Reino de Dios

Capítulo 14

CAPÍTULO 14: LOS GUARDIANES DE LA MEDIDA

Parte I: La manifestación

Fue cuando la resonancia alcanzó su punto más alto cuando aparecieron.

No con dramatismo. Con simplicidad.

Masariego estaba en la Plaza Central, observando cómo la ciudad estaba siendo transformada por la frecuencia del Reino, cuando sintió un cambio en la calidad del aire.

Era como si el espacio mismo se hubiera vuelto más denso. Más consciente. Más presente.

Y entonces los vio.

No fueron apariciones fantásticas. No fueron ángeles alados de himnos antiguos. Fueron presencias de luz.

Pero la luz estaba proporcionada. Estaba equilibrada. Estaba tan perfectamente medida que al mirarla, Masariego comprendió que estaba viendo la definición misma del equilibrio hecho visible.

El primero en dirigirse a él fue Azriel.

—No temas —dijo, aunque su voz no fue sonido ordinario. Fue resonancia que vibraba directamente en el pecho de Masariego.

—¿Qué eres? —preguntó Masariego.

—Soy lo que he sido siempre —respondió Azriel—. Un Guardián de la Medida. Un Metrónomo del Equilibrio. Mi trabajo es asegurar que la proporción correcta sea mantenida. Que ni el Desfermento sea absoluto, ni la Levadura sea descontrolada.

Parte II: La revelación de la batalla celestial

Azriel, con un movimiento que no era movimiento pero que el espacio parecía responder a él, mostró a Masariego algo.

No fue mostrado literalmente. Fue comprensión que fue transmitida directamente.

Masariego vio.

Vio que toda la historia de la ciudad —toda su lucha, toda su compactación, toda su eventual fermentación— había sido expresión de una batalla cósmica mucho más vasta.

Vio a los Metrónomos: guardianes del equilibrio. Seres cuya única preocupación era mantener la tensión creativa entre fuerzas opuestas. No querían que el Reino ganara completamente. Ni que el Desfermento ganara completamente. Querían que ambos existieran en proporción perfecta.

Vio a los Compactadores: potencias que buscaban rigidez total. Orden absoluto. Control completo. Malac era uno de ellos, pero no el único. Eran una clase de inteligencias que existían en los márgenes de la realidad, buscando constantemente solidificar, congelar, detener el cambio.

Vio a los Descontrolados: potencias que buscaban expansión sin límite. Levadura sin medida. Caos puro disfrazado de libertad. Eran tan peligrosos como los Compactadores, solo que de manera opuesta. Donde los Compactadores buscaban muerte por rigidez, los Descontrolados buscaban muerte por disolución total.

Y vio a los Metrónomos, en el medio, trabajando constantemente para mantener el equilibrio.

—Durante todo este tiempo —explicó Azriel—, ha habido esta batalla. No es novedad. Es eterna. Es la estructura misma del cosmos. La tensión entre orden y caos. Entre compactación y disolución. Entre miedo y libertad.

Parte III: La teología del equilibrio necesario

—¿Por qué? —preguntó Masariego—. ¿Por qué permitir que ambos lados existan? ¿Por qué no simplemente eliminar al Desfermento? ¿Por qué permitir que Malac y sus fuerzas continúen?

Azriel se movió más cerca. Su luz se hizo más intensa, pero no de manera que lastimara. De manera que iluminaba.

—Porque si el Desfermento fuera completamente eliminado —explicó—, el libre albedrío sería eliminado también. Si no hubiera opción de compactación, si no hubiera la posibilidad genuina de elegir la rigidez, entonces la libertad que Dios ofrece sería falsedad. Sería obediencia forzada disfrazada de libertad.

—¿Así que necesitamos que Malac exista?

—Necesitamos que la elección exista —corrigió Azriel—. Necesitamos que el camino de la compactación sea una opción verdadera. Necesitamos que sea posible elegir muerte. Solo así, cuando alguien elige vida, esa elección es genuina.

Masariego comprendió algo en ese momento.

—El equilibrio no es stasis —dijo lentamente—. No es parálisis. Es movimiento. Es tensión creativa.

—Exactamente —confirmó Azriel—. El Reino y el Desfermento no están en equilibrio estático. Están en danza. A veces uno avanza. A veces el otro. Pero los Metrónomos aseguran que ninguno sea completamente victorioso. Aseguran que siempre haya libertad genuina. Siempre haya opción real.

Parte IV: Los otros Metrónomos

Fue entonces cuando otros se presentaron.

Raguel —cuya presencia parecía ser la definición de comunión. No era distante ni cercano, sino exactamente en el punto donde la conexión podía ser auténtica.

—Soy guardián de que la levadura sea compartida —dijo—. De que la vida no sea acumulada por unos pocos. De que el pan sea realmente para todos. Mi trabajo es asegurar que la Levadura del Reino no se vuelva propiedad de algunos, sino regalo para todos.

Uriel —cuya presencia era como la definición misma de justicia. No como retribución, sino como rectitud. Como equilibrio correcto siendo mantenido.

—Soy guardián de la proporción equitativa —dijo—. De que el tercio de levadura sea distribuido de manera que no deje a ningún sector completamente sin esperanza. Mi trabajo es asegurar que incluso en el Desfermento, haya suficiente espacio para que la levadura germine. Que la proporción sea siempre justa.

Haniel —cuya presencia era hermosura en su sentido más profundo. No adorno. Sino la resonancia que hace que algo sea deseable, que sea valorado por su verdadera naturaleza.

—Soy guardiana de que la porosidad sea vista como hermosa —dijo—. De que la libertad no sea tolerable sino deseable. De que la levadura no sea tolerable sino hermosa. Mi trabajo es asegurar que cuando las personas vean porosidad, quieran ello. Que cuando sientan libertad, la valoren.

Cassiel —cuya presencia era silencio perfecto. No ausencia de sonido. Sino espacio entre palabras donde la verdad podía ser escuchada.

—Soy guardiana del silencio entre palabras —dijo—. De que hay espacio. De que la Palabra de Dios no necesita llenar todos los espacios. De que a veces lo más poderoso es lo no-dicho. Mi trabajo es asegurar que hay respiración. Que hay pausa. Que hay silencio donde la verdad puede ser escuchada.




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