Relatos de Terror Argentinos

Geografía de un Recuerdo Que Se Hizo Lluvia

Esteban Rojas había hecho de la Ruta 3 una costumbre amarga. En realidad su vocación profesional y su decisión de no vivir más en Capital. Cada viernes, después de apagar la computadora y despedirse sin entusiasmo de sus compañeros de oficina con los que compartía bromas sin gracia y charlas de ascensor, cargaba el bolso en su auto modelo ’97 y emprendía el regreso a casa. Conocía cada curva, cada puente, cada estación de servicio con sus baños con olor a lavandina.

Había algo en ese trayecto — cerca del kilómetro 143— que le revolvía el estómago. No era un punto fijo en el paisaje, sino una sensación. Como si un recuerdo insistiera en arrimarse, pero se quedara en la periferia de la memoria, apenas una imagen suelta: luces, lluvia, una silueta deforme en la banquina. Nunca lograba atarla a nada concreto.

Pero había algo —o alguien— que nunca cambiaba, a la altura de ese kilómetro, siempre estaba ella.

Una mujer delgada, con el pelo negro y lacio que le caía como una cortina pesada hasta los hombros, vestida con una pollera de bambula y una remera oscura que se pegaba al cuerpo los días de lluvia. Tenía el brazo extendido, el pulgar hacia arriba, no parecía mover los labios para pedir que la llevaran, ni había en su semblante un gesto de impaciencia. Solo estaba ahí, firme, con los ojos fijos en la carretera, como si supiera de antemano qué coche se detendría.

Esteban jamás había frenado. Como tantos otros, pasaba a su lado con la respiración contenida, y la mirada hacia otro lado.

Pero esa noche donde el viento soplaba con furia y la lluvia golpeaba el parabrisas como si fueran agujas de vidrio Esteban hizo lo que había evitado cada viernes durante años. Se detuvo.

No sin dudar, claro está. Porque los hombres temen a los fantasmas y a sus propios remordimientos en partes iguales.

Cuando los faros la iluminaron, la mujer giró hacia él con una naturalidad como si lo hubiera estado esperando.

“No pares”, le dijo el instinto, ese consejero que siempre llega tarde. Pero algo en la mirada de aquella mujer —una mezcla de tristeza y paciencia infinita— le hizo pisar el freno.

Los limpiaparabrisas apenas podían mantener el ritmo de la lluvia. El viento sacudía el auto, pero este resistía como un perro callejero que conoce las tormentas. La puerta del acompañante se abrió antes de que él pudiera decir nada, y la mujer se deslizó adentro con una agilidad que no le correspondía a alguien que venía de soportar la intemperie.

—Gracias —dijo ella, con una voz que parecía hecha de polvo.

Esteban notó algo extraño enseguida. No estaba tan mojada como debería. Afuera llovían baldes de agua y ella tenía la ropa apenas húmeda, como si hubiera caminado bajo otra tormenta.

—¿A dónde va? —preguntó, fingiendo una calma que ni él se creía.

—A Las Flores —respondió ella, sin mirarlo.

Los dedos de Esteban se pusieron blancos sobre el volante. Sintió un frío en la nuca, una caricia de una mano que no estaban allí.

—¿Nos conocemos? —preguntó, y se arrepintió al instante.

La mujer giró muy lento hacia él. Tenía los ojos demasiado negros, sin brillo, como si alguien hubiera vaciado las cuencas y las hubiera llenado de perlas oscuras como el vacío.

—Sí, Esteban —dijo.

Y entonces todo dejó de importar: la lluvia, la ruta, los pensamientos repetidos de los viernes por la noche. Solo existía esa palabra, su nombre, dicho por alguien que no debería saberlo.

Al escuchar eso dejó de sentir las piernas. El auto era ahora un ataúd en movimiento.

—¿Cómo…?

—Sé que no te acordás de mi—dijo ella—, pero también sé que sabés quién soy.

Esteban bajó la velocidad. Los brazos le temblaban de tal modo que temió no poder meter los cambios.

—No sé de qué habla.

La mujer sonrió, pero no como sonríen los vivos.

—Claro que sí. Fue hace diez años. También volvías de trabajar, pero esa vez llovía mucho menos.

A Esteban se le detuvo el tiempo. El mundo se redujo a los límites de su vehículo, a los relámpagos que iluminaban brevemente la banquina y a ese perfume a pasto húmedo que traía la mujer consigo.

—No...

—Había sido el cumpleaños de la mujer con la que engañabas a tu esposa. Habías bebido. Yo estaba ahí, en el kilómetro 143, como recién. No frenaste.

Con cada inhalación, a Esteban le chiflaba el pecho.

—Te confundís de persona… —murmuró. Se aferró al volante como si fuera un rosario.

—¿Seguro? —susurró ella. Se acercó más, y su sonrisa era una herida abierta—. Porque yo no lo olvidé. Me dejaste tirada en la cuneta. Nunca llamaste a la policía. Nunca volviste.

Del cuero cabelludo de la mujer comenzó a brotar sangre espesa y oscura, como si en lugar de cabello tuviera raíces recién arrancadas.

Esteban tragó saliva. Claro que lo recordaba. Los tubos de vino, las risas, las cumbias que lo hacían menear hasta abajo. Y después, la mancha borrosa de una silueta cruzando la ruta. El golpe seco. El silencio.

Pensó que había sido un perro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.