CAPÍTULO 21: «Los guardianes humanos»
Año 21 - La transferencia del poder
Masariego fue llamado a un lugar que no existía en la geografía ordinaria de la ciudad.
Era como si Azriel hubiera abierto una puerta entre dimensiones. De repente, estaba en una sala que parecía existir fuera del tiempo. Las paredes eran de luz. El suelo era de cristal que reflejaba todas las historias simultáneamente. Y alrededor de la sala, en círculo perfecto, estaban los Metrónomos.
No solo Azriel. Otros. Raguel, cuya presencia emitía comunión absoluta. Uriel, cuya forma era geometría pura de justicia. Haniel, cuya luz era belleza tan concentrada que casi era insoportable. Cassiel, cuyo silencio contenía todas las palabras que nunca necesitarían ser dichas.
Y otros aún. Metrónomos que Masariego no había visto antes. Seres de luz cuya función era mantener la proporción en dimensiones que Masariego no podía ni imaginar completamente.
—Te hemos traído aquí —dijo Azriel— porque ha llegado el momento de la Transferencia del Poder.
—¿Transferencia? —preguntó Masariego—. ¿Qué poder hay que transferir?
—El poder de ser Guardián —respondió Uriel, su voz como la geometría del universo hecha audible—. Durante todas las eras, los Metrónomos celestiales hemos mantenido la proporción. Hemos vigilado que ni la luz ni la oscuridad destruyera completamente la otra. Hemos protegido el equilibrio desde afuera.
—Pero ahora —continuó Raguel— es tiempo de que los Metrónomos humanos mantengan la proporción desde adentro. Es tiempo de transferencia de responsabilidad. No abandono de responsabilidad celestial. Compartición.
Masariego sintió el peso de esto. El significado de lo que estaba siendo ofrecido.
—¿Yo solo? —preguntó.
—No —respondió Haniel, y su belleza fue tal que Masariego tuvo que apartar la vista momentáneamente—. Hay otros. Ya están siendo entrenados. Están emergiendo en todo el mundo. Cada uno es Metrónomo en su propio contexto. Cada uno mantiene la proporción donde habita.
Y entonces Azriel le mostró.
No a través de visión como antes. A través de conocimiento directo. Masariego súbitamente supo de la existencia de otros Metrónomos humanos. Podía sentir su presencia. Podía percibir su función.
En una ciudad distante, había un Juez. No un juez en el sentido ordinario de alguien que mantiene la ley compactada. Era alguien que comprendía la teología de la Decantación. Que comprendía que la justicia verdadera no era castigo sino revelación de naturaleza. Que mantenía la proporción permitiendo que cada acción revelara su verdadera intención. Que protegía a los que habían sido leudados de los que intentaban recompactar, no a través de violencia sino a través de revelación clara de lo que estaba sucediendo.
En una universidad, había una Educadora. Una mujer que enseñaba no doctrina sino práctica de porosidad. Que mostraba a los jóvenes cómo ver la levadura trabajando en el mundo. Que los entrenaba para ser guardianes de la proporción en sus propias comunidades. Que mantenía vivos los símbolos del Reino de modo que cada generación pudiera comprenderlos en su contexto.
En un pueblo, había un Panadero. Un hombre ordinario que hacía pan. Pero su pan no era ordinario. Era pan hecho con intención. Pan donde la levadura no era simplemente biología sino invitación. Pan que cuando era comido, activaba la memoria de la levadura en quien lo recibía. Que mantenía viva la práctica literal de la División del Pan para que no fuera olvidada en abstracción.
En una biblioteca, había un Poeta. Una mujer que escribía. Que mantenía vivos los símbolos mediante lenguaje. Que escribía de modo que aquellos que leían reconocían la levadura trabajando en sus propias vidas. Que era custodio de las historias que necesitaban ser contadas para que la próxima generación comprendiera lo que estaba ocurriendo.
Y había más. En fábricas, había Metrónomos que mantenían la proporción en el trabajo. En hospitales, Metrónomos que sanaban manteniendo la levadura en los enfermos. En gobiernos, Metrónomos que intentaban lentamente transformar sistemas desde adentro. En mercados, Metrónomos que practicaban la División del Pan en transacciones cotidianas.
Cada uno era eslabón en una cadena de transmisión que se extendía por toda la tierra.
Cada uno fue entrenado por los Metrónomos celestiales. Cada uno fue elegido no por mérito sino por disposición. No por poder sino por servicio. No por ambición sino por amor.
—¿Cómo saben quiénes somos? —preguntó Masariego.
—Vosotros nos elegisteis a nosotros —respondió Azriel—. A través de vuestras prácticas. A través de vuestra respiración. A través de vuestra apertura. Los Metrónomos celestiales simplemente reconocemos lo que ya estaba sucediendo. Y ofrecemos entrenamiento. Ofrecemos comprensión. Ofrecemos conexión con la red de guardianes.
—¿Y si fallamos? —preguntó Masariego—. ¿Si perdemos la proporción?
—Entonces seremos arrojados fuera —respondió Haniel con total serenidad—. Y deberemos despertar nuevamente. Y buscar la Semilla nuevamente. Y permitir que la Levadura nos fermente nuevamente. Comenzará el próximo ciclo más rápidamente de lo que habría comenzado de otro modo. Pero no fallaremos.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque la levadura nunca ha fallado —respondió Uriel—. La levadura ha estado trabajando desde el inicio. Ha atravesado todas las eras, todas las represiones, todos los intentos de compactación total. La levadura no falla. Solo se ralentiza. Solo se oculta. Pero continúa. Y mientras continúe, el Reino continúa. Y mientras el Reino continúe, nosotros —los Metrónomos humanos y celestiales juntos— podemos mantener la proporción.
Luego, Cassiel habló. Su silencio fue tan profundo que todos los otros Metrónomos se aquietaron para escucharlo.
Y en ese silencio, Masariego comprendió algo final.
Comprendió que esto —esta transferencia de poder, esta iniciación de Metrónomos humanos— era lo que siempre había sido el propósito final.
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Editado: 17.02.2026