella tanto merecía.
Quería gritar, romper algo, huir de mí mismo.
Pero solo pude quedarme allí… Derrotado.
Una lágrima, solitaria e implacable, resbaló por mi mejilla sin que pudiera detenerla. Se deslizó con lentitud hasta caer en el suelo de piedra, silenciosa y rota, como todo lo que sentía dentro de mí.
Era por ella.
Por Eira.
Tragué con fuerza y cerré los ojos. Inhalé. Exhalé.
No. No iba a permitir que otra lágrima me traicionara. No frente a nadie, aunque el único testigo fuera la soledad. Era suficiente. Bastaba con una. Tenía que resistir. Tenía que ser fuerte… o al menos fingirlo.
Pero entonces, sin previo aviso, la puerta frente a mí se abrió.
La madera crujió suavemente, y mi corazón se detuvo por un instante.
Eira.
Me tomó un segundo alzar la mirada y encontrarla allí, de pie, con la piel tan pálida como la luna, envuelta en una de mis mantas. Su cabello, suelto y desordenado, caía en mechones alrededor de su rostro, y sus ojos… esos ojos. Aún tristes, aún rotos, pero llenos de una dulzura infinita que no merecía.
Por un instante, me pareció ver un ángel.
Mi ángel.
La única luz en medio de tanta oscuridad.
—Ryu… —susurró, su voz apenas un murmullo tembloroso.
Me quedé paralizado. Parte de mí quiso apartar la mirada, esconder el dolor, ocultar las lágrimas que no habían terminado de caer. Pero no pude. No quise.
Ella dio un paso hacia mí. Pequeño, vacilante, como si el suelo fuera frágil bajo sus pies.
Se agachó frente a mí, hasta quedar a mi altura, y sus ojos se encontraron con los míos.
Me miraba como si yo valiera algo. Como si, pese a todo, siguiera viendo en mí al príncipe, al amigo… al hombre…Y no al fracaso.
—No estoy llorando —musité, en un intento torpe de aferrarme al orgullo que me quedaba.
Una sonrisa leve, apenas un suspiro, se dibujó en sus labios. No me contradijo, no me presionó. Solo extendió una mano temblorosa y la posó en mi mejilla. Ese simple contacto me desarmó por completo.
Me incliné, cerrando los ojos, y apoyé mi frente contra la suya sin pensarlo. La respiración de ambos era frágil, quebrada. Nuestros dolores parecían entrelazarse, enredarse en el aire que compartíamos.
—No quiero perderte a ti también —murmuré, casi sin voz— No sé qué haría si te pierdo.
No hubo palabras de consuelo. No las necesitaba. Solo su mano en mi rostro, su calor tan real, tan presente, bastaba.
Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, un poco menos solo.
Mis ojos se cerraron por un instante, como si pudiera detener el tiempo solo con el peso de mi desesperación. No quería moverme. No quería romper esa pequeña burbuja de consuelo que Eira y yo habíamos creado en medio del caos.
Pero sabía que no podía quedarme allí. Sabía que debía enfrentar lo que estaba ardiendo dentro de mí.
Con un leve suspiro tembloroso, me obligué a separarme, solo un poco, lo justo para mirarla. Sus ojos brillaban bajo la escasa luz, cargados de lágrimas contenidas, de un dolor que era espejo del mío.