Si en algún momento tenía que suceder, si era azaroso el instante en que iba a pasar, me desgarra pensar la mala fortuna que tuve de estar en ese lugar.
Era lunes, estaba terminando de cenar cuando me llamaron por tercera vez de un número privado, atiendo solo para rechazar lo que me iban a ofrecer, seguro alguna tarjeta, o un banco.
Si te interesa mañana a las 9.30 nos podemos encontrar en un bar que está en Rivadavia y Rincón para contarte más.
La propuesta no era demasiado interesante, pero mi psicóloga me había recomendado que volviera a trabajar para volver a estar bien conmigo. Además el desayuno iba a ser gratis. Mi pareja estaba de guardia en el hospital público donde estaba haciendo la residencia en clínica médica, así que terminé de lavar los platos, me cambié y me fui a dormir.
Me levanté a las 8 para esperar a Martina con el desayuno, la comida que le daban en el hospital era un asco.
Cuando llegó me contó sobre su noche, ese invierno había sido muy crudo y estaba circulando una gripe fuerte. Tenía su pelo negro atado con un broche hecho un rodete, sus ojos marrones denotaban un cansancio que me generaba admiración por su voluntad de darlo todo por los demás. Terminó su tostada, me dio un beso en puntas de pie y se fue a acostar.
El cielo estaba totalmente celeste, me abrigué hasta las orejas y salí. Llegué unos minutos antes de lo acordado, el lugar tenía un estilo porteño casi cliché, una barra de madera con detalles de laureles, un vitral detrás de esta que representaba un puerto de principio de siglo XX y mesas pequeñas y redondas. Junto a la barra estaba sentado un hombre de traje, con la barba prolija y entradas muy marcadas, debía tener unos 45 años. Pedí un café en jarrito, me senté y escuché.
Me contó que necesitaban hacer un estudio de ruidos y vibraciones, y un estudio estructural en el medio de las dos estaciones.
Después de acordar valores y que debía ser esa misma tarde, la conversación decanto en algo más informal. En ese contexto me confesó que existen leyendas que hablan de derrumbes durante la construcción de las estaciones y de fantasmas de personas que quedaron atrapados. Le confesé entre risas que era aficionado a leer leyendas urbanas y que conocía la historia.
Acordamos precio y horario. Tenía que ser ese mismo día después de las 18, parecía apurado en que se hiciera el trabajo.
Cuando volví, Martina me esperaba con unos ravioles de ricota. Ya se había bañado, tenía puesto mi buzo rojo favorito y su pantalón de pijama. Le conté cómo me había ido.
-Con esa plata podíamos hacer algún viaje tranquilo - dijo ella, con brillo de emoción en los ojos - podría ser a Entre Ríos.
Le besé la nariz como respuesta.
Pasamos la tarde jugando ajedrez y tomando mates. Cuando ya era la hora en que tenía que salir, agarré mi mochila con los equipos que iba a necesitar, me abrigué, le dí un beso a Martina y salí a la calle helada.
Santos y un hombre que aún no conocía me estaban esperando detrás de los molinetes.
-Pasá por acá - dijo, abriendo la puerta de emergencia.
Me alivió observar que el hombre que estaba junto a él, con pelo blanco y cara de cansado, tenía en sus manos los planos. No me gustaban y aun no me gustan los tiempos muertos.
-Te presento a Claudio, es el jefe de obras del departamento de infraestructura. -dijo Santos señalando con la mano abierta a su acompañante.
-Buenas tardes - saludo Claudio.
Tenía una voz cavernosa que me llamó la atención, no coincidía con su fisonomía.
- Ya tenemos todo dispuesto para que puedas empezar, el último servicio hacía Primera Junta pasó a las 17.
Todo el proceso estaba sumamente organizado, a pesar de la urgencia en la que me plantearon la necesidad de hacer las mediciones, lo habían pensado de una manera muy prolija.
A la vuelta íbamos a comer una pizza y dar la devolución de los resultados.
Caminé contra la pared por el lado derecho, muy concentrado en no caerme, no porque donde caminaba tuviera desniveles sino porque soy muy bruto.
En eso estaba cuando el aire se llenó de olor a óxido, fue tan de repente que una arcada sonora quebró el silencio. El contraste con la temperatura exterior era abrumador, hacía demasiado calor ahí adentro.
Me até el pelo con una colita que tenía en el bolsillo, la semana siguiente tenía que acordarme de cortame el pelo. La mochila que llevaba me pesaba, estaba transpirado, la espalda empapada.
Frené para tomar un poco de aire, aunque estuviese cargado de ese olor fétido. A mi izquierda había una pequeña bifurcación, noté que en el mapa no figuraba. Venía bien con el tiempo así que entré en el túnel que era un poco más ancho que yo.
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Editado: 06.01.2026