Reino de Dios

Capítulo 9

CAPÍTULO 9: LA PROPAGACIÓN INVISIBLE

Parte I: Tres mundos simultáneos

Mientras Masariego estaba siendo interrogado en los Pisos Inferiores del Ministerio, tres cosas estaban sucediendo simultáneamente.

No sucesivamente. No una después de la otra. Sucediendo en el mismo momento, en diferentes frecuencias de la realidad, tejidas juntas como los hilos de una sola tela.

Parte II: Los Barrios Densos - La respiración colectiva

En el apartamento de Encarnación, se había formado algo que parecía un grupo, pero que no era un grupo.

No había estructura. No había líderes. No había reuniones programadas.

Simplemente, las personas comenzaron a aparecer.

Una mujer que había probado el pan una vez. Luego volvió.

Un hombre que escuchó sobre la fermentación de su hermana. Pidió aprender.

Un niño que fue llevado por su madre porque ella necesitaba estar en un lugar donde pudiera respirar.

Llegaban en diferentes horas. Se iban en diferentes momentos. A veces había tres personas. A veces había veinticinco. A veces solo estaba Encarnación, esperando.

Pero cuando se reunían, sucedía algo.

No era reunión política. No había discursos. No había agenda.

Simplemente se reunían para respirar diferente juntos.

Encarnación hacía pan. Las personas comían. Luego simplemente estaban de pie. Juntas. Respirando.

—¿Por qué venimos aquí? —preguntó una mujer una vez.

—Porque aquí hay aire —respondió Encarnación—. En la ciudad, el aire está saturado de miedo. Está tan compactado que no es realmente aire. Simplemente es gas que ocupa espacio. Pero aquí hay aire verdadero. Aire que respira. Aire que te permite respirar.

La mujer cerró los ojos.

Y por primera vez en años, respiró sin la presión del miedo en su pecho.

Parte III: La dispersión exponencial

Lo que sucedía después de que probaban el pan de Encarnación era predecible, pero aún así milagroso.

Una persona comía el pan.

Experimentaba nutrición verdadera. No simplemente corporal. Espiritual.

Se daba cuenta de que algo era posible. Que la respiración diferente era posible. Que la libertad era posible, aunque fuera una pequeña libertad.

Y querría compartirlo.

Daba pan a su compañero de trabajo.

Su compañero de trabajo lo comía. Y algo en él despertaba.

Ese compañero de trabajo lo daba a su familia.

Su familia lo compartía con amigos.

Y en tres niveles de compartición, lo que comenzó como una persona que comía pan se había convertido en veintisiete personas que conocían que la fermentación era posible.

Masariego vio el patrón:

Uno → Tres → Nueve → Veintisiete → Ochenta y uno → Doscientos cuarenta y tres.

En seis semanas, más de doscientas cuarenta personas habían probado el pan.

En ocho semanas, más de setecientas.

En diez semanas, el número era incalculable. Porque las personas estaban compartiendo con personas que no eran documentadas. Con personas en los Niveles Bajos. Con personas en los Suburbios. Con personas que el Ministerio ni siquiera sabía que existían.

Y cada una de ellas, al probar el pan, experimentaba algo:

El aire existía. La levadura era real. El Reino era operativo.

Parte IV: El Ministerio nota

En los pisos superiores del Ministerio, algo estaba cambiando que no podía ser documentado.

La productividad disminuía.

No dramáticamente. Sutilmente.

Los trabajadores llegaban a tiempo. Completaban sus tareas. Seguían los protocolos.

Pero algo era diferente.

Eran menos mecánicos. Menos predecibles. Menos... compactados.

Un auditor comenzó a hacer pausas entre casos. Pequeñas pausas donde simplemente respiraba. Y en esas pausas, se le permitía tener pensamientos propios.

Un administrador comenzó a sonreír a otros administradores. No sonrisas de protocolo. Sonrisas reales. Y las sonrisas reales eran contagiosas.

Un guardia comenzó a no hacer preguntas sobre por qué alguien no tenía identificación completa. Solo dejaba pasar a la persona.

Pequeñas cosas. Cosas que parecían insignificantes individualmente.

Pero juntas, cuando se agregaban, creaban fisuras en el sistema.

Porque el sistema dependía de obediencia ciega. Dependía de que cada pieza de la máquina actuara exactamente como se esperaba.

Pero cuando las personas comenzaron a tener espacio interior, cuando comenzaron a respirar diferente, cuando comenzaron a probar el pan que circulaba en la ciudad como agua subterránea —las personas comenzaron a tener pensamientos propios.

Y una persona con pensamientos propios es una pieza de la máquina que puede fallar.

Parte V: La observación de Malac

Malac vio esto.

No vio a las personas compartiendo pan. El pan era demasiado pequeño para ser detectado a esa escala.

Pero vio el cambio de frecuencia.

Era como si la ciudad estuviera siendo lentamente resintonizada a una nueva estación de radio.

La frecuencia del Desfermento operaba a cierta vibración. Era la vibración del miedo. Era la vibración de la compactación. Era la vibración que hacía que todo se moviera al unísono.

Pero ahora, en los márgenes, algo diferente estaba siendo transmitido.

Era como si hubiera una estación de radio pirata operando en la banda que se suponía debía estar ocupada solo por el Ministerio.

Y las personas —las máquinas que se suponía debían estar completamente sintonizadas al Desfermento— estaban sintonizando esa estación.

Emitió orden tras orden.

Aumenta la vigilancia. Busca anomalías. Identifica focos de levadura.

Pero por cada foco que identificaba, había tres más que no podía ver.

Por cada persona que arrestaba, cinco más habían probado el pan.

Era como intentar atrapar humo.

Parte VI: El Panadero Subterráneo




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