Relatos de media noche

13. EL HOMBRE QUE DESPIERTA EN VIDAS AJENAS

Gabriel despertó con una certeza incómoda, esa no era su cama.

Las sábanas eran ásperas, demasiado blancas. El techo tenía una grieta en forma de rayo que él no recordaba. Al incorporarse, el cuerpo respondió… pero no con la familiaridad de siempre. Había un leve desfase entre la intención y el movimiento, como si los músculos obedecieran con retraso.

—Tranquilo —se dijo—. Hotel, turno largo, estrés.

Buscó el celular en la mesa de noche pero no lo reconoció.

Pantalla distinta, funda gastada, un fondo de pantalla con la foto de una mujer y una niña sonriendo.

Su corazón se aceleró. Revisó el nombre del propietario.

MARCOS LARRAÍN

—No… —susurró.

La puerta del dormitorio se abrió.

—¿Vas a levantarte o no? —dijo una mujer, cansada—. Llegas tarde otra vez.

Gabriel la miró.

Su cerebro gritaba que no la conocía. Su cuerpo, en cambio, reaccionó con culpa automática.

—Sí… ahora voy —respondió.

La mujer se fue sin mirarlo.

Gabriel se levantó tambaleante y fue al baño. El espejo lo esperaba con una verdad imposible, no era su cara.

El reflejo mostraba a un hombre de unos cuarenta años, ojeroso, con barba mal cuidada. Los ojos, sin embargo, eran los suyos. O al menos, eso sintió. La mirada tenía su miedo exacto.

—Esto es un sueño —dijo en voz alta.

El reflejo negó lentamente con la cabeza.

Durante el desayuno, Gabriel —o Marcos— habló poco. Cada palabra parecía surgir de un guión que alguien más había escrito. Sabía cómo usar la cafetera, sabía dónde estaban los cubiertos, sabía qué decir para evitar una discusión.

No sabía por qué…

La niña lo abrazó antes de irse al colegio.

—Chao, papá.

Ese “papá” le perforó el pecho.

Cuando la puerta se cerró, Gabriel respiró hondo. Se apoyó en la mesa, cerró los ojos y los abrió en otro lugar.

Esta vez despertó en un sillón incómodo, con el sonido constante de televisores encendidos. Un noticiario hablaba de cifras, de eficiencia, de estabilidad social.

Un hombre a su lado roncaba.

Gabriel miró sus manos, eran distintas otra vez, más jóvenes.

Un tatuaje en la muñeca.

El celular vibró. Mensaje nuevo.

“ADAPTACIÓN EXITOSA — PERFIL 3”

—¿Qué…? —susurró.

El nombre del teléfono ahora era otro.

“DIEGO FUENTES”

Una mujer con uniforme de enfermera lo sacudió.

—Oiga, le toca pasar.

—¿Pasar a dónde?

Ella lo miró raro.

—A la evaluación, no se haga el tonto.

Gabriel se levantó. Sus piernas respondieron con torpeza. Mientras caminaba por el pasillo, recuerdos que no eran suyos intentaban encajar en su cabeza: turnos nocturnos, deudas, un accidente que no quería recordar.

—¿Qué me están haciendo? —preguntó en voz baja.

El televisor respondió por él.

El Programa de Redistribución de Conciencia ha demostrado reducir el índice de insatisfacción existencial en un 78%.”

Gabriel se detuvo en seco.

—Redistribución… —repitió.

(...)

En la sala de evaluación, una mujer detrás de un vidrio lo observaba.

—¿Nombre? —preguntó sin emoción.

Gabriel abrió la boca, no supo qué decir.

—No importa —dijo ella—. Eso ya no es lo relevante.

—Yo no soy esta persona —dijo Gabriel—. Algo está mal.

Ella anotó algo.

—Las primeras veces siempre dicen eso.

—¿Primeras veces de qué?

La mujer levantó la vista.

—De despertar.

(...)

Gabriel despertó otra vez.

Esta vez, en un auto detenido en un semáforo. Lluvia golpeando el parabrisas, una radio hablaba de tránsito.

El cuerpo era femenino ahora.

Sus manos —más pequeñas— apretaban el volante con ansiedad.

Un pensamiento se impuso con fuerza… no llego, no llego, no llego.

El semáforo cambió.

Gabriel sintió el impulso de avanzar… y el terror de no saber manejar.

—¡No! —gritó.

El auto se detuvo de golpe.

Bocinazos.

El celular vibró.

“ERROR DE COORDINACIÓN — AJUSTE EN CURSO”

Gabriel empezó a entender.




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