Reino De Monstruos(libro Primero, Trilogía Reino de Muertos)

CAPÍTULO 1

El aire se sentía distinto en esa zona, cerca del borde de nuestro reino, de los confines de nuestra magia. De algún modo, la vibración incesante en mis huesos me advertía de la línea invisible que nos dividía con ellos, con los perecederos, aquellos que vivían más allá de la cordillera, más allá de los pasos, de la tierra de La Madre, desprotegidos de su presencia.

Hacía frío, el invierno golpeaba con fuerza en el norte, y los vientos agresivos eran el pan de cada día.

Me ajusté la hombrera de hierro fino recubierto en cuero para no sentir tanto su peso y le di un suave tirón al pelaje de lobo que llevaba en la nuca de las ropas de guerrera para protegerme de las temperaturas, aunque en mi caso era un gesto más simbólico que real.

Mis guerreros estaban abajo, en la placeta central del puesto fronterizo, junto a una hoguera pequeña para calentarse y relajarse un rato mientras afilaban sus armas y se contaban historias antiguas, muy antiguas; historias que seguramente habían compartido entre ellos décadas atrás, igual de jóvenes que ahora. Me asomé al borde de la muralla pequeña que rodeaba el puesto, apoyándome con los codos para observarlos bien, como si pudiera estar ahora entre ellos.

Llevaban todos el pelo trenzado, atado, enrollado o peinado de alguna forma cómoda, práctica. Luchar con el pelo largo y suelto es casi una sentencia de muerte; y yo disfrutaba de andar sobre la cuerda floja de esa sentencia, llevando mi cabellera negra ondulada completamente suelta, larga hasta por debajo de mis nalgas, con algunas trenzas finas repartidas, adornadas con abalorios de plata fina.

Me habría gustado estar ahí, compartir mis vivencias, mis anécdotas de guerra, oír las suyas… Pese a eso, permanecí ahí, arriba, moviéndome de vez en cuando de una punta a otra para comprobar el orden de los alrededores: la noche estaba tranquila. Llevaban dos semanas sin mostrarse, sin adentrarse en territorio unkariano, pero de todos modos no podíamos confiar en la calma que había vuelto a instalarse en el Paso Norte de la Gran Cordillera. Los humanos eran expertos en jugar sucio.

Una voz grave, cansada, me llamó desde una de las puertas de las escaleras de acceso una hora después, informándome del cambio de guardia justo cuando yo más lo necesitaba. Llevaba horas allí vigilando. Me crují la espalda y descendí por los escalones de piedra, sin pulir para ayudar a no resbalar.

Me gustaba hacer lo que hacía, era lo único que me llenaba realmente, lo único que me hacía sentir firmemente atada a mis orígenes. La Madre no otorga un poder tan grande si no es para proteger a sus hijos, a todos.

Anduve por los pasillos fríos, solitarios y estrechos de la zona de los dormitorios de los altos cargos como yo, me detuve frente a la puerta de madera austera y oscura de mi cuarto y toqué el picaporte de hierro, que me mordió la piel, helado, antes de ceder al movimiento. La habitación estaba oscura, solo con la débil luz plateada de la luna colándose entre las cortinas a medio correr. Moví a desgana la mano a mi costado y toda la sala se calentó a mi gusto mientras yo me desabrochaba las interminables correas y hebillas de mi traje hasta quedarme con la piel desnuda y templada y nada más.

Arrastré mis pies descalzos por el suelo de piedra hasta el tocador, que hacía a su vez de escritorio. Me senté delante del pequeño espejo de pata que había encima de la mesa y me asomé para sacarme las cadenas de plata finas, delicadas, que atravesaban mis orejas como un basilisco que se desliza entre piel, cartílago y carne. No soportaba dormir con ellas, pero tampoco salir sin ellas, así que cada noche seguía este pequeño ritual cotidiano.

Mis dedos largos, finos, pero besados por el arte de la guerra y sus marcas, sacaron una de las cadenitas del arco afilado de mis orejas y la dejaron sobre la mesa. Las orejas de los unkarianos, los feéricos, son tan bellas… a diferencia de la aberración de las humanas; los nayolenses odian ver como nosotros somos más perfectos, más bellos, y ellos son tan comunes, monótonos, simples… mortales, al fin. Todos iguales: sucios, crueles, fríos; seres que destruyen todo lo que tocan. Seres que yerguen ciudades y a su civilización sobre la naturaleza que ellos mismos han eliminado, asesinado. Y no teniendo suficiente con ello, buscan desesperadamente erradicar a nuestra raza y devastar nuestra tierra para ampliarse y extender su muerte y su podredumbre hasta zona sagrada. Con el fin de corromper el mundo entero, hasta que la extensión de todas las tierras, todo Varlhar, se hunda bajo sus pies.

Yo no iba a permitir que eso sucediera, y esa misma era la razón por la que estaba allí, en una zona tan alejada. Mi misión, mi objetivo, era mantener a raya a esos monstruos.

. . .

Los días pasaban lentos, todos una copia del anterior. Mismos horarios, mismas guardias, mismas caras… Pero yo no me quejaba, me sentía en paz en aquel ambiente. Era reconfortante.

Estaba pasando justo por la placeta central cuando se me acercó un chico bajito, no demasiado fuerte, pero con esa perfección innegable en todo su ser.

–Teniente Galeyra, el Capitán Mandras la espera en su despacho en diez minutos, señora.

–Gracias. Puedes retirarte.

–Sí, señora.

El chico hizo una reverencia unkariana, más compleja, y se fue a seguir con sus tareas. Yo cambié mi rumbo para dirigirme hacia los pasillos y escaleras que llevaban al despacho del líder de la base fronteriza: Rhen Mandras. Lo podía considerar mi amigo, en cierto modo.




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