Relatos de un triste amor

5

Capítulo 5

 

 

Las dos cayeron sobre la cama. Dalia tomó la iniciativa. Se colocó encima de Carol y embistió su cuello con sensuales besos. Una de sus manos le masajeaba los pechos y la otra se ocupaba de desabotonarle los pantalones. Carol intentaba corresponder a la apasionada muestra de afecto de su novia. Sentía su lengua intentando entrar en su boca. Los dientes que chocaban. Su saliva mezclándose con la de ella.

Dalia le levantó la blusa, le hizo a un lado el brasier y le mordió los pechos.

—¡Espera!

Sujetó sus hombros y la obligó a separarse. Lo hizo con esfuerzo, porque Dalia no quería ceder un solo segundo. Había deseado acostarse desde el primer día.

—¿Qué? ¿Qué sucede? ¿No quieres seguir?

—Tengo que ir a casa y… terminar el informe. Eso es todo.

—Oh… —Dalia carraspeó y se sentó en la cama. Se puso la blusa encima para cubrirse los pechos y abrazó una almohada—. Sí, es cierto —suspiró con tristeza—. No hay que dejar el trabajo de lado. Uhm ¿podemos hacerlo en otra ocasión? ¿Cuándo estés menos ocupada?

—Seguro —se acomodó la ropa y el cabello—. Yo te llamo ¿sí?

Se alzó un silencio incómodo entre ellas. Dalia fue quien decidió terminarlo. Sonrió como si no pasara nada y acompañó a Carol hacía la puerta. Se despidió de ella con un beso en la mejilla y esperó a que la mujer se marchara.

“¿Qué estoy haciendo mal?” se preguntó. Como amiga, Carol había sido genial. Como novia… estaba dejando mucho que desear.

 

AÑOS ATRÁS.

 

No había noche en la que no pensara en ella. Y no es que Abigail fuera la chica más guapa del mundo. Era baja de estatura, sus pechos eran pequeños y puntiagudos y la piel de su cara siempre estaba brillante por el exceso de grasa. Su cabello solía oler a sudor debido a las altas temperaturas en el ambiente y no acostumbraba usar perfume.

Y a Carol seguía gustándole. Se había convertido en la chica de sus fantasías más íntimas y deseaba estar con ella. Abigail era pervertida en una justa medida y siempre estaban acariciándose y demostrándose su afecto. A veces se daban besos de piquito en el salón, o se abrazaban en el autobús y se tomaban de las manos cuando caminaban por el centro de la ciudad.

Así, no pasó mucho para que las dos llegarán al sexo. Y ocurrió una tarde, después de salir de la universidad. Ya no podían esperar para dar rienda suelta a su pasión en la cama. Sin embargo, no había un lugar en el que pudieran estar a solas.

Lo único que les quedaba era ir a un motel.

Lo hicieron ese mismo día. No les importó que fuera un cuarto usado un millón de veces por otras personas, o que las sábanas tuvieran alguna clase de restos humanos. Ni siquiera si había o no cámaras escondidas grabándolas. Sus deseos eran grandes y sus cuerpos se lo exigían.

Era la primera vez para ambas y estaban a punto de vomitar por los nervios.

Abigail fue quien tomó el control de la situación. Se ocupó de sus labios, de sus pechos y de más abajo. En cuanto Carol tuvo que abrir las piernas para darle paso a la chica, la vergüenza la llenó por completo y se dio cuenta de que jamás se había sentido tan expuesta físicamente ante alguien.

Nunca le gustó su cuerpo. En aquel entonces, era una chica que pesaba unos kilos de más y sus “amigas” le habían bajado el autoestima mofándose de su color moreno de piel. Pero si a Abigail le gustaba ¿cuál era el problema?

Abigail lo hizo bien. Parecía tener experiencia aunque era igual de virgen que la otra. Practicaron esas posiciones que habían visto en los videos para adultos y, al final, ninguna de las dos alcanzó el orgasmo.

Y después de que el tiempo del cuarto se terminó, las dos permanecieron en la cama, calladas y mirando al espejo de techo sin saber qué decir o qué hacer.

Carol tenía el estómago revuelto. Sentía humedad entre las piernas y el cuerpo lleno de sudor. Siempre creyó que el sexo sería romántico, delicado y tierno. No un show pervertido de jadeos, saliva, jugos vaginales y olores corporales. Jamás había visto a otra chica tan cerca. Sus orificios, su vello, la grasa de su piel.

—Vámonos —dijo Abigail.

No hubo besos, ni abrazos de cariño, ni palabras reconfortantes ni nada que se asemejara al romance onírico que Carol había leído en los libros y visto en las películas. Abigail no le dijo si era hermosa o sexy. Y bueno… ¿para qué mentir?

—Sí. Vámonos.

Tras ese desplante, ninguna de las dos quiso hablar del tema, ni tuvieron fantasías sexuales la una con la otra durante semanas.

Lo volvieron a hacer, por supuesto, pero sólo porque tenían un rato libre y se sentían con ganas. Y al final, obtenían el mismo resultado vacío. Una meta insípida en la que ninguna de las dos podía alcanzar el éxtasis.

Abigail no decía nada sobre el cuerpo de Carol. Tal vez ni le gustaba al final de cuentas. Y ¿cómo gustarle?

Carol solía mirarse al espejo varias veces. Lo hacía mientras estaba desnuda. Y no le gustaba lo que veía: los pechos grandes y caídos. Las piernas velludas. La grasa abdominal.




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