—¿Nunca has querido hacer desaparecer todo a tu alrededor?
Yo ya he hecho esa pregunta a varias personas. Sin embargo, siempre he recibido la misma respuesta. Todos parecen haberlo sentido alguna vez y dicen haberlo superado. Yo, durante todo este tiempo, he creído que también conseguiría dejarlo atrás. Pensaba que todo pasaría si hacía lo que suelo hacer. Y regar las flores es lo que siempre hago para despedirme del día y dar la bienvenida a la noche. Es, precisamente, lo que estoy a punto de hacer ahora que el sol está a punto de irse.
Abro la puerta que da al jardín con la regadera llena de agua, ya preparada, en mi mano derecha. Me encanta este momento. Me encanta ver la mezcla de colores que crean los diferentes pétalos de las flores. Hoy, por alguna razón que desconozco, se dibujan más animadas ante mis ojos.
Primero riego las flores del lado izquierdo. Presto atención a la forma en que resbalan las gotas de agua por las hojas, gotas translúcidas que ahora brillan bajo los últimos rayos del sol. Dejan un rastro en el césped como pequeños círculos luminosos, como el cielo nocturno acompañado de las estrellas. El sonido seco que producen al caer se une al canto de los pájaros, creando una gran melodía cotidiana. No sé muy bien cómo describir todo lo que me transmite. Podría decir que, en conjunto, me calma. Esta imagen, el hecho de cuidar mis flores y notar cómo, a medida que reciben el agua, ganan color, lo es todo para mí.
Y seguramente por eso siento tanta rabia cuando alguien las pisa. No me gusta irme a la cama sabiendo que al día siguiente las encontraré destrozadas, aplastadas o arrancadas. Me agota hacerlas crecer de nuevo cada día, aunque haya decidido seguir haciéndolo hasta que ya no pueda más. Estas flores son parte de mí. Son lo único que tengo. Lo único que queda y no se va.
¿Por qué lo hacen? ¿Por qué pasan por encima de ellas? Yo no lo haría. No dañaría las flores de nadie y soy incapaz de entender por qué lo hacen con las mías. Son flores y las flores no molestan. ¿Es que nadie sabe apreciar la serenidad que despiertan? No me parece tan difícil, solo tienes que pararte unos segundos. Pero ahora ya nadie se para…
Tomo la decisión de concentrarme en terminar de regar. Es justo cuando vuelvo a entrar en casa, porque alguien ha llamado a la puerta, que sé que no podré hacer desaparecer mi alrededor, porque está más vivo de lo que yo puedo controlar. Y me doy cuenta de que quizá, eso no es lo que realmente quiero conseguir. No quiero hacer desaparecer lo que me rodea. Tal vez lo que quiero es encontrar silencio, desaparecer yo y mi mundo del mundo que me rodea, porque no lo entiendo, y parece que él tampoco a mí. Al final, sin embargo, lo único que puedo hacer es irme a la cama para, al día siguiente, continuar con la monotonía mientras ignoro mi deseo de romperla.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué podría cambiar yo? Si todo seguirá igual. Y yo no puedo sencillamente irme.