No es que me quejara de mi fortuna, pero la vida me había pegado tantas veces abajo del cinturón que rozaba lo absurdo. Hacía tres meses estaba desempleado y la angustia de tener que pagar el alquiler comenzaba a agobiarme. Finalmente me contrataron para trabajar en el microcentro como administrativo de una empresa manufacturera. Entraba a las 8 am y yo vivía en Laferrere, sabía que iba a ser agotador pero tenía que empezar a hacer algo antes de volverme loco.
Ese martes de invierno que ocurrieron los hechos aún estaba en período de prueba. Corrí el colectivo que se había detenido en la esquina hasta casi vaciar mis pulmones y llegué justo, esperar el siguiente no era opción. Pedí hasta Corrientes y Reconquista y me senté lo más atrás posible a la derecha.
La sirena de una ambulancia que viajaba a gran velocidad me arrancó de mi pequeña siesta. Se me cerraban los ojos y el silencio fúnebre del colectivo no ayudaba. Cuando golpeé por tercera vez la cabeza contra la ventana, doblamos por Corrientes. Las pizzerías aún estaban cerradas, solo unos pocos bares subían sus persianas tan temprano.
La mortecina luz del interior del colectivo iluminaba débil a las cuatro personas que viajaban conmigo. Justo detrás del chofer viajaba un hombre de traje, sobretodo negro muy bien cuidado, zapatos negros lustrosos. Seguro era empleado de algún banco. Una mujer muy abrigada, con guantes y bufandas, tenía un perfume precioso que llegaba a mi desde los dos asientos que nos separaba. Detrás mío discutían dos chicas, al parecer pareja, sobre algo de la facultad, de exámenes finales y esas cosas. No las vi cuando subieron, pero no tendrían más de veinte años.
Un hombre que tapaba su boca con un pañuelo blanco y tosía sin parar subió en la parada de Pueyrredón. Vestía un gabán marrón largo y desgastado con manchas de humedad. El grasoso pelo se le pegaba a la frente. Se sentó en la misma línea que el hombre de traje pero en la hilera de asientos de la derecha.
Su presencia me perturbaba. Por un instante, tuve la impresión de que su sombra no seguía sus movimientos, un escalofrío recorrió mi espalda pero me obligué a calmarme. "Es el cansancio", pensé, "la mente hace ver cosas raras cuando está exhausta". Sonreí para mí mismo con vergüenza, traté de concentrarme en otra cosa. En el asiento frente a mí, alguien había escrito con corrector líquido un nombre: "Tatiana", seguido de un número de teléfono. ¿Era un mensaje inocente o alguien queriendo hacer pasar un mal momento a esa chica? Por un momento, pensé borrarlo, pero mi cuerpo exhausto no respondió.
Detrás de la ventana la avenida estaba vacía, como si el mundo se hubiera detenido menos nosotros. Un sonoro suspiro me arrancó del trance, la mujer del perfume lloraba en silencio, sus lágrimas brillantes resbalaban por sus mejillas. Entendí que no era el único que notaba que algo no estaba del todo bien. La pareja de chicas murmuraban entre sí, era una charla rápida con voz aguda. El hombre que para mí trabajaba en un banco, miraba con terror en su rostro al hombre del gabán, lo hacía de frente, a los ojos. Creo que era el único valiente. O tal vez algo no dejaba que pudiera evitarlo.
Este último, sin embargo, parecía no notar nuestra incomodidad. Su tos continua, seca y repetitiva resonaba en mi cabeza como un martillo hidráulico.
Cuando cruzábamos Junín, sin soltar el volante el chofer se dió vuelta hacia nosotros.
—¿A dónde estamos yendo? —dijo con la cara desencajada, empapada de transpiración a pesar del intenso frío.
Nadie respondió aunque todos sabíamos a quien le hablaba. Igual no comprendí a qué se refería con esa pregunta, seguíamos circulando por la misma avenida.
Fue cuando tres cosas sucedieron a la vez: el colectivo aceleró bruscamente, los edificios a nuestro alrededor comenzaron a desvanecerse tragados por un abismo negro y sin fondo, y el Obelisco, que momentos antes estaba delante nosotros, se alejó hasta desaparecer en el horizonte.
La mujer frente a mi y yo saltamos a la vez de nuestros asientos cuando el hombre de traje negro cayó al suelo, fue un golpe seco. Su cuerpo convulsionaba con violencia, de la boca brotaba baba o bilis, no sabría describirlo. Cuando se detuvo deseé que estuviera desmayado, pero algo me decía que no se iba a volver a levantar.
El hombre del gabán se puso de pie y caminó hacia el centro del colectivo. Esquivó al hombre tirado sin prestarle atención. Su gabán se agitaba de manera inquietante, no corría tanto aire como para que se moviera de esa manera. Ahora que lo veía de frente, noté que su pañuelo no era totalmente blanco sino que tenía pequeñas manchas rojas.
La tos, el hombre en el suelo, la velocidad del colectivo era una secuencia de horror. La mujer del perfume en ese momento ya lloraba de manera espasmódica, con fuerza, sin reprimir su angustia. Por un segundo mis ojos encontraron los suyos, marrones, hermosos y húmedos que reflejaban el mismo terror que yo. Decidí decirle algo, cualquier cosa para calmarla, pero las palabras se atascaron en mi garganta.
—El Obelisco no es el fin, sino el principio —dijo el hombre entre toses, su voz era tranquila, malévola. No entendí en ese momento que quiso decir.
El Obelisco reapareció frente a nosotros, pero ya no era el monumento que conocíamos. Su estructura resplandecía con una luz antinatural, el color blanco dio lugar a un marrón oscuro con dibujos y escrituras que no se llegaban a entender. Los edificios y casas volvieron a aparecer, pero no reconocí ninguno. Era como una versión corrupta de Buenos Aires.
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Editado: 27.01.2026