Relatos de Terror Argentinos

Aquella vez que la noche se quedó a vivir

Durante los dieciséis años que vivimos en el mismo edificio, nunca pensamos ver el día en que se iba a hacer algo con la casa de dos pisos que teníamos enfrente. Carteles de "Se vende" y "Se alquila" aparecían y desaparecían con una frecuencia inquietante, como si la propiedad misma rechazara a quienes intentaban disponer de ella.

La casa tenía un estilo academicista, con dos ventanales en la planta baja y dos en el primer piso, estos últimos con un balcón que los abarcaba de punta a punta. Los postigos siempre estuvieron cerrados, igual que las altas rejas del frente que terminaban en puntas de lanza.

La que vió primero que habían empezado a demolerla fue Sofía.

–Mira gordo, abrieron las rejas y hay gente en la puerta-–dijo mientras terminaba de hacerse los bucles antes de ir a trabajar.

La abracé por atrás y si, habían cuatro personas con cascos blancos y planos en sus manos.

– Espero que no esté lleno de ratas porque se van a venir todas para acá– dijo con su habitual cara de culo.

Me preocupaba más que no hicieran un edificio muy alto, iban a ser meses de quilombo.

– ¿Qué haces todavía sin cambiarte Francisco?. Ya casi nos tenemos que ir – dijo exasperada.

Cuando me llamaba por mi nombre era momento de correr para no sufrir su ira.

Como los viernes trabajabamos en el mismo colegio a cinco cuadras de casa, íbamos juntos caminando. Ella daba clases de historia y yo de filosofía y educación cívica.

Era época de exámenes, así que cuando terminamos el día de trabajo pasamos por la panadería que estaba de pasada por Av. Belgrano para acompañar los mates con facturas y corregir tranquilos en el balcón.

– Calentá el agua mientras yo armo la mesita – me pidió cuando entramos.

El dos ambientes era muy luminoso, podíamos tirarnos a leer en cualquier lugar de la casa. Dos bibliotecas cubrían las paredes de la izquierda y derecha del living comedor, la mesa rectangular de algarrobo estaba en el medio y al fondo el ventanal que daba al balcón. A la pieza y al baño se llegaba por medio de una puerta a la izquierda que daba al pasillo.

Dejamos todo en la mesita de plástico y nos pusimos a mirar cómo los obreros demolían la casa. Las paredes caían una tras otra, revelando por fin lo que ocultaron tanto tiempo.

–Es como si miráramos una cápsula del tiempo – dijo fascinada.

Ya habían tirado la pared de enfrente del segundo piso, a la derecha una habitación desnuda de intimidad mostraba un piso de maderas astilladas y paredes color sepia. Una alfombra mohosa, de un verde marchito, apoyada sobre la pared descascarada.

El lado izquierdo del segundo piso estaba destruido, con cerámicas y azulejos sueltos, una bañera con muchos detalles pero deslucidos, supuse que en su momento serían hermosos.

Como la pared del fondo también había sido demolida se podía ver el patio trasero. Era enorme en comparación con lo que nos hubiésemos imaginado, era una extensión enorme de pastizal amarillo y árboles pequeños sin hojas.

–Alguien debe haber cuidado de ese patio todo este tiempo, debería estar más crecido – dije. Nunca vimos a nadie entrar pero estaba claro que había sido así.

Por la noche, cuando los obreros se habían ido hace rato, entramos para comer algo, nos bañamos juntos y nos fuimos a acostar. Al día siguiente nos íbamos a juntar a almorzar con una pareja de amigos que vivían a la vuelta de casa, sobre Yapeyú.

Cada tanto me parecía escuchar un chirrido suave, como de madera cediendo. Tal vez algún trabajador se había quedado para terminar algo enfrente. Sofía dormía muy tranquila. Intenté concentrarme en Maupassant, pero las palabras parecían desordenarse. El olor a otoño que venía de fuera me relajaba, me pesaban los párpados.

El sonido de las sandalias contra el suelo de la habitación me despertó de golpe, Sofía buscaba algo en la cómoda enfrente a la cama.

Chisté para que se diera cuenta que me despertó, pero lo que estaba delante no lo podría haber imaginado ni en mi mayor y descabellada pesadilla. Se dio vuelta y noté que su vestimenta no era la remera grande que usaba Sofi para dormir sino una especie de kimono, las facciones de eso que me miraba y que claramente no estaba vivo, estaban fijos en rigor mortis.

En un solo movimiento, se acercó hasta que su cara casi tocara la mía, expedía un hedor fétido como de agua estancada que no me dejaba respirar. Era tan espeso que me llenaba de un sabor metálico la boca, como si la putrefacción me empapara la lengua. El aire se volvió denso y tibio, y mis oídos zumbaban con un siseo bajo, constante. No sé cuánto tiempo pasó hasta que sonrió, era espantoso… desdentado. Me atreví a mirarlo a los ojos pero no había más que vacío.

Con un movimiento rápido, su mano huesuda atravesó mi estómago, y sentí que la sangre caliente empapaba las sábanas. Desperté gritando, mientras Sofía me sacudía con fuerza.

–¡Francisco! ¿estás bien? ¡contestame!.

Cuando abrí los ojos, ella aún lloraba.

–Estoy bien, estoy bien. Tuve una pesadilla, muy vívida, solo eso–dije tratando de sacarle importancia, aunque sabía que no era creíble.

–Gordo, no parabas de gritar y de retorcerte, que cagazo me hiciste pegar.




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