La aguja se deslizó con una precisión fría y silenciosa en la vena de su brazo izquierdo. Sofía apenas sintió el pinchazo. Era su primera vez donando sangre, y aunque le había costado decidirse, algo en la idea de ayudar le había parecido... hermoso.
—Perfecto flujo —dijo la enfermera cuando terminó—. Puede pasar que sientas un leve mareo, fatiga o dolor en el sitio de la punción. La recomendación es que descanses, te hidrates y comas algo ligero. Cuando salgas vas a tener un pequeño refrigerio a disposición.
Sofía asintió, distraída. Miraba el líquido rojizo dentro de los recipientes. La enfermera también le comentó que su sangre era más brillante por los niveles de oxigenación.
Un sonido diminuto, apenas perceptible se hacía lugar entre el murmullo del laboratorio: un chasquido sordo, como gotas sobre metal. Gotas de algo más espeso, oscuro, íntimo.
—¿Qué es eso? —preguntó sin un destinatario claro.
—¿Eh? —la enfermera levantó la mirada de su computadora—. ¿Te duele algo?
—No... nada. Es solo que... Me pareció haber escuchado un ruido extraño.
—Probablemente fue el aire acondicionado.
Ella estaba tranquila, pero aquel sonido era tan pequeño, tan insignificante, era como una nota fuera de lugar en una orquesta perfectamente afinada, con un director obsesivo.
Al salir, como le habían anticipado, la invitaron a tomar un jugo de naranja y un paquete de galletitas saladas. Ella aceptó mecánicamente, su cabeza estaba con el sonido de su propia sangre siendo extraída de su cuerpo.
Al salir, el sol estaba bajo, tiñendo las calles de tonos rosa y naranja. Todavía era muy temprano. Caminaba despacio, respiraba hondo, amaba el olor a otoño porteńo. De repente, creyó escucharlo otra vez.
Tic. Tic. Tic.
Era una situación inverosímil, la sangre que goteaba sobre una superficie metálica sonaba demasiado cerca de su oído.
Cuando llegó a su casa buscó en su celular razones por las que una persona podía escuchar sonidos que no estaban ahí. Primero leyó artículos sobre tinnitus, acúfenos, hiperacusia. Pero no era nada de eso. Esto no era un zumbido constante ni un pitido molesto sino algo específico, con ritmo y textura. Los siguientes eran un rejunte variopinto de distintos tipos de cáncer. Decidió sacar un turno con su médico de cabecera sin apuro. Si hay algo que se agradece de la pandemia del 2020 es que el hospital haya normalizado la atención por internet.
Durante los días siguientes, Sofía no pudo sacudirse la sensación de que el sonido aún estaba ahí. En el trabajo, durante las reuniones, mientras corría o tomaba algo con amigos. Cada tanto, como una señal intermitente, percibía aquel tic-tic-tic , sutil pero insistente.
Conforme pasaban los días se hacía más claro. Ya no era solo un eco distante; ahora parecía venir desde adentro. Como si su cuerpo entero estuviera lleno de pequeños recipientes donde la sangre caía una y otra vez para volverlo a colmar.
En la noche, cuando todo estaba en silencio, se ponía de lado y escuchaba con atención. Su corazón latía fuerte, sí, pero detrás de él, como un contrapunto constante...
Tic. Tic. Tic.
¿Cómo explicarle a alguien que tu propia sangre te perseguía con un sonido que nadie más podía escuchar?. Porque ella no estaba loca, no se lo estaba imaginando.
¡Claro que lo escuchaba!
Comenzó a mandarles audios a sus amigos para contarles cosas triviales, pero en esas grabaciones nunca aparecía nada. Solo ella. La música de fondo. Pero nada de aquel sonido.
Así pasó varios días hasta que una noche, mientras paseaba a su perro y revisaba las fotos de su donación de sangre (sí, se había sacado dos selfies. Una con la enfermera), notó algo en esa imagen: la bolsa plástica de sangre tenía una especie de marca en la parte inferior, era una mancha oscura.
Amplió la imagen. Parecía... una letra. O tal vez un número. Difuso, borroso.
Cuando su perro hizo sus necesidades, guardó el teléfono para levantarla.
Esa fue la noche en que el sonido cambió y que el momento de descanso pasó a ser de tortura.
Ya no era solo tic-tic-tic , ahora era tictictic . Rápido. Urgente. Como si tuviera la necesidad de llegar a algún lado.
Se pasaba horas en la cama, inmóvil, escuchando. Intentaba distinguir si el sonido venía de su pecho, de su cabeza, de su útero. Se tapaba los oídos con almohadas y se colocaba auriculares con música alta. Nada funcionaba.
En el trabajo donde era facturista, sus compañeros notaron que parecía ausente, se perdía en pensamientos y respondía tarde.
—¿Estás bien? —le preguntó Ana, su compañera de oficina.
—Sí... solo estoy cansada —dijo cortante, para no dar lugar a repreguntas.
Claro que no era verdad, sentía que se le iba la cordura y lo último que necesitaba era que encima la agobiaran cuestionando lo que escuchaba o sentía.
Decidió empezar a escribir todo lo que hacía la aplicación de notas de su celular. Registraba cada momento en que escuchaba el sonido, la hora, la ubicación, si estaba sola o acompañada. Hasta empezó a dibujar lo que el sonido le producía,como si pudiera encontrar patrones.
Fue así como se dió cuenta que parecía responder a sus emociones. Cuando estaba tranquila, era suave, casi reconfortante. Pero cuando se enfadaba o se asustaba, se intensificaba. Como si estuviera vivo. Como si estuviera conectado a ella.
Una noche, mientras tomaba un baño caliente, se dio cuenta de algo impactante. Si se concentraba mucho, podía hacerlo detenerse . Solo por segundos. Pero era real.
Entonces, ¿era su imaginación? ¿O era algo más? ¿O era solo ella?
Decidió probarlo. Empezó a practicar técnicas de meditación. Respiración profunda, visualización, control mental. Y cada vez que lograba detener el sonido, se sentía poderosa. Pasó semanas exultante de supremacía. Había encontrado una llave mágica. Pero cuanto más lo dominaba, más lo necesitaba. Y cuanto más lo necesitaba, más lo quería oír.
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Editado: 10.02.2026