Unos brazos agarrándome por debajo de mi cintura y rodillas, seguido de una sensación de estar suspendida en el aire, me desperezaron de mi sueño profundo. En ese momento fui consciente de que me había quedado dormida en el sofá, y de que él me estaba sosteniendo en sus brazos. Sin dejar de agarrarme, elevó su codo derecho lentamente para no despertarme, y mi cabeza quedó descansando sobre su hombro.
Ya prácticamente lúcida, no sé porque decidí seguir con los ojos cerrados. Tal vez porque todavía me dominaba el sueño, o tal vez, porque temía que si él me veía despierta, ese momento tan dulce se acabara.
Mientras se dirigía a la habitación, pude notar como procuraba caminar lo más silencioso posible, a la vez que me sujetaba firme, para que mi cuerpo no tambaleara con cada paso.
Al llegar a la habitación, me bajó de sus brazos poco a poco, me tumbó en la cama con delicadeza, acomodando mi cabeza sobre la almohada, y me tapó con el edredón.
Yo seguía con los ojos cerrados, pero mi mente estaba más despierta y pletórica que nunca. A decir verdad, creo que era la primera vez que un chico tenía un gesto tan dulce y genuino conmigo.
Pero entonces, justo en ese momento, recordé algo que él me dijo justo el día anterior:
—Me encanta estar contigo. Es genial que podamos ser amigos con derecho, sin ataduras. Las relaciones de pareja son complicadas. ¿Piensas igual?
Después de tres meses viéndonos casi a diario, saliendo a cenar, al cine, incluso escapándonos a lugares remotos juntos, me pidió no tener nada serio. Y yo, completamente perpleja, asentí como estúpida. Asentí por miedo a que, fuera lo que fuera lo nuestro, se terminara.
La dulce y eufórica sensación que sentía dentro de mi estómago se disipó por completo al recordar aquella conversación.
Y mientras, yo, simplemente seguí haciéndome la dormida, reprimiendo y ocultando mis emociones. Esforzándome por ocultar en mi rostro una mezcla de confusión y rabia. Intentando comprender por qué sus palabras manifestaban no querer estar conmigo, pero sus actos mostraban lo contrario.
En ese momento, escuché sus pasos bordeando la cama y seguidamente el ligero crugido del somier cuando se acomodó en ella. Sentí la respiración de su pecho en mi espalda y su brazo pasando por encima mío para abrazarme con ternura, dejando su mano relajada bajo mi rostro.
Tan solo deseaba que no notara la lágrima cayendo por mi mejilla.
SILVIA EZQUERRA