Las ráfagas de viento resonaban entre las piedras, silbando. Yo había envuelto el cuerpo de Arkan en un aura de calor leve, para que no sintiera tan claramente las señales del invierno en aquellos caminos. Oía como sus pezuñas rasguñaban la piedra caliza, cubierta por un manto de derrubios. De vez en cuando, pasábamos por un trozo del camino improvisado donde el suelo pasaba a ser de pizarra, de piedra quebradiza. En esos momentos, yo bajaba del lomo de Arkan, sujetaba con fuerza las riendas y andaba delante de él, con mucho cuidado, guiándolo por zona segura.
Yo no tenía el valor de hacer un solo ruido, y Arkan parecía tener las mismas intenciones que yo. La oscuridad del bosque se encontraba a nuestra derecha, demasiado grande, demasiado quieta. No se oían ningún tipo de pájaros, ni de animales. Era un bosque muerto a los ojos de quien no supiera qué se escondía dentro.
En cuanto sentí que la pesadez del bosque augmentaba y las copas de los árboles parecían cerrarse, como una cárcel, dejé de respirar y miré al frente, lejos de la imagen de Drahen. Seguí tirando de Arkan sin volver la cabeza hacia la derecha ni una sola vez más.
Dos horas después de haber empezado la travesía por la Cordillera, la piedra se fundió con la comodidad de los montes poblados de hierba y flores, contrastando fuertemente con la oscuridad a su lado. Monté sobre el corcel y lo espoleé con prisa, viendo ya en la distancia la silueta de Cyavin. El sol estaba a punto de ponerse, ya muy bajo, y yo no podía permitirme estar fuera del puesto avanzado cuando la noche fuera la que dominaba el mundo. El invierno acortando los días era un peso sobre mi pecho, latiendo con fuerza desbocada.
Le grité a Arkan que fuera más rápido, galopando entre los campos todo lo rápido que podía contando el cansancio. La base estaba lejos, yo solo vislumbraba su diminuta forma.
La oscuridad del bosque parecía hacerse más densa conforme el sol se escondía por el oeste, por detrás de Drahen. Cyavin se veía cada vez más y más cerca, su imponente forma fría, ruda, práctica. Una jaula.
Justo cuando el sol se escondía completamente por detrás del Bosque de Drahen, llegué al gran portón. Uno de los centinelas de la puerta, en lo alto de las murallas, abrió rápidamente la puerta de hierro forjado, mucho más cerrada, fuerte y grande que las de otras bases unkarianas. Cyavin era la más fortificada, para protegernos de ellos, de los Habitantes, no de los nayolenses.
En cuanto el portón se abrió lo suficiente para poder pasar yo y el semental, nos deslizamos dentro. Este se cerró con fuerza a nuestras espaldas, mientras dos guardias más, estos centinelas terrestres, trababan la puerta con los grandes tablones de hierro que ponían cada noche. Ese era nuestro día a día allí. Si mirabas arriba, las murallas no estaban al aire libre, estaban hechas como unos pasadizos recubiertos por pared y techo de una red de hierro forjado, para evitar poner en peligro más de lo necesario a los centinelas, igual que la gran red plana que había forjada sobre la gran placeta central. No había una sola zona sin cubrir.
Solté el aire que había estado conteniendo y llevé a Arkan hasta las cuadras sencillas que había en uno de los lados de la placeta. Desaté las alforjas, pesadas, y ligué los estribos a los tablones circulares. Me cargué mi equipaje al hombro y, antes incluso de ir a mi dormitorio a descargar, fui al despacho del Capitán Adhalo, que siempre se quedaba allí hasta tarde.
Llamé con los nudillos a la puerta de madera oscura, idéntica a la del despacho de Rhen; todas las bases eran iguales en cierto modo. Adhalo aceptó la visita con la voz grave, curtida, desde el otro lado de la puerta.
Yo la abrí y entré, recta y con la expresión seria, aún con las alforjas, pesadas como plomo, al hombro. Adhalo, un hombre al que ya se le notaban los siglos, con el pelo largo hasta las rodillas de color fuego, peinado en una trenza sobre el hombro y ojos tan verdes como los míos, de un color selva, esmeralda, estaba sentado en su silla tras su escritorio, más encorvado que de costumbre. Alzó las cejas apenas un poco al verme.
–Teniente Galeyra… No pensaba verla tan pronto. ¿Los humanos han relajado humos en el Paso Norte?
–Sí, señor. El Capitán Mandras me ha relegado de mi tarea de refuerzo en su base y me ha devuelto a aquí. Me ha encargado entregarle este comunicado –dije, rebuscando en una de las alforjas hasta sacar el pergamino pequeño, enrollado y atado con el cordel. Se lo entregué y él no se molestó en leerlo aún.
–Gracias, Teniente. Vaya a instalarse, la necesitamos aquí, las tensiones con los humanos han… empeorado. Mañana tenemos una reunión con algunos cargos. Su tío, Driälkaleth, informó de que, si usted se encontraba en Cyavin, consideraba su presencia; así que, a las nueve, cuando el sol ya esté alto y vengan todos, usted también estará. Baje a la placeta para recibirlos a las ocho menos cuarto.
–Entendido, Capitán.
–Puede retirarse, Galeyra.
Hice una reverencia y, colocándome bien el equipaje sobre la hombrera de armadura, salí de la sala camino al ala de dormitorios.
. . .
Me desperté pronto, como siempre: dos horas antes de que el sol saliera. Moví apenas un dedo para calentar la habitación y salí de las sábanas pesadas, duras, que se deslizaron por mi piel desnuda. Me vestí con la ropa de guerrera, el traje de cuero oscuro, con todas las hebillas y correas, las hombreras y la espaldera de pelaje de lobo. Me coloqué las cadenitas en las orejas y, solo para esta vez, me peiné el pelo en una corona trenzada, muy larga. No estaba bien visto llevar el cabello suelto en eventos militares oficiales.