CAPÍTULO 20: «Los ciclos de renovación»
Año 20 - El patrón revelado
Masariego estaba en la Torre de Observación cuando la visión llegó.
No era torre en el sentido ordinario. Era estructura que había emergido naturalmente después del Banquete. Un lugar donde los Metrónomos podían estar elevados lo suficiente para ver patrones que no eran visibles desde el nivel del suelo.
Azriel estaba con él. El ángel había comenzado a visitarlo menos frecuentemente en los últimos años, permitiendo que Masariego operara de manera más independiente. Pero en momentos críticos, cuando la comprensión necesitaba ser expandida, Azriel aparecía.
—Mira la historia —dijo Azriel, señalando.
Y Masariego vio.
No como vería un historiador, registrando eventos en secuencia. Vio como vería un matemático viendo un patrón. Vio la historia como forma geométrica. Como espiral.
No era línea que progresaba en una dirección. Era movimiento circular que se repetía, pero cada círculo estaba más adelante en el espacio que el círculo anterior. Era como si toda la historia fuera una hélice. Ascendiendo continuamente, pero también volviendo a los mismos puntos una y otra vez.
—¿Ves? —preguntó Azriel.
Y Masariego vio.
La historia no era única. Era cíclica. Y cada ciclo contenía los mismos elementos, pero expresados de manera diferente en cada iteración.
Masariego vio el Primer Ciclo. Comenzaba en lo que podría llamarse el Jardín. Un estado de inconsciencia inocente. Y luego el Poro —la primera separación. La toma de conciencia de que podría haber aire fuera de la piedra.
Luego, la Semilla. El primer contacto con la levadura. Alguien —quizás Abel, quizás alguien anterior a los nombres que había— había sentido la presencia del Reino y había sido transformado por ello.
Luego, la Levadura. Generaciones de personas permitiendo que la fermentación ocurriera en secreto. Pasando de una a otra el conocimiento de que aire era posible. Que libertad era una opción.
Luego, la Guerra. El sistema respondía. Las fuerzas de compactación se levantaban contra la levadura. Caín asesinando a Abel. Pero también Noé y la purificación. Abraham y la promesa. Moisés y la liberación. Cada uno era momento donde el Desfermento intentaba aplastarlo todo.
Luego, la Ruptura. Un momento donde la verdad se volvía tan visible que no podía ser silenciada. Para el Primer Ciclo, fue la encarnación de Jesús. Fue el momento donde la levadura pura fue manifestada en carne. Donde la verdad fue tan clara que incluso el sistema tuvo que reconocerla.
Luego, la Red. La separación de lo que había sido leudado de lo que seguía siendo compactado. La cristiandad primitiva que aceptaba la levadura. El imperio que rechazaba. La decantación ocurriendo en vidas individuales.
Luego, el Banquete. La comunión de los que habían sido transformados. Celebración de lo que había sido ganado.
Pero entonces —y aquí es donde Masariego vio el patrón extraordinario— el Primer Ciclo terminaba, y comenzaba el Segundo Ciclo.
En el Segundo Ciclo, la historia volvía a comenzar. Había nuevamente un Poro. Pero esta vez, era diferente. No era primer descubrimiento de que aire era posible. Era redescubrimiento. Había personas que habían olvidado. Que habían sido recompactadas. Que necesitaban ser despertadas nuevamente.
La Iglesia primitiva se había institucionalizado. Había comenzado a reproducir la lógica del Desfermento. Había poder y jerarquía. Había represión disfrazada de doctrina. Y así, el Poro se abría nuevamente. Las personas sentían el vacío otra vez.
Luego, nuevamente la Semilla. Nuevos profetas emergían. Francisco de Asís. Domingo. Mística del Oriente. Cada uno fue nueva semilla de levadura siendo introducida en la masa recompactada.
Luego, nuevamente la Levadura. Años de fermentación. Años donde la levadura trabajaba bajo tierra. Donde monasterios compartían pan en secreto. Donde misticismo florecía en los márgenes del cristianismo oficial.
Luego, la Guerra nuevamente. La Inquisición. El intento final de compactar completamente. De silenciar completamente.
Luego, la Ruptura. La Reforma protestante. Nuevamente, un momento donde la verdad de que la levadura continuaba trabajando era revelada públicamente.
Luego, la Red. La separación. Las denominaciones emergentes. La decantación de lo que había sido genuinamente leudado de lo que seguía siendo institución compactada.
Luego, el Banquete nuevamente. Cada reforma, cada avivamiento, era su propio pequeño banquete. Su propio momento de comunión entre aquellos que habían sido transformados.
Pero entonces el Segundo Ciclo también terminaba.
Y comenzaba el Tercero. Y el Cuarto. Y Masariego vio que había incontables ciclos. Que la historia no era progresión lineal hacia un final. Era espiral eterna de despertar y recompactación y despertar nuevamente.
—¿Por qué? —preguntó Masariego—. ¿Por qué debe repetirse? ¿Por qué no puede terminar simplemente?
—Porque la libertad no es destino alcanzable —respondió Azriel—. Es práctica continua. Si la historia terminara, si hubiera un «final» perfecto donde todo estuviera completamente leudado y feliz, entonces habría cesado la libertad. Habría solo conformidad eterna.
—Pero cada ciclo es más rápido —observó Masariego—. ¿Ves? El Primer Ciclo toma miles de años. Del Jardín a Jesús. Del Big Bang a la encarnación. Es era completa.
—Sí —confirmó Azriel.
—El Segundo Ciclo toma aproximadamente mil años. Desde la institución del cristianismo primitivo hasta la Reforma. Más rápido.
—Exacto.
—¿Y el Tercero?
—Aproximadamente quinientos años. Del Renacimiento a la Ilustración. Del Iluminismo a las revoluciones modernas.
Masariego continuaba viendo. Y vio que en el Cuarto Ciclo, que estaba ocurriendo ahora, que estaba siendo completado en este mismo momento en el que estaban hablando, el tiempo se había acelerado aún más.
#613 en Thriller
#167 en Paranormal
#70 en Mística
#realismometafísico, #distopíaespiritual, #thrillerteológicoángeles
Editado: 17.02.2026