Cuando era chico y aún vivía en la Patagonia, pasaba horas junto a su abuela en la cocina, aprendía recetas tradicionales y observaba cómo transformaba los ingredientes más simples en platos deliciosos. Pablo era un joven apasionado por la cocina, meticuloso y trabajador, con un talento innato para combinar sabores. Su objetivo era claro: mudarse a Capital y abrir su propio restaurante algún día. Pero antes de eso, una primera experiencia, parecía ser el primer paso hacia su sueño.
Una mañana, mientras tenía sobre la mesa un café con leche humeante y unas tostadas con huevo, su celular vibró de forma insistente.
—¿Cómo estás querido?—saludó Pablo a Favio. Con su amigo se habían conocido en un curso de maestro pastelero.
—Todo bien che. Escuchame, me dijeron que están buscando gente en “El Quetzal”. Manda tu currículum y decí que te dio el dato Carolina, ella es la que me avisó. La verdad es que donde trabajo estoy bien.
—Dale, ya lo mando. Gracias.
—¡Suerte!. Después contame.
El Quetzal era un restaurante tradicional, con una larga historia y sobre todo una clientela fiel. El chef principal, Santiago Raul, estaba buscando ayuda en la cocina y por lo que le habían comentado a Pablo, las condiciones laborales eran buenas, el ambiente era tranquilo pero había mucho trabajo. Y sumado a todas estas cosas, quedaba muy cerca de su PH en Caballito que compartía con sus amigos Lucía y Facundo.
Éste era de Facundo, lo había heredado de un familiar lejano. Lucía, una artista bohemia con un espíritu creativo y desordenado, ocupaba la habitación del fondo, rodeada de lienzos, pinceles y cuadros. Facundo, por su parte, era el más organizado del grupo. Como buen estudiante de ingeniería en sistemas pasaba la mayor parte del tiempo frente a su computadora, aunque siempre tenía tiempo para ayudar a Pablo a preparar algún postre casero.
La primera semana en El Quetzal fue casi mágica. El restaurante era tal y como le habían descrito: acogedor, con paredes de ladrillo visto, techos altos con vigas de madera y una iluminación tenue que daba un ambiente íntimo a cada mesa. Las fotos antiguas de Almagro, más en específico de Mitre y Gascón, decoraban las paredes. El sonido de rock nacional de fondo, a un volumen moderado, hacía que la experiencia fuera aún más placentera.
El chef principal, era un hombre imponente. Alto, de porte elegante con su traje de chef impecable. Tenía una mirada intensa, pero su trato inicial con Pablo fue profesional y hasta amable. Le enseñó las recetas tradicionales del restaurante, algunas de las cuales eran secretas y solo se pasaban de forma oral entre los chefs que habían trabajado ahí. Pablo se sintió honrado de ser incluido en ese círculo de confianza.
Los primeros días fueron una maravilla. Él se adaptó rápido al ritmo de la cocina, y aunque Santiago era exigente, no era más estricto de lo que esperaba. Los clientes eran amables, agradecidos por la comida casera y bien servida. Incluso había algunos que venían todas las noches, como si El Quetzal fuera su segundo hogar. Pablo comenzó a sentirse parte de algo más grande, como si ese lugar fuera el comienzo de su camino como cocinero profesional.
Pero poco a poco, pequeños detalles comenzaron a llamar su atención. No eran cosas grandes, al principio. Pequeñas cosas que podían atribuirse a la rutina del lugar o a la personalidad excéntrica de Santiago. Una noche, mientras terminaban el servicio, notó que Santiago se quedaba en la cocina después de que todos se habían ido. No era inusual que un chef revisara el inventario o dejara todo listo para el día siguiente, pero aquel día no había nada que justificara su presencia. Pablo lo vio desaparecer por una puerta lateral que conducía al subsuelo, una zona que nunca le habían mostrado.
Otra vez, mientras servían la cena, notó que algunos clientes, después de comer, se veían pálidos. Algunos incluso se quejaban de cansancio, aunque habían disfrutado enormemente de la comida. Pablo supuso que era por el placer y el relajo que les daba los platos exquisitos que les servían.
Un miércoles Pablo se quedó hasta tarde, tenía que terminar el inventario ya que habían tenido una noche especialmente concurrida. Mientras controlaba las cajas de quesos, escuchó un ruido proveniente del subsuelo. Era un murmullo bajo y constante. Pablo se quedó inmóvil, con el corazón acelerado. No era común escuchar ruidos en esa parte del restaurante. De hecho, nadie mencionaba el subsuelo.
Por su curiosidad innata decidió investigar. Capaz uno de sus compañeros tenía que hacer algo y él no lo sabía.
Abrió la puerta con cuidado y bajó las escaleras muy lento. A medida que bajaba, el olor a comida se mezclaba con otro aroma extraño, como el de hierbas quemadas. Al final de las escaleras, había una habitación con una pequeña ventana, apenas iluminada por una vela que ardía en el centro de una mesa de madera antigua. Sobre la mesa, había un plato vacío, con restos de lo que parecía ser comida.
Desde la derecha, de espaldas a él apareció Santiago. Murmuraba algo en un idioma que no reconocía. Sus manos se movían con precisión, como si estuviera realizando un ritual. Pablo sintió un aire frío en la nuca. ¿Qué estaba haciendo?.
Cuando dio el primer paso hacia atrás, hizo más ruido del que esperaba.
Santiago se dio la vuelta, con sus ojos oscuros clavados en Pablo.
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Editado: 27.01.2026