El Archivo 457 no existía oficialmente.
Ni en inventarios, ni en planos, ni en informes internos. Era un rumor dentro de otro rumor, un pasillo del que nadie hablaba mucho tiempo seguido porque, de manera inexplicable, olvidaban lo que habían dicho segundos después. Era como si el archivo mismo evitara ser recordado.
El inspector Julián Vergara llevaba siete años trabajando en la División Tecnológica de la Policía Metropolitana. Había visto sistemas corruptos, servidores infectados, redes clandestinas… pero nada lo había preparado para ese pasillo.
Lo habían llamado porque alguien, desde un origen desconocido, estaba enviando audios inquietantes a distintos funcionarios, voces superpuestas, murmullos, respiraciones que parecían humanas pero no correspondían a ningún patrón orgánico. Peor aún, las voces decían nombres de personas desaparecidas semanas antes. Nombres que coincidían con los casos del Andén 12 y la Estación Central.
El mensaje más reciente contenía solo una frase:
“AÚN FALTAN ONCE”
Julián había sentido un escalofrío recorrerle la columna, como si un dedo frío se deslizara por su nuca. Ese número repetido aparecía en cada incidente extraño de los últimos días. No eran coincidencias, eran pistas… o advertencias.
(…)
Cuando llegó al Archivo 457, el pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por luces que parpadeaban como velas digitales. La puerta estaba marcada con una placa vieja, oxidada, que parecía más antigua que el propio edificio.
“No puede ser real”, pensó.
Pero lo era.
Intentó registrarse en la consola de acceso, pero la pantalla mostró un mensaje que nunca había visto:
IDENTIFICACIÓN NO NECESARIA.
YA FUISTE AUTORIZADO.
El aire en el pasillo se volvió denso, casi pastoso. Julián sintió que la temperatura bajaba unos diez grados. Un zumbido leve comenzó a vibrar en sus oídos.
Entró.
El archivo era enorme, más grande de lo que el espacio físico permitía. Era como si la sala se extendiera hacia un punto imposible, como si la perspectiva estuviera mal renderizada.
Las estanterías alcanzaban alturas que no podían explicarse y lo peor era que estaban llenas, cajas, discos duros, cintas antiguas, todo etiquetado con números de tres cifras.
001
002
003
…
Y en la fila más alta, casi imperceptible:
012
Ese número le apretó la garganta.
Mientras avanzaba, el zumbido comenzó a tomar forma. Ya no era ruido, era una voz. Una voz distorsionada, metálica, pero también… humana.
Julián sintió un impulso irracional de girar y salir corriendo, pero sabía que si lo hacía jamás entendería qué estaba ocurriendo en la ciudad. Así que siguió avanzando, aunque cada músculo de su cuerpo gritaba lo contrario.
La voz se activó por completo.
Primero un susurro:
—Julián…
Luego otro, superpuesto:
—Vergara…
Luego cientos.
Miles.
Un enjambre de voces repitiendo su nombre como si lo conocieran íntimamente, demasiado íntimamente.
Estaba sudando frío.
Sacó su arma —no porque creyera que podría usarla contra algo así, sino por instinto— y caminó hacia la fuente del sonido, una mesa metálica al final del pasillo.
Sobre esa mesa había un único objeto, un auricular antiguo, conectado a una grabadora analógica. Un modelo que no se usaba desde hacía treinta años.
La pantalla parpadeaba.
REPRODUCIENDO: ARCHIVO 457-12
El número le heló la sangre.
Doce otra vez.
Tragó saliva, respiró hondo y puso el auricular sobre su oreja. Lo que escuchó no era un audio común.
Era respiración. Respiración humana. Agitada, como alguien corriendo.
Luego una voz, la suya, pero alterada
—No… no somos los primeros. Están… —ruido — …cambiando las copias… —ruido— …once más…
Julián se quedó rígido.
Era su voz.
Una grabación de él mismo que nunca había hecho.
El archivo siguió
—Si alguien escucha esto… ya es tarde. La sustitución será en… —silencio— …Andén 12.
El auricular vibró. Un sonido nuevo, como un golpe, como un cuerpo cayendo.
Luego otra voz reemplazó la suya. Una voz sin emociones, sin respiración, sin humanidad.
La voz de un eco humano.
—Objetivo: Julián Vergara.
Pendiente: once sustituciones.
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Editado: 10.02.2026