Relatos de una adolescente imperfecta

✧・゚: 4. Mente agobiada

POV: Grace

Definitivamente, Jayden Owens no se cansaba de molestarme. Me había invitado unas cuantas veces a sentarme con él, solo para que intente besarme y así poder presumir que lo ha hecho. ¿Yo era una jodida apuesta que él no estaba dispuesto a perder? No entendía en lo más mínimo el tema cuando se trataba de él, porque realmente no era como si yo le hubiera puesto interés. Le he dejado claro con la paciencia más grande del mundo que lo que menos quiero es odiarlo, pero él insiste. Llegó a irritarme tanto, que una vez le pegué un pisotón por acercarse demasiado en una salida hacia algún evento que se había realizado en una festividad, hace casi medio año.

En serio, ¿qué tenía yo para que me jodiera tanto?

No me interesaba su fijación en mí. Claro que Jayden era guapo, pero su actitud lo arruina todo. Su descaro era tanto que le encantaba guiñarme el ojo a cada rato, mientras yo le sacaba mi precioso dedo corazón.

—¿Y tú qué quieres? —borré cualquier rastro de emoción en mi rostro. Esto es tan desagradable.

—Nada, solo vine a decirte que te ves bonita hoy, como siempre —espetó completamente alegre. Hice como si vomitara por sus palabras y le di una mirada de odio.

—¿En serio? ¿Solo eso? Bueno, puedes retirarte ya. —Apunté hacia su asiento y él asintió mientras caminaba hacia el mismo. Muy obediente cuando le conviene.

No puedo creer que Libby en serio me dijo hace un par de semanas que él quiere hacer las paces conmigo. A pesar de eso, no puedo dejar mi brazo a torcer cuando se trata de Jayden.

(...)

El resto de mi día lunes fue terrible, porque aparte de que nos habían tomado la lección de Historia, en la cual no me fue bien del todo, la profesora de Cívica había mandado a llevar a cabo un trabajo grupal para la próxima semana, y para culminar, me tocaba con Jayden.

Libby, muchas gracias por distraerme en el recreo para no estudiar Historia; ahora ambas tendremos malas notas.

Hoy era martes y tenía Química con la señora bajita que hacía que mi malhumor aumentara. Para mi colmo, dos horas. Tendría que soportar que me preguntara todo a mí y que, si llegara a equivocarme, me daría una mirada venenosa; mientras, en su mente, me pondría como mala estudiante. Resoplé una vez más y saqué el deber junto con mi cuaderno de apuntes.

Comenzó la clase y el tomar lista era lo más tedioso de todo, porque se daba la molestia de llamar a cada uno por los apellidos, y como en mi clase éramos treinta, la lista parecía interminable.

Ya agobiada, comenzó con su discurso sobre la puntualidad y ahora sí necesitaba que mi querida Libby me hiciera dormir. Ella me miraba adivinando mis pensamientos mientras sonreía.

(...)

Pasó la tortura y, después de haber hecho siete ejercicios en la pizarra en dos horas, ya se marchaba la profesora Deakin con el rostro serio, porque no había podido avanzar más del tema que tratábamos. Típico.

Por mi parte, me acomodé en mi asiento mientras me disponía a hablar con Libby sobre el libro que leía actualmente. Ella solamente reía y quedaba pensativa ante mi desesperación por no saber qué pasaría en el siguiente capítulo.

De repente apareció despampanante el profesor de Biología, el señor Cox. Siempre odié de él el hecho de que se pusiera bastante colonia, y lo único que había llegado a concluir era que no se bañaba o le gustaba que su olor inundara las fosas nasales de los alumnos casi hasta asfixiarlos. Y en mi caso me mareaba hasta más no poder.

Saludó alegremente y yo solo contenía las ganas de vomitar, mientras él ponía sus cosas en el escritorio y hacía acomodar el proyector para pasar algún vídeo sobre síndromes. Definitivamente, esta clase iba a apestar. No solo por el hecho de que íbamos a estar leyendo como tarados, sino por sus preguntas tan rebuscadas que ponía en la evaluación final. Todo esto era terrible.

(...)

Llevé los libros rápidamente a mi maleta para poder ir al receso. Sonreí al ver que Sam estaba en su lugar con su amigo.

¿Y cómo conocí a Sam? Pues simplemente pasó que, en el receso habitual a inicios del año lectivo, caminando por la cancha cubierta, vimos un par de rostros frescos. Solo eran un año menores que nosotras y lo sabíamos porque a esa hora únicamente salían los cursos mayores y, obviamente, ellos eran nuevos. Sam se convirtió en un crush, un gusto culposo que me encantaba ver porque su físico era mi tipo, pero solo hasta ese punto. Sam sabía que era llamativo y, obviamente, su ego era grande porque, aparte, era modelo. Es una persona difícil de perder de vista y cautivaba a las chicas. Parecía tan hermoso y a la vez tan inalcanzable. Aunque no soy su fiel fan, debo decir que me gusta verlo pasar, aunque sea de vez en cuando.

Siempre estaba en una pose perfecta para tomarle una foto. Libby me golpeó en el hombro, haciéndome caer de mi nube, a lo que le dediqué una mirada asesina mientras seguíamos caminando en dirección a la cafetería.

La cafetería era relativamente pequeña y eso era algo que me molestaba, porque no había mesas y me tocaba sentarme en los graderíos de la cancha cubierta.

Institución relativamente pequeña y sus otras imperfecciones.

Pedí una pizza personal y un jugo. Por otro lado, vi a Libby pegar un gran mordisco a su dona de chocolate, por lo cual ella tenía la cara algo embarrada del mismo. Reí sin disimular enfrente de todos los estudiantes y, cuando logré calmarme, me observaban y Libby se mostraba algo enojada.

—Lo siento, es que tenías un bigote de chocolate horrendo —comenté con calma, mientras limpiaba algunas lágrimas.

—Y como buena amiga te reíste en vez de decirme de manera disimulada —dijo entre dientes, mientras me empujaba hacia la salida con poca gracia.

—Vamos, Libby, solo fue un momento gracioso —animé a mi amiga, pero su rabia aumentaba por la forma en la que me encogí de hombros, restándole importancia al asunto.




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