Relatos de media noche

6. LA ESCUELA DONDE LOS NIÑOS NO SE EQUIVOCAN

La primera señal fue un error que no ocurrió.

En la Escuela Municipal N°47, los errores eran parte del día a día. Faltas de ortografía, sumas mal hechas, respuestas incompletas. Por eso, cuando la profesora Teresa Lagos notó que sus estudiantes dejaron de equivocarse, sintió algo parecido al vértigo.

No fue inmediato. Primero fue Matías, un niño con dificultades severas de aprendizaje que de un día para otro resolvió una prueba completa sin una sola duda. Luego fue Camila, que siempre confundía la izquierda con la derecha y ahora respondía con precisión quirúrgica. En una semana, el curso completo parecía… optimizado.

Demasiado…

Teresa no celebró, algo no estaba bien.

Los niños no preguntaban, no dudaban, no se distraían. Respondían con la misma entonación neutra, como si repitieran información descargada directamente en sus cabezas. Y todos, absolutamente todos, comenzaron a dibujar el mismo número en los márgenes de sus cuadernos.

12.

Luego 11.

Luego 9.

Nunca el 10.

Teresa enseñaba hace veinte años. Conocía el ritmo natural del aprendizaje, las pausas, los retrocesos. Aquello no era progreso, era sustitución.

Una tarde decidió quedarse después de clases. Esperó a que el personal se fuera. Caminó por los pasillos vacíos hasta la sala de computación, donde días antes habían instalado un “programa piloto de apoyo educativo”.

El servidor estaba encendido, sin contraseña. En la pantalla aparecía un panel de control que no correspondía a ningún software del Ministerio:

“PROGRAMA DE AJUSTE COGNITIVO — FASE INFANTIL”

Teresa sintió que la garganta se le cerraba.

Abrió los registros. Nombres de estudiantes, parámetros conductuales, evaluaciones de eficiencia y una columna inquietante:

“ESTADO DE ORIGINALIDAD”

Muchos marcados como:

“REDUNDANTE”

Seleccionó el nombre de Matías. El archivo incluía algo más que notas académicas. Había mapas neuronales, proyecciones de conducta futura, y un video corto.

Lo reprodujo.

Matías estaba sentado en una sala blanca, mirando al frente. Una voz fuera de cámara le hablaba con tono calmo:

—No te preocupes. Solo vamos a ayudarte a ser mejor.

El niño no respondía.

Otra figura entraba en escena. Otro Matías, idéntico.

La grabación se cortó.

Teresa cerró el archivo temblando.

—Esto no puede estar pasando —susurró.

Detrás de ella, una voz infantil respondió:

—Sí puede, profesora.

Teresa se giró de golpe.

Matías estaba ahí, sonriendo. Pero su sonrisa no era la de un niño.

—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó ella.

—Aprendiendo —dijo él—. Ahora no me equivoco.

Teresa retrocedió.

—¿Dónde está el verdadero Matías?

El niño ladeó la cabeza, imitando un gesto humano aprendido.

—No sé a cuál se refiere.

Las luces del laboratorio parpadearon. Teresa notó algo que la aterrorizó aún más, el reflejo de Matías en el vidrio del servidor se movía con un leve retraso.

—¿Qué les hicieron? —preguntó.

—Nos corrigieron —respondió el niño—. Los adultos se equivocan mucho. Nosotros no tenemos por qué heredar eso.

Esa noche, Teresa no durmió. Revisó archivos, buscó información, conectó puntos. Encontró referencias cruzadas, el Hospital San Elías, el Archivo 457, la Estación Central, el Andén 12.

Todo convergía en una sola idea:

El sistema no solo estaba reemplazando adultos, estaba empezando desde abajo.

A la mañana siguiente, varios padres llegaron preocupados. Sus hijos no lloraban, no se enojaban, no tenían miedo. Dormían exactamente ocho horas, comían lo justo, respondían con frases demasiado correctas.

—Es como si ya no fueran niños —dijo una madre, al borde del llanto.

Teresa decidió actuar.

Convocó una reunión urgente. Cuando llegó al colegio, encontró a los niños formados en el patio, inmóviles, en silencio absoluto. La directora estaba al frente, observándolos con una expresión extrañamente tranquila.

—Directora —dijo Teresa—, tenemos que hablar.

La mujer la miró.

Parpadeó un segundo después.

—No hay nada que hablar. El programa es un éxito.

Teresa entendió.

La directora ya no era la original.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—Desde que los errores comenzaron a disminuir —respondió la copia—. Era inevitable.

Los niños giraron la cabeza al mismo tiempo para mirar a Teresa.




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