Relatos del Hotel de las Animas

EL HOMBRE QUE SOÑO CON EL HOTEL

(Relato I )

La primera vez que soñó con el hotel, Darío acababa de quedarse dormido en la cabina del camión, con el motor todavía vibrando en ralentí. Había terminado un viaje largo desde Tacuarembó hasta Montevideo, y la cabeza le pesaba más que los brazos. En el sueño, la ruta estaba envuelta en una neblina espesa, y entre los árboles aparecía un edificio de tres pisos, antiguo, con una lámpara encendida junto a la puerta. Lo curioso era que lo recordaba todo con detalle: la textura de las paredes gastadas, el sonido de la grava bajo las ruedas, incluso el olor a madera húmeda y cera vieja.

Despertó sobresaltado, con la radio crepitando estática. Lo anotó en el cuaderno de bitácora, al costado de los kilómetros recorridos. Soñé con un hotel. Tres pisos. Luz amarilla.

La segunda vez fue una semana después. Esta vez, en el sueño, entraba. El vestíbulo era amplio, con alfombras rojas descoloridas y una lámpara de gas parpadeando en un rincón. Un hombre de traje oscuro, delgado como una sombra, le ofrecía una llave.

—Habitación 207. Ya lo está esperando.

Y entonces se despertó.

Las noches siguientes no fueron distintas. El hotel volvía, siempre en ese lugar entre el sueño profundo y el despertar incierto. Había detalles nuevos cada vez. Un reloj de péndulo sin manecillas. Una escalera que crujía al pisarla. Voces que murmuraban al otro lado de una puerta cerrada.

—Es un lugar real —le dijo una tarde a su compañera de ruta, Clara, mientras compartían un café en la estación de servicio cerca de Solís.

—¿Un hotel de tres pisos en medio del campo? No hay nada ahí, Darío. Solo alambrados y vacas.

—Pero lo vi. Sé que está. No sé cómo, pero... tengo que ir.

Ella lo miró con una mezcla de curiosidad y distancia. Como cuando uno escucha a alguien que empieza a resbalar por dentro.

Esa madrugada, tomó un desvío sin avisar. No sabía por qué, ni a dónde exactamente. Solo que el camión avanzaba por un camino de tierra bordeado de eucaliptus, y que había niebla. Como en el sueño.

A los quince minutos, entre la bruma, lo vio: el hotel.

Detuvo el motor. El corazón le latía como si algo se hubiera soltado dentro. El edificio estaba allí, igual al de sus sueños, pero con el paso del tiempo tatuado en cada grieta. Tres pisos. Fachada colonial. Una lámpara encendida junto a la puerta.

No debía estar allí. No había ningún registro de tal lugar en los mapas, ni nadie lo mencionaba. Y sin embargo, existía. Respiraba.

Dejó el camión a un lado del camino y subió los escalones. La puerta se abrió sola con un chirrido leve.

—Bienvenido, señor Díaz —dijo una voz grave.

El hombre del sueño estaba ahí, tras el mostrador. Mismo traje, mismo bastón. Ojos grises y serenos, como si lo estuviera esperando desde hacía mucho.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Todo el que sueña con este lugar deja una huella. Y las huellas terminan llegando. La habitación 207 ya está preparada.

Darío no supo qué responder. Avanzó como hipnotizado por el vestíbulo, que olía a encierro, a madera vieja y humedad. Un gato negro cruzó por delante, sin apuro. El hombre —Salvatierra, leyó en una placa oxidada— le entregó una llave antigua, con un número grabado en latón.

El pasillo del segundo piso era angosto, cubierto por una alfombra raída. La habitación 207 estaba al fondo, frente a un espejo opaco colgado en la pared. Al entrar, lo invadió una extraña calma. Como si, por fin, el cuerpo estuviera donde siempre había querido estar.

El cuarto era sencillo: cama individual, un armario, una mesita, una lámpara de mesa. Pero lo que llamó su atención fue el espejo ovalado frente a la cama.

Tenía algo… inestable. Como si no reflejara del todo la habitación presente. Como si en él habitaran imágenes ligeramente desfasadas, desplazadas por segundos, o por años.

Se sentó en el borde de la cama. Respiró. El silencio del hotel era distinto. No era ausencia de sonido. Era otra cosa. Una suspensión del mundo.

Y entonces lo vio.

En el espejo.

A sí mismo… dormido. En la misma cama. Con la misma ropa. Pero más joven.

Y junto a él, alguien: Clara, sentada a su lado, acariciándole la cabeza. Ella sonreía. Como si todo estuviera bien. Como si no hubiera pasado lo que pasó.

Dio un paso hacia el espejo. La imagen se deshizo. La habitación volvió a la normalidad. Pero esa visión le dejó el corazón apretado. Clara había muerto hacía cuatro años, en una curva de ruta. Él iba al volante. Nunca volvió a manejar de noche.

Esa noche no durmió.

Afuera llovía con violencia. El agua golpeaba los cristales. En el pasillo se oían pasos leves, como de alguien que caminaba descalzo. Pero cuando abrió, no había nadie. Solo el espejo seguía allí, como un ojo abierto.

Volvió a sentarse en la cama. Escuchó su nombre.

—Darío...

Era Clara. Desde algún lugar dentro del espejo. O de su memoria. O de la grieta entre ambas.

—No es tu culpa. Dejá de volver.

Se levantó de golpe. El espejo lo mostraba… diferente. Viejo. Desgastado. Con un traje como el del administrador.

Salió de la habitación. Bajó las escaleras. La lámpara del vestíbulo seguía encendida. Salvatierra estaba tras el mostrador, como si no se hubiera movido en toda la noche.

—¿Qué es este lugar?

—Un umbral. A veces uno llega para seguir. A veces para soltar. Depende de lo que aún estés buscando.

—Yo no estoy buscando nada.

—Entonces ¿por qué soñaste con él?

Darío bajó la mirada. No tenía respuestas. Sólo la certeza de que, ahora que lo había encontrado, ya no podía irse igual.

—Me voy —dijo, sin convicción.

—Puede irse cuando desee. Pero recuerde: no todos los que se van… realmente lo hacen.

Volvió al camión al amanecer. Condujo en silencio durante horas, sin rumbo. La ruta parecía distinta. Como si estuviera hecha de otra materia. Nadie contestaba el celular. Las estaciones de radio solo daban estática. La neblina seguía.




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