Relato anónimo

Capítulo único

 

 

   Este ha sido un buen día para mí, aunque mi estado de ánimo ha estado por el suelo.

El día de hoy, he decidido contar a desconocidos una parte de mi vida resumida, sin respetar líneas de tiempo, solo plasmando en párrafos lo que dicta mi corazón y memoria.

Manteniendo mi identidad en el anonimato, aquí les va mi relato.

He sufrido de depresión por mucho tiempo y como pasa en muchos casos, desconocía el porqué, solo sé que, sin explicación alguna, mis emociones se volvían un asco de la noche a la mañana. Por muchos años le he estado dado vueltas y vueltas al asunto sin comprender exactamente por qué me sucedía todo esto; he buscado explicaciones en Internet de manera anónima una y otra vez y, aunque las palabras que leo me ayudan un poco, nunca es permanente la mejora y vuelvo a caer al abismo. Y duele, duele sentirse una basura sin saber porque, sin saber controlarlo; duele ver como cada persona que te importa y hace tu triste vida feliz, se aleja de tu lado porque no es capaz de soportar tu actitud, y no puedes hacer nada para cambiarlo.

   Recuerdo que, a causa de la depresión, perdí a mis amigos, poco a poco perdí a cada uno de ellos hasta quedar tan sola como estoy ahora, sin amigos. Todos se alejaron de mí, o mejor dicho, yo los alejé; y no puedo decir que sean malos, no, sino todo lo contrario, fueron magníficos amigos que en su momento alegraron muchísimo mi vida, me hicieron feliz.
Dejé que cada uno de ellos se alejara y pude hacer nada para evitarlo. Hoy en día los recuerdo y el remordimiento llena mi ser; debí haberles contado todo cuando tuve la oportunidad.
   Yo sabía que necesitaba hablar de mis sentimientos, pero el espíritu de confianza no se manifestaba por ningún lado. Me sentía tan mal, sentía que no podía confiar en nadie, que nadie me comprendería, que buscar ayuda estaba perdido porque no había quien pudiera comprender mi situación. Me sentía muy sola aun cuando estaba rodeada de personas.

Muchas cosas fueron las que me llevaron a esa etapa de desconfianza, y los principales en el proceso fueron mis familiares; en verdad me costó mucho llegar a esta conclusión y de una vez por todas aceptar que así fueron las cosas en realidad.

   Recuerdo bien cuando era niña.
En su momento recibía amor, sí, mucho amor y eso no lo puedo negar. Pero a pesar de esas cosas buenas, había otras que me traumaron la vida de una manera que tal vez otros consideren estúpida y hasta se rían en mi cara a causa de ello, pero para mí fueron terribles situaciones. Al hacer memoria, llega a mi mente el recuerdo que en casa habían constantes peleas y discusiones, no conmigo, pero sí con mis hermanos mayores que eran tres; yo podía ser considerada muy pequeña para entender lo que pasaba, pero no era así, yo lo entendía todo y como no quería ese tipo de cosas en mí vida ni que me pelearon a esa magnitud. Trataba a diario de no hacer las mismas cosas que ellos y no involucrarme, hasta llegar al extremo de dejar de hacer y decir muchas cosas que quería solo para que no me regañaran y no tener que vivir lo mismo que ellos o convertirme en personas con su semejanza. Prácticamente me volví muda con actitud robótica. De un momento a otro deje de ser niña parcialmente, y a los adultos parecía que les gustaba porque siempre decían que tenía una buena conducta; buena conducta porque: no me movía sin permiso, no hablaba con casi nadie y mucho menos con las personas de la casa, era extremadamente obediente con todo lo que me decían (solo tenían que pedirlo una vez y ya estaba hecho) no expresaba mi opinión nunca o siempre y cuando contradijera el pensar de alguien, ya que si lo hacía era considerada una entrometida maleducada. 
Aprendí a fingir y a actuar de acuerdo a como cada uno de ellos querían que me comportara y crecí dejando de ser yo misma solo para no verme envuelta en los conflictos de mi hogar.

Cada miembro de mi familia pensaba que yo era la mejor niña, la mejor persona; la hija, la hermana perfecta. Ellos creían que mi personalidad era como me mostraba ante ellos, pero en realidad ninguno en casa me conocía y, poco a poco me fui perdiendo yo misma hasta llegar al punto de que yo tampoco me reconocía, creí que yo era realmente esa persona. Perdí mi identidad. Me convertí en hipócrita sin conocer el significado de la palabra.

Una muchacha perfecta que siempre hacía lo correcto y su voluntad era la voluntad de su madre, su deseo el de sus hermanos y que poseía la imagen perfecta que todo el mundo admiraba y que hacía lucir bien a una familia que se estaba desintegrando.
La gente cuando me veía ser, me admiraba y me tomaba de ejemplo para todo, pues era obediente en exceso, con excelentes calificaciones, una chica bien portaba, respetuosa con todos y que nunca llevaba la contraria; no decía groserías, tenía excelentes amigos y todos estudiantes con buenas notas. Era yo la chica nunca le había alzado la voz a nadie aun cuando esas personas me insultaban y trataban como nadie, que no salía de casa ni la habitación a menos que lo exigieran y sobre todo, la que nunca dejaba salir sus verdaderas emociones.

Nunca le había sido molestia a nadie y a pesar de todo yo era una inútil. Inútil porque no encontraba gusto en cocinar (ya que no me gustaba) y no tenía ningún deseo por aprender. Sí, por eso era una inútil que se moriría de hambre, que ningún hombre la iba a querer o que terminaría dejándola por alguien mejor que sí supiera hacer las cosas; yo era quien tenía que estudiar para poder contratar a alguien que hiciera esas cosas de la casa por ella porque yo era inútil en todo eso... la inútil con solo 15 años de edad.



Mika León

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En el texto hay: depresion, amor propio, reflexiones

Editado: 15.04.2019

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