Relatos de Terror Argentinos

Más allá de la quietud

Aún permanecía la penumbra del otoño en la habitación de Andrés. El viento frío se colaba por la ventana mal cerrada. Con un gran suspiro, miró desde su ventana hacia la Plaza Almagro, donde juegos infantiles y máquinas de ejercicio aguardaban en silencio, todavía no habían sido perturbados por la presencia de la gente.

Junto a la cancha de básquet había unos cuantos árboles que habían perdido todas sus hojas, estos recortaban su silueta sobre el alumbrado público. Detrás la calesita se erguía casi a oscuras entre rejas y muros bajos de varios colores. La pareja de caballos bajo la tenue iluminación sus ojos vacíos reflejaban un brillo perturbador.

El vibrar del despertador lo arrancó de sus pensamientos, como un tirón trayéndolo de nuevo a la realidad. Se apresuró a apagarlo, intentando no dejarlo caer, le había costado mucho conseguir uno para personas sordas como él y la idea de tener que buscar otro le generaba una ansiedad que no estaba dispuesto a enfrentar.

Iluminado por la débil claridad que entraba por la ventana caminó hacia el baño. Al encender la luz, el espejo le devolvió la imagen de un rostro cansado, con ojeras y la piel pálida. La barba desprolija le tocaba el cuello de la remera, le gustaba como se veía.

Había algo extraño en el ambiente que lo inquietaba, una tensión invisible que parecía impregnar la luz y las sombras que lo rodeaban. Al secarse la cara, su mirada se detuvo en la toalla azul que había colgado junto al lavamanos, tenía los bordes deshilachados, no recordaba haberla visto antes, era como si su presencia ahí fuese un error de la realidad.

La cortina del baño también le resultó extraña, el patrón de las figuras geométricas había cambiado de una manera sutil.

- ¿Siempre fueron así? - pensó, sintiendo una punzada en el estómago.

Trató de deshacerse de esa sensación opresiva, atribuyendo todo a las secuelas del accidente que le había quitado la audición.

Sus manos sudorosas se aferraron al lavamanos, buscando un punto de apoyo en la solidez del mármol, algo que le recordara que seguía siendo real, que seguía presente, en su baño, en su casa, en su vida que parecía desmoronarse poco a poco.

Mientras miraba sus facciones en el espejo, la voz de su hija quejándose por tener que ir al colegio sonó desde algún ambiente de la casa.

La sorpresa lo paralizó, su corazón latía enloquecido, las manos le temblaban y lágrimas calientes comenzaron a brotar sin control.

Juntó coraje y fue a la cocina, de donde provenían los ruidos. Al entrar, vio a sus dos hijos sentados desayunando y riendo. Andrés sintió una mezcla de alegría y horror; podía escucharlos después de tanto tiempo.

Al extender la mano para tocarlos, esta atravesó sus cuerpos. Caminó hacia atrás, horrorizado, casi tropieza con sus propios pies, mientras los recuerdos del accidente llegaban a su mente: los gritos, la llamada desesperada al 911, el auto destrozado, el cementerio. Sus hijos estaban muertos, y él vivía en una casa vacía, en un mundo de silencio.

Los niños continuaban con su rutina, ajenos a su presencia. Andrés corrió a su habitación, miró por la ventana hacia una plaza llena de gente que no podía escuchar, como un desfile de mimos macabro. El contraste de las sonrisas de los niños en la calesita con su abatimiento era brutal. Se dejó caer en la cama, abrumado por los sonidos que continuaban desde la cocina, los fantasmas de su pasado que no lo dejaban en paz.

Ahí comprendió que su verdadero tormento no era la sordera ni la soledad, sino los recuerdos que lo acosaban sin cesar, atormentándolo en los rincones más oscuros de su mente. Los ecos de risas infantiles y conversaciones cotidianas resonaban en su cabeza.

Desesperado, Andrés se levantó y empezó a caminar por la casa. Las sombras, que antes eran de apariencia inocente parecían alargarse y tomar formas lúgubres, mientras los susurros de sus hijos se transformaban en cuchicheos tenebrosos, graves, guturales.

Se escondió en la pieza del fondo que usaba para trabajar, quiso evitar mirar las fotos que nunca pudo sacar de su escritorio, pero la curiosidad le ganó. Ahí estaban los tres sonriendo, aunque había algo en la mirada sobre todo de Iara que lo incomodaba. Sus ojos cargaban con una sabiduría sombría, que se desplegaba por la habitación. No era ella, era de algo que había tomado su lugar, algo que se había apoderado de su esencia y la había transformado en algo ajeno.

La noche cayó, y con ella el horror creció. Las sombras en las esquinas de las habitaciones parecían tener vida, moviéndose poco a poco, pero de una manera constante, y los susurros de sus hijos se hicieron más insistentes, llenos de dolor.

Volvió a su pieza, se acostó y cerró los ojos con fuerza intentando no escuchar, pero los sonidos de lo que lo rodeaba calaban su mente.

Abrió los ojos de golpe y vio a sus hijos parados al pie de su cama con sus rostros pálidos, sus ojos vacíos, las venas oscuras sobresalían bajo su piel y sus pequeñas manos eran ahora esqueléticas, Sus bocas se movían, escuchaba lo que decían, sin embargo, no podía entender, comprendía que su tono transmitía un sufrimiento y un rencor indescriptible. El aire se tornó helado y con olor estancado, le dolía respirar. Los niños se acercaban y su padre descendió en un torbellino de horror.

Intentó escapar, pero no se sintió capaz, sus piernas no respondieron. Estaba atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar. Los que en un momento fueron sus hijos se pararon frente a él, sus pequeñas manos se acercaron, tocaron su cara y la acariciaron con una suavidad sobrenatural que hizo que se le erizara la piel. Lo llamaron por su nombre, una y otra vez. Al principio con voz cavernosa sin llegar a ser profunda, pero luego empezó a ser un sonido intenso y grave.




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