Esteban.
Él no es bueno en nada. Pasa horas frente a una computadora buscando qué hacer, pero es malo en todo. Intentó pintar, pero le sale horrible; aunque si practicara más, tal vez sería bueno. Quiso estudiar matemáticas, pero al instante le dolió la cabeza. Intentó leer más, pero recordó que la lectura lo aburre. Buscó destacar en la escuela, pero era demasiado flojo para eso. Incluso pasaba horas en los videojuegos, pero seguía siendo malo en ellos.
Esteban intentó hablar sobre sus gustos con sus padres, pero a ellos poco y nada les importó. Lo intentaba todos los días, pero todo seguía igual. No entiende: ¿acaso no le importa a nadie? Incluso su hermana menor lo ignora. Entonces regresa a los juegos donde, aunque pierda, se siente cómodo. Pero al apagarse la pantalla, vuelve ese vacío inexplicable en el pecho que nada logra llenar. Quiere dejar sus adicciones, pero no puede. Siente que arruina su vida solo, que es un estúpido.
Al borde del puente, recuerda una luz del pasado, una luz tan brillante como hermosa. A esa luz sí le importa Esteban, ella sí se interesa en él y lo ama. Aunque él no puede dejar el mal camino por su cuenta, esa luz no lo abandona; lo ayuda y lo acompaña. Así, Esteban logra salir de la oscuridad. La luz le ofrece la mano, él la agarra y se va junto a ella. Esteban murió, pero esa luz lo acompañó.
A esa luz nunca le importó que él no fuera perfecto. Lo amó igual, más que nadie.