Caminaba por los pasillos de secundaria merodeando para ver si ocurría aquello que siempre esperaba.
La luz del sol traspasaba por la ventana, indicando el inicio del atardecer.
Mientras avanzaba, el sonido del viento se reconocía por las ramas que chocaban entre si, haciendo eco en el silencio presente.
Miré el cielo, que destacaba por sus colores vivos —amarillo, rojo, naranja y rosa—; y, sin darme cuenta, sucedió.
Te vi.
Tu pelo se balanceaba suavemente mientras subías los escalones. Mirabas al suelo, hasta que al llegar al último levantaste la mirada. Mi cuerpo se estremeció, los latidos de mi corazón resonaban en mi cabeza y nuestras miradas se enlazaron por unos segundos. Sentí que el tiempo se detenía, como si nadie más existiera, como si solo estuvieramos los dos solos en el mundo.
Y, entonces, la realidad me golpeó, como siempre.
El mundo volvió a girar, el tiempo continuó y aquellos segundos que me parecieron eternos, se conviertieron en un recuerdo más, que coleccionaba en mi cabeza, y que con seguridad, en el futuro recordarlo me haría sonteir tontamente, con un sabor agrídulce en la boca, por las palabras que nunca fui capaz de decir.
Aquel momento ya era pasado.
Seguías caminando, siguiendo tu camino predestinado, seguramente olvidando aquel instante, que para mí signficaba todo y para ti nada, simplemente nada. Nada.
Tú seguías, y yo te seguía con la mirada.