Reino de Dios

Capítulo 22

CAPÍTULO 22: «Las tentaciones del éxito»

Año 22 - La nueva compactación

Masariego fue a la Catedral del Reino en el corazón de la ciudad transformada.

No debería haber una catedral. Eso era lo primero que lo golpeó. En sus enseñanzas, había sido claro: el Reino no necesitaba templos. Necesitaba pan compartido. Necesitaba respiración común. Necesitaba la presencia de la levadura en la cotidianidad, no en edificios especiales.

Pero alguien —varios alguienes— habían decidido que el Reino merecía un edificio. Un lugar sagrado. Un lugar donde lo divino estuviera concentrado.

Y así, una estructura había sido construida.

Era hermosa, debía admitirse. Hermosa en la manera en que algo bien hecho siempre es hermoso. Las piedras que una vez formaban los muros de compactación del Desfermento habían sido reutilizadas. Reutilizadas, no destruidas. Transformadas, parecía, en material de gracia.

Pero cuando Masariego entró, algo le golpeó con fuerza.

El aire había sido capturado.

No literalmente. Pero había algo en la atmósfera del lugar que decía: «La levadura está aquí. Es especial. Es diferente a la levadura que trabajaba en las casas ordinarias».

Había un sacerdote. Un hombre que cinco años atrás había sido estudiante de Masariego. Que había practicado la División del Pan con genuina devoción. Que había entendido —o parecía haber entendido— que la levadura no podía ser institucionalizada.

Ahora llevaba vestiduras. Vestiduras que no eran símbolos de la levadura sino símbolos de separación. De que él, como intermediario, era diferente de aquellos a quienes servía.

—Masariego —dijo el sacerdote, y su voz tenía un tono que Masariego no había escuchado antes. Un tono de autoridad no ganada sino arrogada—. Hemos estado esperando tu visita a la Catedral. Para que bendigas el nuevo altar.

Masariego no respondió inmediatamente.

Miró alrededor. Vio que la congregación estaba separada en secciones. Los más devotos cerca del altar. Los mediocres en el medio. Los nuevos conversos en la parte trasera. Era exactamente la estructura del Desfermento que había sido destruida años atrás.

—¿Quién decidió construir esto? —preguntó Masariego.

—La comunidad —respondió el sacerdote—. Todos creímos que el Reino merecía un lugar sagrado. Un lugar donde la levadura pudiera ser preservada, concentrada, protegida.

—¿Protegida? —preguntó Masariego—. ¿De qué necesita ser protegida la levadura de ser dispersada? ¿De transformar todas las cosas?

—De ser profanada —respondió el sacerdote rápidamente—. De ser usada incorrectamente. De ser introducida en lugares donde no es bienvenida.

Y en esas palabras, Masariego vio la corrupción completa.

El sacerdote no mentía conscientemente. Creía lo que decía. Pero había caído en la tentación más sutil de todas: la tentación de proteger mediante control. La tentación de que si la levadura era mantenida en lugares sagrados, mantenida bajo supervisión de autoridades sagradas, entonces podría ser controlada. Entonces podría ser preservada. Entonces no se perdería.

Pero eso era exactamente lo opuesto a la naturaleza de la levadura.

La levadura que no está siendo utilizada muere. La levadura que no está fermentando se vuelve inerte. La levadura que es protegida mediante confinamiento es levadura que ha dejado de ser levadura.

—¿Cuántas personas han dejado de hacer su propio pan? —preguntó Masariego.

El sacerdote vaciló.

—Muchas —admitió—. Dicen que el pan de la Catedral es más puro. Que si lo hacen ellos mismos, pueden contaminar la levadura con sus propias impurezas.

Masariego sintió algo romperse en su pecho.

Esto era lo que había temido. Pero temía no lo suficiente como para haber vigilado lo suficientemente cerca.

En el año dieciséis, cuando Encarnación había abierto sus brazos, cuando todo se había quebrantado, Masariego había asumido que el cambio era permanente. Que la compactación no podría volver a ocurrir.

Pero había olvidado una verdad fundamental: la entropía es natural. La compactación es entropía. Y la entropía siempre regresa a menos que haya vigilancia continua.

Masariego salió de la Catedral.

En las calles de la ciudad, vio más signos de recompactación.

Las Escuelas de la Proporción estaban siendo centralizadas. Lo que una vez eran espacios abiertos donde cualquiera podía enseñar ahora estaban siendo formalizados en un sistema único de enseñanza. Con plan de estudios. Con autoridades que decidían qué era enseñado y qué no.

Los Metrónomos humanos que habían emergido durante los años anteriores estaban siendo organizados en una jerarquía. Los más «avanzados» en posiciones de liderazgo. Los nuevos en posiciones subordinadas. Exactamente la estructura de poder que el Reino había prometido transformar.

El pan que una vez era compartido en casas y en plazas ahora era considerado menos «puro» que el pan que era hecho en la Catedral Central y distribuido según autoridades.

Y lo más insidioso: la Iglesia del Reino estaba comenzando a perseguir a aquellos que practicaban la levadura fuera de su control.

No violentamente. Pero de manera sofisticada. A través de acusaciones de «heterodoxia». A través de exclusión social. A través de susurros de que aquellos que no participaban en la Catedral no podían estar verdaderamente leudados.

Era Malac nuevamente. Pero Malac en forma nueva.

Porque Malac nunca había sido completamente eliminado. Masariego lo comprendía ahora. Malac era una potencia. Era resistencia. Era la tendencia fundamental hacia la compactación que existía en toda materia.

Y cuando el Desfermento había sido destruido —cuando el sistema ordinario de compactación había sido revelado como lo que era—, Malac simplemente había mutado.

Se había infiltrado en el Reino mismo.

Porque el Reino, una vez instituido, era vulnerable a Malac de manera nueva. La libertad ofrecida podía ser transformada en nueva forma de esclavitud. La comunión ofrecida podía ser transformada en exclusión. La levadura que liberaba podía ser transformada en herramienta de control.




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