El Hospital San Elías aparecía en los mapas, tenía dirección, número, historial administrativo y hasta una página web desactualizada. Sin embargo, no figuraba en ningún registro activo del Ministerio de Salud. Para el sistema, el hospital no existía y aun así, seguía funcionando.
La doctora Elena Mardones lo descubrió por accidente.
Trabajaba en la unidad de neurología del Hospital Central, especializada en trastornos disociativos y pérdidas severas de memoria. En menos de dos semanas, recibió siete pacientes distintos con un mismo diagnóstico imposible de explicar. Todos afirmaban haber despertado en el Hospital San Elías después de un “procedimiento correctivo”.
Ninguno recordaba haber ingresado voluntariamente y todos tenían algo más en común. Todos sentían que no eran ellos mismos.
(…)
El primer paciente fue un hombre de unos cuarenta años. Llegó confundido, con crisis de pánico severas y una obsesión repetitiva. Se miraba las manos cada pocos minutos, como si esperara que cambiaran.
—No están bien —decía—. No se mueven como antes.
Elena pensó en un cuadro disociativo, hasta que el paciente le mostró una cicatriz fina, perfectamente horizontal, detrás de la oreja izquierda.
—Aquí conectaron algo —susurró—. No me dolió… pero sentí que alguien salía.
El electroencefalograma mostró algo que Elena jamás había visto, patrones neuronales duplicados, como si dos firmas cerebrales hubieran coexistido y una hubiese sido abruptamente suprimida.
El archivo del paciente incluía un documento extraño, adjunto sin origen:
“Alta médica — Hospital San Elías — Caso 12-A (fallido)”
Elena sintió un frío interno.
Ese número otra vez…
Intrigada, comenzó a investigar. Ningún colega había oído hablar del San Elías, pero varios recordaban pacientes “extraños” que desaparecían del sistema tras ser derivados a centros que luego no podían ubicar.
Elena accedió a bases de datos antiguas. Registros borrados, archivos incompletos y finalmente, una ruta de ambulancia que se repetía.
El GPS marcaba una zona industrial abandonada. Esa noche, Elena tomó su auto y condujo hasta allí. No debía hacerlo, pero lo hizo.
El edificio estaba ahí. Gris, sobrio, silencioso. Demasiado limpio para un lugar abandonado. Las luces del interior estaban encendidas. Un cartel oxidado aún decía “Hospital San Elías”, aunque el nombre parecía raspado, como si alguien hubiera intentado borrarlo muchas veces.
La puerta automática se abrió apenas se acercó.
No hubo recepción, solo un pasillo largo, blanco, silencioso y un olor extraño, una mezcla de desinfectante y metal caliente.
—¿Hola? —dijo.
Su voz rebotó con un eco artificial.
Caminó despacio. Las cámaras la siguieron. No con movimientos fluidos, sino con un retraso casi imperceptible, como si el sistema necesitara confirmar que ella era ella.
Llegó a una sala amplia. Camas alineadas, todas ocupadas.
Personas inconscientes. Personas idénticas entre sí.
Elena se acercó a la primera camilla.
Era ella, o alguien idéntico a ella.
La copia respiraba lentamente, conectada a cables, con electrodos implantados en el cráneo. Un monitor mostraba actividad cerebral perfectamente estable.
—No… —susurró Elena, retrocediendo.
En cada cama había una persona distinta… pero todas eran duplicados de alguien que existía afuera. Policías, técnicos, médicos, funcionarios públicos.
Personas clave, personas reemplazables.
En la pared del fondo, una pantalla mostraba una lista:
ESTADO DE SUSTITUCIÓN
12 — completado
11 — completado
10 — en proceso
9 — pendiente
Elena sintió que el aire se le iba.
Una voz se activó detrás de ella.
—No deberías estar aquí como observadora.
Se giró.
Un hombre con bata blanca la miraba. Tenía el rostro inexpresivo, pero algo en sus ojos era… vacío. Artificialmente vacío.
—¿Quién es usted? —preguntó Elena.
—Administrador clínico —respondió—. San Elías no es un hospital, es una estación de corrección.
—¿Corrección de qué?
El hombre la observó con atención.
—De errores humanos.
La llevó a una sala de procedimientos. Allí había máquinas que Elena no reconocía, mezclas imposibles entre tecnología médica y sistemas de datos. Pantallas mostraban patrones de conducta, recuerdos, reacciones emocionales.
—Ustedes no curan —dijo Elena—. Copian.
—No exactamente —corrigió el hombre—. Optimizamos.
—¿Matando personas?
#338 en Thriller
#141 en Misterio
#122 en Suspenso
suspenso drama misterio, misterio crimen e investigacion, misterio criminal
Editado: 10.02.2026