CAPÍTULO 2: LA ZONA DE EJECUCIÓN
El memorándum que no existe
El memorándum llegó a las 9:15 a. m. No por correo electrónico. Por mensajero físico. Lo que significaba que era importante. Lo que significaba que era secreto. Lo que significaba que alguien, en algún lugar del Ministerio, había estado vigilando a Masariego.
El mensajero no dijo una palabra. Simplemente entregó el sobre sellado y se fue. Masariego lo observó desaparecer por el pasillo, notando que el hombre caminaba con la precisión de alguien que había sido entrenado para no ser recordado.
ASIGNACIÓN INMEDIATA - CONFIDENCIAL
Auditor Masariego,
Se ha detectado un foco de anomalía crítica en el Sector Suroeste-12, Suburbios de Densidad Máxima. La manifestación de espiritualidad operativa ha alcanzado niveles que requieren investigación presencial.
Se requiere que investigue y reporte dentro de 48 horas.
No se discuta esta asignación. No se comunique con otros auditores. Proceda directamente.
—Ministerio de Consistencia
Masariego leyó el memorándum tres veces. Luego, con manos temblorosas, encendió un fósforo y lo sostuvo sobre el lavabo de su oficina. Observó cómo el papel se consumía hasta volverse una cáscara negra y frágil; solo entonces arrojó las cenizas al inodoro y tiró de la cadena. Era un acto de destrucción de evidencia. Era un acto de insubordinación silenciosa.
48 horas.
No se discuta.
Proceda directamente.
En el pasillo, una cámara de seguridad giró ligeramente hacia su oficina.
Era exactamente lo que Azriel había calculado que haría.
El descenso a los niveles prohibidos
La ciudad tenía niveles.
Los humanos no hablaban sobre esto, pero todos lo sabían. La verdad estaba codificada en arquitectura.
En los Niveles Altos —donde estaban los edificios de cien metros, donde el aire era más claro porque se había filtrado a través de menos compactación— vivían los que tenían poder o la ilusión de poder. Masariego vivía en el Nivel 4. No era Nivel Alto, pero era Suficientemente Alto. Tenía ventanas. Tenía espacio.
En los Niveles Medios vivían los trabajadores de la máquina. Los administradores. Los contadores. Los que creían que su obediencia diligente eventualmente los llevaría hacia arriba.
En los Niveles Bajos —donde las estructuras eran chatas y oprimidas, comprimidas como si la ciudad misma intentara asfixiarlas bajo el peso de los niveles superiores— vivían los que no importaban. Allí, el aire era gris no por el humo, sino por la densidad de la desesperación.
Y debajo de los Niveles Bajos, en lo que algunos llamaban los Suburbios, existía un lugar que casi no era reconocido en los mapas oficiales.
La Zona de Ejecución.
Masariego nunca había estado allí.
Nadie iba allí voluntariamente.
Tomó el transporte de mañana (que iba hacia abajo, no hacia arriba, lo cual era en sí mismo perturbador; el transporte nunca iba hacia abajo). Los otros pasajeros eran inspectores, auditores como él, guardias de seguridad. Gente cuyo trabajo era mantener la compactación.
Nadie habló. El silencio en el transporte descendente era diferente al silencio en la ciudad. Era menos tranquilo. Era silencio de personas que sabían hacia dónde iban y no querían pensar en ello.
El transporte se detuvo una por una en las estaciones más bajas.
Nivel 3. Nivel 2. Nivel 1.
Con cada descenso, Masariego sentía que la gravedad aumentaba. No gravedad física. Gravedad existencial. Era como si cada metro que descendía, la densidad de significado compactado aumentara. El aire se volvía más pesado. Los edificios se volvían más grises. Las personas en las plataformas se movían más lentamente, como si nadaran en melaza.
A Nivel 1, Masariego fue el único que se bajó.
La puerta del transporte se cerró detrás de él con un chasquido definitivo.
Ahora estaba solo.
Y el aire olía a ozono quemado y algo más... algo dulce, como pan horneándose lejos.
La plataforma del sufrimiento diseñado
La Zona de Ejecución no se parecía a lo que Masariego había imaginado.
No había celdas. No había muros de piedra. No había horror visible.
En cambio, había arquitectura.
Había un espacio abierto —aunque «abierto» era la palabra incorrecta; era más bien «expuesto»— donde una multitud de personas estaba de pie. O más precisamente, donde las personas estaban siendo sostenidas de pie, porque muchas de ellas ya no tenían la energía para sostener su propio peso. Algunas tenían los ojos cerrados. Otras miraban al vacío. Todas estaban perfectamente alineadas, como productos en un estante.
En el centro del espacio había una estructura simple. Una plataforma. Nada más. Ni cadalso. Ni mecanismo de ejecución visible.
Simplemente una plataforma donde las personas eran expuestas.
Se llamaba «ejecución», pero no era muerte física. Era muerte social. Era la demostración pública de lo que sucedía cuando violabas la compactación. Cuando permitías que hubiera aire en ti. Cuando eras «Incurablemente Poroso».
Estaban sentenciando a uno ahora.
Masariego vio a una mujer en la plataforma. Tenía tal vez sesenta años, o tal vez treinta; era difícil decirlo cuando alguien había sido compactado tan completamente. Su ropa estaba rasgada. Su cabello estaba desordenado. Pero lo que era más perturbador que cualquiera de esas cosas era su expresión.
Estaba sonriendo.
No sonrisa de histeria. No sonrisa de locura. Era sonrisa de alguien que sabía algo que el resto del mundo no sabía. Era sonrisa de alguien que, incluso bajo la compactación máxima, había encontrado un espacio interno donde podía respirar.
Un oficial de seguridad estaba leyendo su crimen.
—Se identificó que la detestable ha estado operando como punto de distribución para materiales de espiritualidad operativa. Se determinó que su influencia ha infectado a treinta y siete ciudadanos. Se ha declarado incurable. Se procede a la ejecución pública.
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Editado: 17.02.2026