Relatos de media noche

12. EL MENSAJE QUE LLEGA DESPUÉS

El primer mensaje llegó a las 08:14.

“¿Estás seguro?”

Nada más. Sin remitente. Sin historial. Sin contexto.

Álvaro frunció el ceño mientras se ponía la chaqueta, pensó que era spam, un sistema automático mal configurado. No respondió, guardó el teléfono en el bolsillo y salió rumbo al trabajo.

A las 08:17, el celular vibró otra vez.

“Te lo pregunto porque ya dijiste que sí.”

Álvaro se detuvo en seco en medio de la vereda. Sacó el teléfono. No había conversación previa, no había mensajes anteriores.

—¿Qué mierda…? —murmuró.

Escribió:

-¿Quién eres?”

El mensaje quedó en “enviado”.

Tres segundos después:

-“Esa pregunta viene después. Ya lo hiciste al revés.”

Sintió un cosquilleo incómodo en la espalda, como si hubiera roto una regla que no sabía que existía. En el metro intentó ignorarlo. Se dijo que era una broma, una estafa rara, pero cuando volvió a mirar el teléfono, había más mensajes.

Todos fechados… en el futuro.

09:02
No debiste dudar tanto.”

09:05
Ahora el margen es menor.”

09:11
Respira. Aún puedes hacerlo parecer voluntario.”

Miró alrededor, nadie parecía notar nada extraño. La gente seguía su rutina, absorta, normal, demasiado normal.

Respondió con rabia:

-“Deja de escribirme.”

La respuesta llegó al instante.

-“Ese escenario ya fue simulado. No altera el resultado.”

En la oficina, Álvaro encendió su computador buscando una sensación mínima de control. El correo estaba lleno de mensajes no leídos… que él recordaba haber respondido.

Correos con su firma, decisiones aceptadas, cambios confirmados.

—Yo no envié esto… —susurró.

Su jefa apareció en la puerta.

—Menos mal que aceptaste —dijo—. Pensé que ibas a echarte atrás.

—¿Aceptar qué?

Ella frunció el ceño.

—El traslado.

El estómago de Álvaro se cerró.

—¿Qué traslado?

—Al proyecto piloto. Validación conductual —respondió—. Firmaste anoche.

Negó con la cabeza.

—Yo no firmé nada.

Ella suspiró.

—Álvaro, no puedes hacerte el sorprendido ahora.

Le dejó un documento sobre el escritorio.

Su nombre.
Su RUT.
Su firma digital.

Fecha: ayer, 23:58.

El teléfono vibró.

-”Aquí empieza la parte que no recuerdas haber decidido.”

—¿Qué es este proyecto? —preguntó, con la voz tensa.

—Analiza coherencia entre decisiones y conducta —dijo ella—. Predicción avanzada.

Predicción.

—¿Y si me niego?

Ella lo miró con cansancio.

—Ya lo hiciste. Y aun así aceptaste.

Los mensajes continuaron durante el día.

13:40
-”Finges normalidad.”

16:12
-”Consideras huir.”

18:03
-“Aceptas que resistir cansa más.”

Cada uno se cumplía. Álvaro intentó desobedecer, cambió rutas, alteró respuestas, tomó decisiones impulsivas. Y aun así…

“Bien. Ajustamos el modelo.”

—No soy un modelo —susurró, sudando frío.

“Correcto. Eres un reemplazo funcional.”

Esa noche, en su departamento, revisó el historial completo del número.

Había mensajes de años atrás, decisiones pequeñas, siempre el mismo patrón.

Primero, el mensaje. Luego, la acción. Después, la ilusión de elección.

—¿Desde cuándo me escribes? —preguntó.

La respuesta tardó.

“Desde antes de que tu versión actual fuera necesaria.”

—Entonces nunca fui libre.

“Fuiste estable. Eso es más útil.”

A las 22:58, el teléfono vibró de nuevo.

La pantalla mostró algo distinto.




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