Empecé a correr con velocidad atravesando todo el campo, para poder llegar allí. Mis pisadas sonaban leves, pero cada vez que avanzaba más se oían fuertes. A pesar de pisar un charco y sentir que se me mojaban los calcetines, no me inmute y seguí hacia mi objetivo. Las gotas heladas que caían por mi rostro, eran frías, pero a la vez las sentía como un cálido abrazo que me recordaban el momento en el que empezó todo. El momento en el que conocí a la persona que en este mismo instante me miraba con unos ojos que decían más que mil palabras.
Cuando recién estaba a menos de dos metros de distancia, reduje la velocidad para no asustarle. Cuando ya estaba en frente suyo, nos miramos con dulzura, y entonces, en su rostro cayó una lagrima. Le agarré de los brazos preocupado, y le pregunté:
— ¿Qué pasó? ¿Te hicieron daño? Dime quién fue, y me encargaré de ello. -Le dije angustiado.
— No.. Es solo que… — comenzó a sollozar y no podía entenderle bien.
Le abracé inmediatamente. Mis brazos la cubrían completamente, como cuando alguien está por perder a su ser más querido. Sentí como sollozaba y ahogaba un grito de dolor en mi pecho.