CAPÍTULO 5: EL MECANISMO DE LA CIUDAD
5.1: El último despertar
Masariego se despertó a las 6:47 a. m.
El despertador sonó. Exactamente a tiempo. Como siempre.
Pero esta vez, no se levantó inmediatamente. Se quedó en la cama, en la oscuridad, sintiendo el Grano contra su corazón. Podía sentir cómo estaba latiendo. Como si tuviera vida propia. Como si estuviera sincronizado con algo mucho más grande que sus propios latidos.
Pensó en Encarnación. Pensó en su mentora. Pensó en el niño en el transporte cantando la frecuencia.
Luego se levantó.
Se vistió con su uniforme de auditor. Se peinó. Se afeitó. Se preparó para el trabajo como lo había hecho durante veinticinco años.
Pero esta vez, sabía que era la última vez. Esta vez, estaba diciendo adiós a una vida que parecía vida pero que era solo muerte disfrazada de orden.
Al salir de su apartamento, dejó la llave sobre la mesa.
No la llevaría consigo.
No volvería.
5.2: El transporte que respira miedo
Mientras viajaba al Ministerio —en el mismo transporte, en la misma ruta, en el mismo horario—, Masariego comenzó a ver la máquina en operación.
No era algo que pudiera ser visto con los ojos ordinarios. Tenía que ser sentido. Tenía que ser escuchado en la frecuencia.
El transporte estaba lleno de personas. Todas ellas se movían en sincronía. Todas ellas evitaban mirarse entre sí. Todas ellas estaban absortas en pantallas o en pensamientos que eran autorizados.
Y entonces sintió algo.
Era como si hubiera múltiples capas de realidad superpuestas. En la capa más visible estaba el transporte físico. Las personas. El movimiento mecánico de los vagones.
Pero en las capas debajo —en las frecuencias que ahora podía escuchar— había algo más.
Había miedo.
No era miedo ordinario. Era miedo transmitido. Era miedo que había sido inyectado en la atmósfera misma de la ciudad. Era como si el miedo fuera un gas que todos respiraban sin saberlo.
Masariego podía verlo cuando cerraba los ojos. Podía verlo como ondas de energía que fluían a través del transporte. Podía ver cómo el miedo mantenía a las personas comprimidas en sus asientos. Cómo las mantenía quietas. Cómo las mantenía predecibles.
Un hombre frente a él respiró hondo, como si estuviera a punto de llorar.
Luego contuvo la respiración.
Apretó los puños.
Y se relajó.
Primera capa: El Miedo, pensó Masariego.
Y todos lo respiramos.
5.3: Los archivos que guardan almas
Cuando llegó al Ministerio, Masariego no fue a su oficina.
En cambio, entró en los pisos subterráneos donde estaban los archivos.
Era un lugar donde casi nunca iba. Era un lugar donde los registros de toda la ciudad estaban guardados. Donde cada acción de cada persona era documentada. Donde la máquina de vigilancia guardaba su memoria.
La puerta se abrió con un silbido de aire comprimido.
Dentro, el aire era frío. Demasiado frío. Como si la temperatura estuviera diseñada para inhibir el pensamiento.
Mientras caminaba entre los archivos —millones de archivos, cada uno conteniendo la vida comprimida de una persona—, Masariego comenzó a ver las tres capas claramente.
PRIMERA CAPA: EL MIEDO
El miedo era la base. Era lo que hacía que la gente aceptara que su libertad fuera extraída.
Masariego podía ver los mecanismos:
Noticias de crisis. Siempre crisis. Crisis económicas. Crisis de seguridad. Crisis de salud. Crisis de moralidad. La ciudad estaba en constante estado de emergencia, lo que significaba que la gente estaba en constante estado de contracción.
La contracción producía docilidad. Cuando tienes miedo, aceptas cualquier autoridad que prometa quitarlo. Aceptas que tu libertad sea restringida. Aceptas vivir en una jaula siempre que la jaula prometa protegerte.
Y el Ministerio era el mecanismo que transmitía el miedo.
Cada auditor. Cada inspector. Cada guardia. Cada cámara de seguridad. Cada sistema de vigilancia. Todo ello existía para mantener la población consciente de que estaban siendo observadas. Y cuando sabes que estás siendo observado, te comportas diferente. Te compactas más. Te haces más denso. Te vuelves más fácil de controlar.
«El miedo es el primer agente del Desfermento», pensó Masariego. «Mantiene la masa demasiado pesada para levantarse».
Sacó un archivo al azar.
Caso 12447: Mujer, 34 años. Reportada por «respiración irregular». Tratamiento: Recompactación nivel 2. Resultado: Éxito.
«Éxito», murmuró.
Volvió a colocar el archivo.
5.4: La deuda que atrapa
SEGUNDA CAPA: LA DEUDA
Pero el miedo solo no era suficiente. La gente podía resistirse al miedo. La gente podía esconderse. La gente podía encontrar lugares donde la gravedad del miedo era menor.
Por eso existía la deuda.
Masariego veía los mecanismos en los archivos:
Dinero. Todos debían dinero. O debían trabajo. O debían lealtad. O debían silencio. O debían una combinación de todos ellos.
La deuda no era simplemente financiera. Era existencial. Era adhesión semántica. Significaba que tu libertad ya le pertenecía a otro. Significaba que no podías moverte sin obtener permiso de quien poseía tu deuda.
La gente nace endeudada. La deuda es transmitida. El costo de vivir en la ciudad es tan alto que es imposible no estar endeudado. Por lo tanto, todos están endeudados. Lo que significaba que todos estaban efectivamente en esclavitud, pero una esclavitud que no se siente como esclavitud porque todos están en ella.
Masariego vio cómo la deuda operaba:
Si tienes miedo, aceptas trabajo que paga mal porque es mejor que la incertidumbre.
Si aceptas trabajo mal pagado, debes vivir en un apartamento caro en una ciudad cara para estar cerca de tu trabajo.
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Editado: 17.02.2026