Nadie sabía por qué la ciudad empezó a soñar.
No era una broma ni una metáfora poética, la ciudad soñaba, y lo hacía a través de sus habitantes. Lo inquietante era que no eran sueños ordinarios; eran sueños que mostraban crímenes antes de que ocurrieran. No simbolismos, no hay visiones confusas, eran escenas precisas, con rostros, lugares, fechas.
Y todos despertaban con la misma pesadilla.
La detective Valeria Ríos llevaba dos semanas sin dormir más de dos horas seguidas. Desde que comenzaron los “sueños colectivos”, la policía había colapsado. Cada noche miles de ciudadanos reportaban el mismo crimen con horas de antelación, detalle por detalle, y lo peor era que todos se cumplían.
La última predicción mostraba algo imposible de ignorar, un atentado en la Estación Central, a las 23:40, hora en la que pasaba el tren de la Línea R por el Andén 12.
Esa coincidencia ya bastaba para ponerle la piel de gallina. Desde hacía días, desaparecían personas con esa cifra escrita en algún objeto personal, 12 en cuadernos, 12 en pantallas, 12 en señales aleatorias, algo no calzaba.
La ciudad estaba inquieta, como si respirara distinto.
(…)
Valeria llegó a la unidad de análisis. Las luces parpadeaban, los equipos estaban saturados. En la sala había un grupo de oficiales revisando reportes de sueños extraídos de declaraciones públicas.
—Tenemos otro —anunció uno de los analistas—. Misma secuencia, misma hora, misma víctima.
Valeria tomó la carpeta. Su estómago se hizo un nudo.
Víctima: Valeria Ríos.
Lugar: Andén 12.
Hora: 23:40.
Ella.
No era la primera vez que veía su nombre en un sueño colectivo, pero esta vez había un matiz inquietante. La escena descrita era demasiado vívida, luces parpadeando, un tren que no se detiene, una figura bajando del primer vagón… una mujer idéntica a ella.
Una doble.
Una copia.
Un eco humano.
Valeria sintió un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado de la sala.
—Esto es una broma pesada —dijo, aunque nadie pidió su opinión.
Juan, su compañero, se le acercó.
—Valeria, esto está ocurriendo. Los sueños se cumplen. No deberían, pero lo hacen. No puedes ir a esa estación hoy.
Ella lo miró con cansancio, o con resignación. No sabía cuál de las dos opciones era peor.
—¿La alternativa es quedarme sentada esperando que pase algo igual? Sabes que si el sueño es real, de alguna forma terminaré ahí. Siempre pasa. Intentar evitar un sueño solo lo cumple de otra manera.
Juan no respondió, porque tenía razón. Los sueños colectivos no mostraban futuros posibles, mostraban destinos inevitables.
(…)
A las 23:10, Valeria se puso la chaqueta, revisó su arma y caminó hacia la salida de la comisaría. Juan la siguió.
—Voy contigo —dijo.
—No. Si todo esto es real, prefiero que haya alguien vivo para contar lo que pase.
Juan quiso protestar, pero algo en la expresión de Valeria lo detuvo. No era valentía, era determinación cansada. Como alguien que sabe que la verdad está cerca y que probablemente no le gustará.
El viaje fue silencioso. La ciudad, aunque llena de luces, parecía estar dormida, o soñando. Tal vez ambas cosas.
Cuando llegaron, la Estación Central estaba cerrada oficialmente por “fallas eléctricas”, pero los accesos secundarios siempre eran un regalo para un detective.
Al bajar las escaleras, Valeria sintió que algo no estaba bien. La iluminación era tenue, demasiado tenue. Las cámaras giraban, pero lo hacían con un segundo de retraso, como si el sistema procesara otra versión de la realidad.
La estación parecía observarla.
Cuando pisó el primer mosaico del Andén 12, la sangre le golpeó los oídos. El sueño colectivo describía ese sonido, un zumbido, como si algo vibrara en el aire.
Y allí estaba. El tren.
Exactamente a las 23:40.
Puntual. Demasiado puntual, pero no venía vacío, o al menos no parecía vacío.
Valeria desenfundó su arma. Las puertas se abrieron con un silbido suave. El primer vagón estaba oscuro. Ni un alma, ni un movimiento, pero una silueta se formaba lentamente en el borde de la luz.
Valeria dio un paso adelante.
La silueta dio otro paso… perfecto, idéntico, exacto.
Era ella.
Su copia.
Un rostro idéntico, un cuerpo idéntico, una mirada vacía, fría, pero extremadamente consciente. Lo suficientemente consciente como para intentar ser humana.
—¿Qué eres? —preguntó Valeria, apenas respirando.
La copia ladeó la cabeza, como si estuviera procesando la pregunta. Y cuando habló, lo hizo con su misma voz.
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Editado: 20.01.2026