Relatos del Continente y Más Allá del Mar

Lo que las Aguas Guardan

Marenseth respiraba comercio. El río Terral, lento y profundo, lleva sobre su lomo barcazas adornadas con faroles que tiemblan como estrellas ahogadas en el agua. Es el primer día del Festival del Jumento, y la ciudad huele a especias flotantes, vino caliente y tinta fresca de contratos recién sellados.

En los muelles, entre pilas de cajas y gritos de estibadores, una joven dama de nombre Lyra se movia como una sombra más. Nueve años, pelo oscuro y rizado por la humedad, ojos grandes yacansados. En su cesta de mimbre carga luminarias — esferas de arcilla del río— del tamaño de una nuez.

—Una por un talryn —murmura, pero su voz se hunde en el bullicio.

Nadie la mira. Solo Sombras, un gato negro y flaco, que la sigue a distancia, esperando que alguna luminaria ruede o que ella tire un mendrugo de pan.

El sol cae tras las Torres de Bruma Alta. El frío del río sube como una marea invisible, calando hasta los huesos. Lyra no ha vendido nada. En el orfanato del distrito de los almacenes la espera una cama dura y una sopa aguada, pero prefiere el muelle. Aquí, al menos, puede imaginar con un techo.

Bajo un puente de piedra, donde la madera podrida forma una bóveda baja, se acurruca. Saca una luminaria. La frota entre sus manos pequeñas y sucias. La arcilla se calienta un poco, brilla con una luz verdosa y débil. En ese brillo ve:

—Un salón con alfombras gruesas y un brasero encendido. (Podría dormir aquí.)

—Un taller de barcas, virutas de madera en el suelo, olor a resina. (Podría aprender.)

—El rostro de sus padres, riendo en cubierta, el sol en sus ojos. (Podría volver.)

Sombras se acerca, se enrosca en su regazo buscando el calor residual. Lyra le pasa una mano por el lomo.

—Tú tampoco tienes a nadie —susurra.

La noche avanza. Las luces del festival bailan, lejanas y ajenas, sobre el agua. Lyra ha frotado todas sus luminarias. Ya no brillan. El frío es ahora un cuchillo silencioso. Saca la última, la única que no ha usado. La frota. Esta vez no hay imagen. En su lugar, oye el río. No es una voz. No son palabras. Es el sonido de la corriente arrastrando cosas: ramas rotas, hojas muertas, historias sin final. Es el Eco del Dornel, no como leyenda, sino como rumor profundo, un susurro de pérdida que siempre ha estado ahí.

Lyra deja de tiritar. Su respiración se vuelve lenta, superficial. Sombras la mira, maúlla una vez, frota su cabeza contra su mano inmóvil. Luego se aleja, desaparece entre las sombras del muelle. El río sigue fluyendo.

Al alba, Kael, barrendero del gremio portuario, encuentra un cuerpo. Susurra algo que ni él mismo oye, saca un trozo de papiro y escribe con pluma de ave:

"Huérfana, sexo femenino, aprox. 9 años. Recogida en Muelle Este, sector 3. Causa probable: exposición."

Dobla el papel, lo guarda. Llama con un silbato. Llegan dos hombres con una camilla de lona. No hablan. Es un trabajo. Llevan el cuerpo a la barcaza de los olvidados, que cada luna llena zarpa río abajo hacia el Mar Interior. Allí lo entregan a las aguas. Sin ceremonias. Sin testigos. El río recibe lo suyo.

En el Tribunal de Contratos, a media mañana, se resuelve una disputa sobre aranceles de seda galethiana. El veredicto se sella con cera azul. Es un día productivo en Marendyr.




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