El tren nocturno de la Línea R siempre pasaba a las 11:40 pm. Era puntual, casi obsesivamente puntual, como si la rutina fuese parte de su naturaleza metálica. Esa noche no había nadie más en la estación, una situación extraña en una ciudad donde la gente parecía no dormir nunca. Pero Andrés estaba acostumbrado a los turnos largos y al regreso tarde. Lo que no estaba acostumbrado era a lo que vio cuando el anuncio automático dijo:
—Próxima llegada: Andén 12.
Alzó la vista hacia el reloj. 11:39 pm. Todo como siempre, lo que no era como siempre era el sonido. No el del tren, sino un murmullo muy bajo, como una conversación detrás de él. Giró rápido, pero la estación estaba completamente vacía. Silencio total.
Se sacudió el abrigo, convencido de que la fatiga estaba jugando de nuevo con él. Caminar doce horas entre salas de servidores, luces parpadeantes y alarmas nunca hacía bien a la cabeza. Aun así, la sensación persistió. Esa noche, algo estaba distinto.
El tren llegó con un chirrido suave y las puertas se abrieron. Andrés vio algo imposible. En el vagón más cercano estaba sentado alguien con su misma chaqueta, su mismo corte de pelo… su misma cara. Él mismo, su reflejo hecho carne, su doble perfecto. La copia levantó la cabeza al mismo tiempo que él. Andrés retrocedió un paso, sintiendo cómo todo su cuerpo se helaba. Su respiración se volvió inestable, como si hubiera corrido una maratón. Su “otro yo” no tenía expresión, solo los ojos muy abiertos, fijos en él, como si llevara esperándolo mucho tiempo.
Las puertas del vagón se mantuvieron abiertas más de lo normal, demasiado tiempo. Aquello no era un error técnico. La copia se levantó lentamente. Cada movimiento era exacto al de Andrés, pero… con un segundo de retraso. La misma sincronicidad desfasada que tienen los videos de mala calidad, un eco humano.
Andrés dio otro paso atrás. El silencio era tan profundo que podía escuchar el tambor de su propio corazón.
—¿Quién eres? —preguntó, apenas un susurro.
La copia inclinó la cabeza, como si estuviera aprendiendo a reaccionar. Luego pronunció algo que no esperó escuchar:
—Tú.
La voz era idéntica, la entonación exacta, era como hablar con un espejo que hubiese aprendido a responder.
Las puertas del tren empezaron a cerrarse. En ese segundo exacto, la copia dio un salto hacia Andrés, pero las puertas se cerraron justo a tiempo. El impacto de la copia golpeó el cristal con un sonido seco. Sus ojos, idénticos, se quedaron fijos en Andrés mientras el tren comenzaba a avanzar y entonces la copia dibujó algo con el dedo en el vidrio empañado.
Un número.
El tren se marchó. Pero la sensación de amenaza se quedó pegada a su piel como si la estación se hubiese vuelto más fría.
(…)
Andrés corrió escaleras arriba hasta salir a la superficie. El aire nocturno lo golpeó, pero no ayudó. Su mente estaba descontrolada ¿había sido una alucinación? ¿Un truco? ¿Un sueño despierto?
Sin embargo, algo lo detuvo en seco antes de tomar el bus de conexión. El teléfono vibró.
Mensaje de un número desconocido.
Sin nombre.
Sin foto.
“LLEGO PRIMERO QUE TÚ.”
El mensaje lo hizo casi soltar el celular. No le respondió, no podía. Sintió que cualquier contacto con ese número sería abrir una puerta.
Cuando llegó a su departamento, revisó las cámaras de seguridad del edificio, tres de ellas mostraban algo que lo hizo retroceder en la silla.
A las 11:20 pm —veinte minutos antes de que él llegara a la estación— un hombre con su mismo aspecto, su misma ropa y su misma forma de caminar entró al edificio.
Andrés sintió que el piso se hundía bajo sus pies. ¿La copia… había salido de la estación? ¿Había salido del tren antes de atacarlo? ¿Podían existir dos a la vez?
Abrió el registro más reciente.
1:18 am. Pasillo del piso 11. Su piso. Zoom.
Allí estaba la copia, parada frente a la puerta de su departamento. No intentaba entrar, solo… miraba. Miraba a la cámara fijamente, como si supiera que Andrés revisaría la grabación y entonces lo vió.
La copia levantó un papel hacia la cámara, un papel blanco escrito con marcador negro.
Un solo número:
12.
(…)
Andrés no durmió, no podía. A las 4:00 am entendió que no podía quedarse encerrado esperando que “algo” tocara su puerta. Si su doble realmente existía, si realmente estaba suelto, debía saber cómo detenerlo. El problema era que no tenía idea de qué estaba enfrentando.
Revisó en internet los casos de doppelgängers, teorías conspirativas, experimentos fallidos de identidad sintética… nada se parecía a lo que vio. Nada coincidía con la precisión con que la copia lo imitaba.
A las 6:30 am sonó la alarma. Tenía que ir al trabajo, o al menos fingir normalidad.
Cuando salió al pasillo, todo estaba en silencio. Revisó la cámara, la copia ya no estaba ahí. En el ascensor, su reflejo en la puerta metálica tembló… un segundo después de que él lo hiciera. El mundo se estaba desfasando. No era solo un doble, había un error en la realidad.
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Editado: 20.01.2026