Reino de Dios

Capítulo 11

CAPÍTULO 11: LOS METROS DE PROFUNDIDAD

Parte I: El descenso

Masariego comenzó a descender.

No geográficamente. O tal vez sí. Fue difícil saber la diferencia entre descenso literal y descenso simbólico en la ciudad estratificada donde vivía.

Encarnación lo guió a través de pasajes que no estaban en los mapas. A través de puertas que parecían ser paredes ordinarias. A través de niveles de la ciudad que la mayoría de las personas ni siquiera sabía que existían.

—La ciudad tiene muchos pisos —explicó Encarnación mientras bajaban—. Los que ves —los que caminan en las calles, los que viven en los apartamentos— esos son solo los pisos superiores. Pero hay niveles por debajo. Niveles que el Ministerio prefiere que no existan.

Pasaron el Nivel 50. Luego el 60. Luego el 70.

El aire se volvía diferente. Más viejo. Como si estuviera respirando el aire de épocas anteriores.

—Los Sótanos —dijo Encarnación finalmente— son el lugar donde la gente que no puede vivir en compactación viene a respirar.

Parte II: El descubrimiento

Cuando finalmente llegaron a los Sótanos, Masariego experimentó algo que no había esperado.

Había luz.

No luz artificial como en la ciudad. Luz que parecía venir de las paredes mismas. Como si las paredes estuvieran hechas de material que brillaba débilmente con el color del pan horneado.

Había personas.

No escondidas. No viviendo en secreto. Simplemente viviendo.

Y mientras Masariego observaba, se dio cuenta de algo que le hizo detenerse.

Estos no eran refugiados recientes. No eran personas que habían sido recientemente capturadas por la levadura.

Estos eran antiguos. Estos eran primitivos.

Masariego reconoció inmediatamente lo que estaba viendo.

Eran los primeros cristianos. No en el sentido histórico. En el sentido de que eran los primeros que habían sentido la Levadura. Los primeros que habían respondido. Los primeros que habían sido tocados por el Grano.

—¿Cuánto tiempo llevan aquí? —preguntó Masariego.

—Algunos llegaron hace cincuenta años —dijo Encarnación—. Otros hace más. Algunos nacieron aquí. Para ellos, los Sótanos son todo lo que han conocido.

Parte III: Los guardianes del Reino

Una mujer se acercó.

Tenía tal vez sesenta años, o tal vez cien. Su edad era difícil de determinar porque su rostro llevaba una ausencia de compactación que los rostros ordinarios no tenían. Era como si los años hubieran pulido sus características en lugar de arrugarlas.

—Soy María —dijo—. He estado aquí desde el comienzo.

—¿Cuándo fue el comienzo? —preguntó Masariego.

—Cuando el Grano fue plantado —respondió María—. Cuando la levadura comenzó a trabajar. Cuando algunas personas dieron sus vidas por el hecho de que la levadura fuera real.

Ella lo llevó más profundamente en los Sótanos.

Y a medida que caminaban, Masariego conoció a otros.

El Soldado

Su nombre era Marcos. Había sido guardia en el Ministerio, hace treinta años.

—Un día —contó—, me dieron la orden de perseguir a un poroso. Un hombre que se suponía que estaba difundiendo «espiritualidad operativa». Seguí la orden. Lo encontré. Y cuando lo encontré, me vio.

—¿Qué vio? —preguntó Masariego.

—Vio que yo también tenía un poro. Que yo también podía ser levadura. Y en ese momento, decidí que no podía volver a compactar a nadie. Que no podía seguir siendo la máquina del Ministerio. Vine aquí. He vivido aquí durante treinta años. Nunca he regresado.

Marcos llevaba cicatrices en su cuerpo. Cicatrices que parecían haber sido cauterizadas hace mucho tiempo. Cicatrices que parecían haber sido la marca de alguien que había sido torturado.

Pero sus ojos eran más vivos que cualquier ojo que Masariego hubiera visto.

La Enfermera

Su nombre era Elena. Había sido enfermera en los hospitales de la ciudad.

—Mi trabajo era mantener a las personas vivas lo suficiente para que pudieran ser compactadas nuevamente —dijo—. Curaba sus heridas, pero no su libertad. Curaba sus cuerpos, pero no sus almas.

—Un día, una mujer llegó al hospital con heridas de ejecución. Debería haber muerto. Pero algo en mí no podía permitir que muriera. Algo en mí quería que viviera. Así que la salvé. Y cuando se recuperó, ella me enseñó sobre la Levadura. Y en ese momento, comprendí que había estado curando mal todo ese tiempo. Que lo que la gente realmente necesitaba no era que sus cuerpos fueran reparados. Era que sus almas fueran liberadas.

Elena pasó sus manos sobre la cara de Masariego. No de manera íntima. De manera diagnóstica. Examinando.

—Tienes grietas profundas —dijo—. Tu alma está siendo fermentada. Esto es bueno. Significa que eventualmente serás completamente levadura.

La Maestra

Su nombre era Sofía. Había sido maestra en las escuelas de la ciudad.

—Me enseñaban a enseñar mentiras —dijo—. Me enseñaban a transmitir la narrativa del Desfermento. Me enseñaban que la compactación era lo natural. Que la libertad era peligrosa. Que el orden era lo más importante.

—Un día, un estudiante hizo una pregunta. Preguntó: «¿Qué pasaría si el orden fuera el enemigo? ¿Qué pasaría si la libertad fuera lo natural?». Fue una pregunta tan simple. Pero cuando la escuché, supe que no podía continuar enseñando mentiras. Vinieron por mí. Fui acusada de difundir «espiritualidad operativa» entre menores. Fui marcada para ejecución. Pero logré escapar aquí.

Sofía mostró a Masariego libros que había traído consigo. Libros que contenían la verdadera historia. La historia que el Ministerio había intentado reescribir.

—Aquí, enseño verdad —dijo—. Aquí, los niños que nacen aprenden que el orden no es lo natural. Que la libertad es lo natural. Que la levadura es real.

El Poeta




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