Reino de Dios

Capítulo 18

CAPÍTULO 18: «El banquete del Reino»

Año 18 - La comunión consumada

No había transición. Un momento estaba Masariego en la orilla del agua negra, viendo la Decantación. El siguiente momento, estaba sentado.

Y alrededor de él, la ciudad había desaparecido.

O no desaparecido exactamente. Transformada. Donde había habido edificios de piedra gris, ahora había mesas. No mesas ordinarias. Mesas que parecían estar hechas de luz solidificada. Mesas que emitían su propia frecuencia. Mesas que brillaban con la misma luminiscencia que el pan que sobre ellas reposaba.

Donde había habido ruido de propaganda y sistemas de compactación, ahora había música. No música compuesta. Música que emergía de la propia fermentación. Era como si la levadura, al trabajar, emitiera una armonía. Como si la porosidad del aire, al encontrarse con la densidad de la masa, creara una vibración que era pura belleza.

Donde había habido compactación, ahora había espacio. Espacio infinito. El cielo que antes había sido gris sofocante ahora era transparente. Y a través de esa transparencia, Masariego podía ver capas de realidad —mundos superpuestos, dimensiones de existencia que habían estado siempre allí pero que ahora eran visibles.

Y en el centro de todo esto, en el corazón de la transformación, estaba el Pan.

No era un pan ordinario. Era como si todos los panes que habían sido compartidos durante diecisiete años —cada pan secreto, cada pan que fue roto sin cálculo, cada pan que fue ofrecido como invitación al aire— estuvieran siendo multiplicados ahora exponencialmente.

Cinco panes. Dos peces. Los números de la parábola originaria. Pero cuando Masariego miró, vio que estos cinco panes y dos peces se estaban multiplicando ante sus ojos. Uno se dividía en diez. Diez se dividían en cien. Cien en mil. Mil en millones.

Y aún así, cada pan seguía siendo completo. Cada división no disminuía el todo. Solo lo replicaba. Era matemática celestial. Era economía del Reino. No había escasez. No había competencia. Había solo abundancia multiplicándose infinitamente.

Alrededor de las mesas, la gente estaba sentada.

Primero, Masariego reconoció a los primitivos. Los que habían mantenido la levadura a través de generaciones en los Sótanos. Estaban aquí, sus rostros transformados. Eran jóvenes y viejos simultáneamente. Como si toda su vida de resistencia hubiera sido comprimida en un momento, y ahora en la comunión, era expandida nuevamente en su verdadera forma.

Una mujer que Masariego había conocido en los Sótanos —una que había curado sin pedir nada— estaba riendo. No de manera histérica. De manera profunda. Como si la risa fuera acto de reconocimiento. Como si finalmente, después de una vida de dar sin recibir, pudiera simplemente estar en el banquete sin culpa.

Un soldado que había rechazado compactar a otros, que había arriesgado su vida en cada acto de insubordinación, estaba comiendo. Sus manos temblaban ligeramente, como si incluso ahora, después de todo, le resultara difícil creer que el pan era para él.

Luego estaba Encarnación.

Ella no estaba comiendo. O estaba comiendo de una manera que Masariego no comprendía completamente. Su forma parecía fluctuar entre persona individual y presencia omnipresente. A veces parecía estar sentada en una silla. A veces parecía ser la silla. A veces parecía ser el pan mismo.

Era como si ahora que su trabajo como Encarnación había terminado, hubiera retornado a su verdadera forma. La levadura que siempre fue. La frecuencia del Reino que había tomado forma humana para que Masariego y otros pudieran comprenderla, y que ahora volvía a su estado natural —presente en todas partes, en todas las cosas, manifestando comunión desde adentro de todo lo que existía.

Pero sus ojos —cuando podía verlos— miraban a Masariego con un reconocimiento que atravesaba el tiempo. Y en esa mirada había algo como gratitud. Como si Encarnación estuviera agradecida de haber sido permitida ser completamente ella misma.

Y luego estaban los salvados.

Miles de ellos. Millones. Cada uno que había aceptado la levadura. Cada uno que había permitido que su naturaleza verdadera fuera revelada. Estaban aquí, y cada uno parecía estar experimentando algo diferente.

Algunos estaban simplemente comiendo. Saciados por primera vez en sus vidas. Como si toda su existencia previa hubiera sido hambre, y ahora finalmente, el hambre podía ser saciada.

Otros estaban hablando. Conversaciones que Masariego podía escuchar pero que parecían ocurrir en un nivel más profundo. No eran sobre noticias o chismes. Eran comunicación de ser a ser. Compartición de lo que significa haber sido fermentado en el horno divino y emergir siendo completamente pan.

Otros simplemente estaban presentes. Observando. Absorbiendo. Integrando la realidad de que esto era cierto. Que el banquete era real. Que la salvación no era promesa futura sino presente consumado.

Y entonces Masariego vio algo que lo sorprendió.

Había otros también sentados en las mesas. Entidades que había visto hundirse en la Decantación. No todos. Pero algunos. Algunos de los que habían elegido la piedra estaban aquí también.

Se los veía diferentes. Como si hubieran sido permitidos regresar del hundimiento para experimentar esto. O tal vez nunca habían sido realmente desconectados. Tal vez la Decantación y el Banquete ocurrían simultáneamente en diferentes planos de realidad.

Uno de estos seres —alguien que había sido arquitecto del Desfermento, que había disfrutado de la compactación— estaba comiendo. Con cautela. Como si la levadura en el pan fuera algo que su naturaleza rechazaba, pero su voluntad había elegido probar.

Masariego comprendió entonces algo que no había sido completamente claro antes:

El Banquete no era exclusión. Era invitación.

Incluso aquellos que habían rechazado la levadura eran bienvenidos aquí. Se les ofrecía el pan. Se les permitía comer si así lo deseaban. Se respetaba su libertad incluso en el contexto de la comunión.




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