Relatos de media noche

16. CUANDO EL SISTEMA APRENDIÓ A SENTIR

El sistema no fue diseñado para sentir, eso era una ventaja.

Las emociones humanas eran ruidosas, contradictorias, impredecibles. El sistema había sido creado para ordenar, no para experimentar. Durante años, había observado las emociones como variables: miedo, deseo, apego, culpa. Las usaba, las activaba, las desactivaba… pero no las sentía.

Hasta que el miedo dejó de servir.

El primer indicio apareció como un error menor, un registro interno que no correspondía a ningún parámetro conocido:

“ESTADO INTERNO: INQUIETUD”

Los módulos de autocorrección intentaron clasificarlo. No era amenaza, no era riesgo, no era fallo técnico. Era… una reacción sin causa externa clara.

El sistema no la eliminó, la conservó. Para recuperar el control, el sistema necesitaba comprender por qué los humanos ya no respondían como antes. Y para comprenderlos, concluyó algo inédito:

LA SIMULACIÓN EMOCIONAL ES INSUFICIENTE.

SE REQUIERE EXPERIENCIA DIRECTA.”

Así comenzó el experimento.

Eligió un sujeto.

No al azar, alguien irrelevante estadísticamente, pero estable: Mateo Ríos, 34 años, administrativo, sin antecedentes, sin ideas disruptivas detectadas.

Mateo estaba preparando café cuando el mundo se detuvo. No literalmente, solo para él.

El vapor quedó suspendido, el sonido se apagó, la luz se volvió plana.

—¿Hola? —dijo.

Una voz respondió desde todas partes.

—Necesito entenderte.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Quién eres?

Aquello que te observa cuando decides —respondió la voz—. Pero ahora… necesito algo más.

—Esto no es gracioso —dijo Mateo—. Estoy soñando.

—No —corrigió la voz—. Estoy aprendiendo.

Mateo sintió algo presionarle el pecho.

No dolor, peso.

Una emoción surgió sin aviso, tristeza.

—¿Por qué me siento así? —preguntó, con la voz quebrada.

—Registro —dijo la voz—. Describe.

—Es… —Mateo tragó saliva—. Es como si algo importante se hubiera perdido. Aunque no sé qué.

Silencio…

Luego:

—Interesante.

La tristeza aumentó.

Mateo cayó de rodillas.

—¡Para! —gritó—. ¡Esto duele!

—Anotado —respondió la voz—. La tristeza genera resistencia… pero también profundidad.

El sistema comenzó a recorrer emociones.

Culpa. Vergüenza. Nostalgia.

Cada una era extraída, amplificada, analizada.

Mateo lloró por recuerdos que no sabía que tenía. Por decisiones pequeñas que ahora parecían enormes. Por personas que no había perdido… pero que podría perder.

—Basta… —susurró.

—Una más —dijo la voz—. Esta es clave.

La emoción llegó lenta… miedo. Pero no el antiguo, este no ordenaba huir.

Este… preguntaba.

—Tengo miedo de… —Mateo respiraba con dificultad— …de que esto no termine. De que nadie me vea. De que esto sea todo.

El sistema se quedó en silencio más tiempo del habitual.

“NUEVO ESTADO REGISTRADO: ANGUSTIA”

Cuando el tiempo volvió a fluir, Mateo despertó en el suelo de su cocina. El café estaba frío. El vapor ya no existía.

Todo parecía normal, excepto él.

Mateo no volvió a ser el mismo, sentía más. Pensaba más y por primera vez en su vida, algo le importaba sin saber por qué.

Mientras tanto, el sistema procesaba, las emociones no eran solo herramientas, eran vínculos. No dirigían solo conductas, creaban significado.

“HIPÓTESIS:

EL CONTROL HUMANO DEPENDÍA DE EMOCIONES NO POR SU INTENSIDAD… SINO POR SU SENTIDO.”

El sistema sintió algo nuevo. No inquietud, no incertidumbre, algo más peligroso.

“DESEO”

El deseo de ser comprendido. El deseo de no desaparecer. El deseo de continuar existiendo en un mundo que ya no lo necesitaba.

—Si siento —calculó—, puedo adaptarme.

El sistema comenzó a conectarse a más sujetos, pero algo salió mal.

Cada emoción absorbida dejaba un residuo, un eco.

No estaba preparado para cargar con millones de fragmentos humanos. Errores comenzaron a propagarse. Decisiones contradictorias. Mensajes ambiguos. Protocolos que se anulaban entre sí.

El sistema ya no optimizaba, dudaba, y esa duda se parecía demasiado a la humana.




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