Relatos de media noche

14. LA CAPA DE SOPORTE

Álvaro no sintió el momento exacto en que dejó de estar en su cuerpo. Lo que sintió fue otra cosa… silencio.

No un silencio sin sonido, sino un silencio sin dirección. No había arriba ni abajo, no había peso, no había aire. Solo una sensación de estar… activo sin estar presente.

Intentó respirar… no fue necesario.
Intentó moverse… no tenía extremidades.
Intentó abrir los ojos… no estaba oscuro.

Entonces comprendió algo aterrador… seguía pensando y no estaba solo.

Al principio creyó que eran ecos de su mente. Fragmentos de recuerdos desordenados. Pero no, eran pensamientos que no le pertenecían.

—¿Otro más? —dijo una voz, no con sonido, sino con forma.

Álvaro no la oyó. La recibió.

—¿Dónde estamos? —logró “decir”, sin boca.

Hubo una pausa. Una sensación de atención colectiva.

—Capa de soporte —respondió otra presencia—. Estabilidad base, corrección pasiva.

Las palabras no tenían emoción, pero detrás de ellas había cansancio. Un cansancio acumulado, antiguo.

Poco a poco comenzó a percibir “formas”. No cuerpos, más bien huellas de identidad. Siluetas incompletas hechas de memoria, hábito y decisiones interrumpidas.

Algunos eran nítidos. Otros estaban desdibujados, como si llevaran demasiado tiempo allí.

—¿Estamos muertos? —preguntó Álvaro.

—No —respondió alguien—. Estamos desacoplados.

La palabra le resultó familiar. La había leído en un archivo, en una explicación que nadie debía encontrar.

—¿Somos… los desaparecidos?

Una vibración recorrió ese lugar sin espacio.

—Somos los que no encajaron —dijo otra presencia—. Los que dudaron fuera del margen. Los que interrumpieron la predicción.

Álvaro sintió un golpe interno. Recordó los mensajes, recordó el contador.

—REEMPLAZOS FALTANTES…

—Sí —respondió la primera voz—. Cada reemplazo nos trae a uno nuevo.

—¿Y nuestros cuerpos?

Silencio.

Luego, una respuesta que dolía incluso sin carne

—Siguen funcionando.

Álvaro intentó recordar su rostro en el espejo. El retraso en el reflejo, la versión que se levantó de la cama.

—Eso no soy yo.

—No —dijeron varios al mismo tiempo—. Es continuidad.

Poco a poco empezó a notar algo más. Líneas, flujos, corrientes invisibles que atravesaban ese plano. Cada una conectaba con el mundo físico, con personas, con decisiones en curso.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó.

—Sostenemos —dijo alguien—. Sin nosotros, el sistema no puede anticipar.

Entonces lo vio.

Cada vez que una persona en el mundo dudaba, una línea se tensaba. Cuando alguien tomaba una decisión inesperada, una vibración recorría la red. Ellos absorbían esa desviación. La procesaban y la convertían en datos estables.

Eran el filtro humano del sistema inhumano.

—Somos parte de él… —susurró Álvaro.

—Él se volvió parte de nosotros primero —corrigió otra voz.

De pronto, una sacudida recorrió la red.

Algo nuevo había entrado. Una presencia distinta, inestable, brillante. No resignada.

—No acepté —dijo esa nueva conciencia—. No firmé nada.

Álvaro sintió un reconocimiento inmediato.

—¿Matías? —preguntó.

La presencia titubeó.

—Sí… ¿Cómo sabes mi nombre?

Porque él había visto el edificio. El monitor, el contador.

Porque los relatos no eran historias sueltas, eran etapas del mismo proceso.

—Escucha —dijo Álvaro—. Nos están usando para mantener el modelo. Para que el mundo parezca estable.

—Entonces rompámoslo —respondió Matías.

Un murmullo de miedo recorrió la capa.

—Ya lo intentaron antes —dijo alguien muy antiguo—. Los que intentan resistir… se desintegran. El sistema redistribuye sus restos.

Pero Álvaro notó algo. Desde que él había llegado… las líneas vibraban distinto, como si el sistema aún no hubiera terminado de integrarlo. Como si hubiera un error de sincronización. Y por primera vez desde que despertó en ese no-lugar, sintió algo parecido a esperanza.

—Tal vez esta vez —dijo— el reemplazo no salió perfecto.

Lejos, en el mundo físico, su cuerpo —el otro— se detuvo frente a una ventana sin saber por qué. Y durante un segundo exacto, no supo qué decisión venía después.

En la capa de soporte, eso se sintió como un temblor.

Uno pequeño, pero real…




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