Desde chico siento esas miradas fijas y escrutadoras que se clavaban en mi piel como agujas. Me di cuenta por primera vez una mañana, cuando salí al balcón a buscar un auto que me había olvidado el día anterior y vi a la vecina del edificio de enfrente. Estaba inmóvil, con la mirada fija en mí. Al principio pensé que era casualidad, que estaba perdida en sus pensamientos. Pero entonces parpadeó y supe que no era así.
Luego lo noté en extraños y conocidos, siempre me miraban con un juicio silencioso. ¿Cómo no darme cuenta? Siempre demoraban un segundo más de lo necesario, con un interés inexplicable. Labios apretados, ojos sin pestañear, ladeos de cabeza como si intentaran entender algo yo no podía ver pero que estaba en mí.
Con el tiempo y con terapia aprendí a convivir con ello, aunque nunca dejó de perturbarme. ¿Y cómo podría ser de otra manera? ¿Qué buscaban mis compañeros de trabajo en mi rostro? ¿Qué esperaban encontrar? Sus miradas ardían sobre mi piel.
Intentaba trabajar con normalidad, pero fracasaba penosamente. Mi incomodidad era obvia. Una noche Clara, mi esposa, también notó algo raro. Evitaba el contacto visual.
—Julián, ¿estás bien? —preguntó con suavidad—. Estás muy tenso.
Si tan solo supiera lo que significaba eso para mí… Deseaba poder explicarle todo, abrir mi alma al amor de mi vida, pero había tanto por decir que las palabras se atoraron en mi garganta. Por fin levantó la vista y me miró un segundo de más. Lo sentí adrede. Luego siguió con su cena sin agregar otro comentario.
Mientras lavaba los platos me llamó un compañero de trabajo. Me dijo que nuestro supervisor le había pedido que me avisara que me tenía que tomar unos días para descansar. Lo dijo con un tono amable, pero lo supe. Se querían deshacer de mí.
Mi pareja escucho todo sin que me diera cuenta.
— Me parece que te va a venir bien tomarte esos días para despejar tu mente. Necesitas frenar un poco. Te saqué turno para que veas un psicólogo, no estás obligado a ir pero me gustaría que lo intentaras — dijo mientras vino a ayudarme a secar los platos.
No tenía excusa para no hacerlo así que lo acepté de mala gana.
Me levanté temprano para hacerle el desayuno y pedirle disculpas por lo de la noche anterior. Ella sonrió y me dijo que no había problema, que todos tenemos malos días y que no me preocupara. Me dio un beso y se fue.
Dos días después me senté en ese consultorio con olor a limón, con las paredes llenas de cuadros de Quinquela Martín y Raúl Soldi. Le conté todo: las miradas, los vecinos, la sensación de que todos sabían algo que yo ignoraba.
El psicólogo era un hombre de gran porte, detrás de unos lentes de marco ancho me analizaba con sus ojos color tabaco, tenía una gran cicatriz en la ceja derecha, se la debió haber hecho mientras practicaba algún deporte de contacto. Asintió a todo lo que le decía, tomó notas y me dijo que podría ser por estrés, ansiedad y trastornos de percepción. Me recetó pastillas. Solo tomé las que me iban a ayudar a dormir.
Los días siguientes Clara comenzó a mirarme de otra manera. Sus ojos reflejaban una lástima asfixiante. Me trataba con una delicadeza insoportable, como si fuera un enfermo al borde de romperse, odiaba sentirme frágil. Dejé de hablarle más de lo necesario y ella dejó de insistir.
Un sábado por la noche, dí vueltas de manera insana en la cama por el pánico que me generaba dormir. Si cerraba los ojos, si perdía el control, ellos estarían ahí, en una esquina de mi habitación, parados, con sus ojos vacíos. Me levanté resignado, con mucho cuidado para no despertar a Clara, encendí la computadora y revisé las grabaciones de las cámaras del edificio. Sabía que iba a encontrar algo, y lo hice.
Lo primero que me llamó la atención fue la chica del tercero. A las siete de la tarde en punto, caminaba hacia la puerta de entrada del edificio mientras enviaba un mensaje. Se detuvo, giró y miró en dirección a mi departamento. No fue mucho tiempo, apenas unos segundos, pero confirmó mis sospechas. Una vena me latía vigorosa en la frente. A cada hora, sin importar lo que estuvieran haciendo, todos mis vecinos giraban la cabeza en dirección a mi hogar. Era solo un instante, pero existía.
¡Yo no era el problema! ¿Por qué me miraban? No lo imaginaba… Sabía que no lo estaba inventando.
Como las cámaras guardaban treinta días de imágenes, tenía mucho material que analizar. A cada hora en punto, las cabezas giraban hacia mi departamento. Mi cuerpo entero se tensó hasta doler.
—¡El momento existe! —grité en mi cabeza—. ¡Sabía que era real!
Intuía que había algo más, pero no lograba descubrir qué era. Entonces lo vi, a las cuatro de la tarde tres días atrás la señora de planta baja salía del edificio, se detuvo y giró la cabeza hacia mí. Acerqué la imagen hasta que sus ojos se hicieron enormes en la pantalla. Sus pupilas se dilataron, revelando el goce que sentía por mi existencia. Todo mi cuerpo ardió. Me sentí desnudo, expuesto al escrutinio de sus deseos más profundos.
Cerré la grabación, alterado por mi descubrimiento. Fui a la cocina para hacer unos mates. Las manos me temblaban tanto que temí derramar el agua hirviendo sobre mi ropa. Cuando volví a la computadora, en pantalla estaba un hombre parado enfrente a mi puerta. Estaba tan quieto que parecía parte del fondo. No era un vecino, no lo había visto en mi vida. Vestía una camisa beige mal abotonada y unos pantalones de gabardina que le quedaban grandes. Me daba la sensación de que no parpadeaba.
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Editado: 27.01.2026