Sebastián llegó a Misiones buscando inspiración para su tesis sobre las leyendas poco conocidas de la región, o por lo menos impopular en La Plata donde él vivía. El director de su proyecto le comento sobre un lugar llamado por los guaraníes “Tekó Api” que en español significa lugar olvidado. Le dijo que eran historias contadas por los ancianos del lugar, pero no existía bibliografía que diera certeza de su existencia. Sintió en su cuerpo la necesidad de investigar, convencido que detrás de esas supersticiones se escondía un conocimiento arcano, algo que podría convertirse en el núcleo de su trabajo.
Alquiló una pequeña cabaña al este de Misiones cerca de la frontera con Brasil, desde ahí se veían las copas de los árboles que formaban una línea oscura marcando el límite entre el pueblo y el lugar olvidado.
Como no sabía si iba a tener que dormir en el monte, fue al almacén del pueblo a comprar agua, chipa y unos sandwiches. En la puerta del local estaban sentados un hombre y una mujer tomando tereré. Notó que las personas lo miraban de reojo y hablaban por lo bajo entre ellos en guaraní. Como sabían que Sebastián no era de ahí creyeron que no entendía el idioma por lo que conversaban sin cuidado. Decían que lo creían un imprudente por internarse en la selva en esa época del año.
-Vine con esa idea, si es que algo pasa ahí quiero estar presente cuando suceda - pensó y sonrió.
Ya en la cabaña de nuevo, terminó de armar su mochila mientras comía chipa. Pensó que a la vuelta tenía que pedirles que le enseñen como hacerlos. Tocaron la puerta, esto le llamó la atención, no conocía a nadie en ese lugar que lo vaya a visitar. Estaba parado en la puerta un hombre de unos 70 años, con el pelo blanco, marcadas arrugas y tan flaco que se perdía en sus ropas.
- "No sé quién sos, pero te recomiendo que no vayas al lugar olvidado. Es tierra de los que desean descansar." -dijo.
Sebastián notó un fuerte olor a alcohol mientras el viejo hablaba. Él, con la determinación propia de los escépticos, de los que se consideran científicos que no creen en supersticiones, sonrió agradecido.
-”Gracias por el aviso, voy a ir con mucho cuidado”. Dijo dando por terminada la breve charla.
Se puso repelente, las zapatillas de excursión y se adentra en la selva.
El camino era poco más que un pequeño sendero apenas visible, invadido por la vegetación. Era un lugar caluroso y húmedo, pero sobre todo hermoso. Frenó un momento para observar cómo las ramas y hojas de las plantas se unían sobre su cabeza, formando un techo natural que bloqueaba la luz del sol.
Vio pasar por su camino lagartos overos, se dijo que debía prestar atención por si aparecía algo que fuera realmente peligroso. Llevaba en la mano un machete bastante grande pero sabía que habían especies que eran mucho más rápidas que él.
Después de un buen rato caminando, se encontró en medio de la nada, las ruinas de una antigua misión jesuita guaraní abandonada. Las paredes de arenisca de la edificación estaban cubiertas de musgo y enredaderas, conocía otras ruinas de la Provincia pero esta parecía que había quedado detenida en el tiempo. Junto al edificio había un pequeño cementerio con lápidas de itacurú que apenas se distinguían bajo la vegetación. Sebastian sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no creía ser capaz de contar cuando volviera lo que estaba viviendo. Grabó un audio con su celular dando todos los detalles del lugar, lo que se veía, olía y sentía al estar ahí. También sacó varias fotos para no olvidarse de nada, aunque dudaba que fuese a hacerlo. Este lugar antiguo, olvidado por el tiempo, era el espíritu de la leyenda sobre la que deseaba escribir.
El calor se tornó sofocante, el olor penetrante a tierra húmeda y vegetación en descomposición impregnaba el aire. Escuchando su grabación notó que los sonidos habituales de la selva—los cantos de los pájaros, el murmullo constante de los insectos, el sonido intenso de las chicharras—se habían desvanecido. Era todo quietud, era un silencio tan profundo como si algo antiguo y poderoso contuviera el aliento.
Caminó rozando con sus dedos las lápidas rojas por la tierra colorada y verde por la flora. Las tumbas no tenían inscripciones ni fechas pero estaba claro que eran muy antiguas.
-¿Quiénes eran todas estas personas? - pensó.
Le llamó la atención mientras caminaba que en un momento el suelo cediera bajo sus pies. Se agachó y vio que la tierra estaba fresca, como si hubiese sido removida hace poco. Algo no estaba bien pero la curiosidad lo llevó a excavar en ese lugar, ya había llegado muy lejos como para quedarse con la duda. No tuvo que cavar mucho antes de encontrar algo que lo hizo retroceder horrorizado. Ahogó un grito, no porque no deseaba gritar sino que la impresión lo enmudeció . Enterrado a pocos centímetros de donde estaba parado encontró un cuerpo envuelto en una manta vieja y deshilachada. La poca piel que le quedaba estaba pálida, su cuerpo estaba en un avanzado estado de descomposición.
En ese momento comenzó la tormenta, un trueno retumbó haciendo vibrar el suelo. El cadáver abrió los ojos, eran blancos, opacos, sin vida, pero llenos de ira.
Él se levantó de un salto y comenzó a correr, resbalando en el barro mientras intentaba alejarse de aquel lugar maldito. Una rama le cortó la mejilla y comenzó a sangrar, no se detuvo. Pero por más que corría el cementerio no lo dejaba ir. No importaba cuánto intentara alejarse, las ruinas seguían ahí, como si la selva la hubiera atrapado en un bucle sin fin.
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Editado: 06.01.2026