Reino de Dios

Capítulo 17

CAPÍTULO 17: «La decantación»

Año 17 - La separación natural

El agua era negra. No oscura. Negra en el sentido de que no había luz en ella, o la luz que entraba no volvía a salir. Era como si el propio universo tuviera un océano subterráneo donde todo lo que caía desaparecía sin registro.

Masariego estaba de pie en la orilla. No sabía cómo había llegado allí. Un momento antes estaba en la Plaza de la Consistencia, viendo a Encarnación desaparecer en luz. El siguiente momento, estaba aquí —en este lugar que no era lugar, en esta realidad que parecía más verdadera que la plaza, más verdadera que la ciudad de piedra, más verdadera que cualquier cosa que hubiera experimentado en sus dieciséis años de despertar.

Y en el agua, la Red estaba siendo levantada.

No era red en el sentido ordinario. Era una estructura que trascendía la materialidad física. Era como si todas las relaciones que habían existido alguna vez, todas las elecciones que había hecho alguna vez cada ser humano, toda la fermentación cósmica de dieciséis años, estuviera siendo recopilada, reunida, sacada del agua en una sola acción.

La Red brillaba. Cada hilo era una vida. Cada punto de intersección era un momento de elección. Y cuando la Red emergía del agua negra, los peces comenzaban a ser separados.

No había manos que los tocaran. No había proceso visible de clasificación. Era como si la propia gravedad divina —una gravedad que no atraía hacia abajo sino hacia su verdadera naturaleza— estuviera actuando.

Los peces que habían permitido que la levadura trabajara en ellos, que habían aceptado la porosidad, que habían elegido respirar cuando se les ofreció la alternativa del aire, estos peces eran tan ligeros que simplemente flotaban hacia las cestas que aparecían en la orilla.

Pero no eran arrojados allí violentamente. Era como si se dieran cuenta, por primera vez, de cuál era su verdadera forma. Un pez que ha sido leudado no es denso. Es aire en forma de vida. Es libertad capaz de moverse. Y al reconocer esto, simplemente se movía hacia donde pertenecía.

Las cestas eran doce. Masariego contó. Doce cestas, llenas de peces que brillaban con una luz interna. Y algo le dijo —no una voz, sino una comprensión que era más clara que cualquier voz— que estas eran las cestas de la Última Cena. Que estos peces no eran alimento en el sentido de que serían consumidos. Eran alimento en el sentido de que eran comunión. Eran nutrición eterna. Eran pan vivo.

Pero había otras cestas también.

Doce cestas más. Vacías. O no vacías exactamente, sino llenas de otra cosa. Llenas de lo que quedaba cuando los peces ligeros eran separados.

Los peces densos comenzaban a hundirse. No hacia el fondo del océano. Hacia su propia verdadera naturaleza.

Y esto era lo sorprendente: no sufrían al hundirse. No gritaban. No había dramatismo en su caída. Simplemente, reconociendo lo que siempre habían elegido ser, se hundían hacia la densidad que era su naturaleza.

Masariego vio rostros mientras se hundían. Rostros que reconocía. Malac. Algunos de los guardias que habían mantenido la represión. Pero también otros. Personas ordinarias que habían elegido la compactación. Que cuando se les ofreció el aire, habían preferido la seguridad del peso. Que cuando se les ofreció la levadura, habían elegido la piedra.

Y lo extraño era que no parecían arrepentidos. Simplemente parecían estar yendo a casa.

Como si en toda su vida, hubieran sabido que eran piedra, y finalmente, se les permitía serlo completamente.

No era castigo. Era honestidad.

Porque una piedra no sufre por ser piedra. Una piedra sufre cuando se intenta hacerla aire. Y estas entidades, en el momento de la Decantación, finalmente podían dejar de intentar ser lo que no eran. Podían simplemente hundirse hacia la densidad que era su verdadera naturaleza.

Algunos se hundían lentamente. Algunos rápidamente. Pero todos se hundían.

Y en esa separación —en esa revelación de verdadera naturaleza— no había ira divina. No había castigo. Era simplemente gravedad. Era la misma gravedad que hace que el aceite suba y el agua se hunda. Era la misma proporción que hace que la levadura fermente y la piedra compacte.

No era moral. Era física.

Pero una física que era expresión de una verdad más profunda: que cada entidad, en su esencia, tiene una naturaleza. Y cuando esa naturaleza es finalmente revelada, la justicia divina es simplemente permitir que esa naturaleza sea lo que siempre fue.

Masariego observaba y comprendía.

Había temido este momento. Temía que fuera de sufrimiento. Que fuera venganza. Que fuera la Luz destruyendo a la Oscuridad en un acto de violencia cósmica.

Pero no era nada de eso.

Era simplemente la masa siendo separada según su verdadera composición.

Encarnación estaba de pie junto a él. O tal vez no había estado nunca ausente. Tal vez siempre había estado aquí, en este lugar que existía más allá de la Plaza de la Consistencia, donde toda la historia podía ser vista simultáneamente.

—¿Ves? —preguntó, aunque no con palabras. Masariego comprendía lo que ella comunicaba directamente en su ser—. La decantación no es castigo. Es revelación. Cada uno recibe según lo que eligió ser.

—¿Pero no es cruel? —preguntó Masariego, hablando en voz alta a pesar de saber que estaban en un lugar donde el sonido era diferente—. ¿Permitir que se hundan? ¿Dejarlos solos?

—¿Solos? —Encarnación señaló hacia las profundidades del agua negra—. Mira más profundamente.

Masariego miró. Y vio.

Las entidades que se hundían no estaban solas. En las profundidades, había otras entidades. Piedras antiguas. Compactación primaria. El Desfermento en su forma original. Y estas entidades que descendían eran bienvenidas allí. Eran devueltas al orden que habían elegido. Eran reunidas con lo que siempre habían sido.

No era infierno. Era simplemente el lugar donde las cosas densas naturalmente van. Era hogar para quienes eligieron la densidad.




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