En un fatídico día —de un día cualquiera—, Oliver botón salía de su casa para ver caer las hojas de otoño de un gran y misterioso árbol que se encontraba en el jardín público detrás de su hogar. Se sentó en una banca vieja y desaliñada, y comenzó a contar las hojas que caían para anotarlas en un cuaderno.
Él pensaba que eran recuerdos que los árboles desechaban y que luego morían. Parecía algo totalmente ilógico pero, ¿cómo algo así podía ser real? ¿Podía ser cierto? Podríamos decir que en esas hojas se encontraban los recuerdos de todas las cosas que los árboles veían a diario, desde que nacían hasta que caían y morían. Eso tenía todo el sentido para él, que era tan solo un niño de diez años.
Justamente ese día, lo distrajo de su rutina habitual una peculiar joven. Venía sonriendo con mucha alegría y su sonrisa llamó de inmediato la atención de Oliver. Al parecer ella estaba paseando y notó cómo la joven observaba el árbol con profunda curiosidad.
«¿Qué se trae esta joven por aquí?», se preguntó con desdén.
Mientras ella se acercaba, Oliver seguía anotando las hojas que caían. No quería que se aproximara, pues ese era su espacio y aquella muchacha no era más que una villana invadiendo su territorio.
De repente, un viento travieso hizo remolinar las hojas amontonadas en el suelo y las esparció en el aire hacia un lugar desconocido para Oliver. Al ver semejante fenómeno, la joven se sorprendió y, con gran audacia, atrapaba al vuelo las hojas que el viento dispersaba. Sonreía y se reía con una gracia muy tierna; era como el rocío del amanecer, como el trino de las aves más coquetas o el aleteo de un colibrí. Oliver se estremeció y se le erizaron los vellos al escucharla.
Sin embargo, para Oliver eso no parecía nada bueno. Poniéndose de pie, exclamó asustado:
—¡No! No detengas a las hojas en su camino. No ves que el viento se las lleva al olvido.
En ese momento la miró a los ojos y descubrió que eran verdes como la esmeralda. «Vaya... ¡qué ojos tan lindos!», pensó para sus adentros. Titubeó y, avergonzado de su propia fantasía, guardó silencio. Sabía que lo que había dicho no era del todo cierto, pero había pasado tanto tiempo allí que, de alguna manera, lo creía verdadero.
Se hizo entre ellos un silencio tan ancho como la distancia que los separaba. El viento melancólico los envolvió a ambos como si una madre abrigara a sus hijos. De pronto, un gallo interrumpió la escena con un cacareo apasionado —pues aún era de mañana— y uno de los vecinos del sector comenzó a gritarle al dueño para que lo callara. A lo lejos se escuchaban claramente los gritos, tanto así que Oliver se tapó los oídos para no oír.
Cuando cesó el griterío, Oliver retrocedió y tomó su cuaderno y sus cosas con la intención de marcharse, avergonzado por lo que había dicho. Al notar que se iba, la joven le preguntó:
—¿De verdad crees eso?
Al escuchar la pregunta, Oliver se detuvo. Su respiración se aceleró y miró lentamente hacia donde ella estaba. Suspiró y se dio la vuelta.
—Sí —le dijo—. Este es un lugar muy antiguo y mi abuelo, que vive conmigo, me cuenta muchas historias sobre los árboles —contestó un poco nervioso, tartamudeando al hablar.
La joven se quitó el gorro y dejó caer su larga cabellera roja. Oliver quedó atónito: jamás en su vida había visto a una muchacha de pelo rojizo. Sus manos comenzaron a tiritar y, por el descuido, dejó caer su lápiz. «Oh no, creo que debo irme», pensó para sí. Pero estaba tan distraído que no se dio cuenta de que la joven se le había aproximado para saludarlo, recoger el lápiz y entregárselo.
—Mi nombre es Nicky. ¿Cuál es tu nombre, joven poeta? En verdad fue muy lindo lo que dijiste.
—Gracias —dijo Oliver, con las piernas tiritando y sintiendo una punzada en el interior—. Mi nombre es Oliver... Botón.
—¿Botón? —dijo ella, sorprendida.
—Sí.
Parecía que ya no estaba tan molesto con la idea de que ella fuera una intrusa. Resultaba bastante simpática... aunque demasiado simpática para sus gustos. Su sonrisa era dulce como caramelo y su expresión natural era tan vivaz que a Oliver le parecía —aunque no quisiera reconocerlo— una ternura.
Curiosamente, Nicky miró su cuaderno y le preguntó:
—¿Qué es lo que anotas? ¿Eres escritor o poeta?
—No... Es un secreto —respondió Oliver, poniéndose nervioso de nuevo.
Nicky tenía toda la intención de jugar con él. Aunque Oliver no lo sabía, las palabras del niño habían cautivado a la joven y ella estaba decidida a hacerlo su amigo. De hecho, como era su primer día en el lugar, le venía muy bien conocer a alguien, aunque Oliver no pensara lo mismo.
—Tengo que irme —dijo Oliver.
—¡Espera! —dijo Nikita—. ¿Llevas mucho tiempo aquí en este lugar?